Impaciente, pero con una enorme sonrisa, Laila esperaba de pie sobre alguna sala del aeropuerto, junto con varias personas, algunas tenían letreros, que tenían escritos sus propios nombres o los nombres de las personas que esperaban que arribarán, y salieran puerta la puerta de la sala internacional, con un vestido blanco de una pieza, ceñido a su esbelto cuerpo Laila levantaba la mano a ubicar a Christopher, un hombre tan alto como Emiliano, de piel apiñonada, una sonrisa enorme, mandíbulas afiladas, barba crecida y el cabello impecable, sus ojos marrones y cejas pobladas que adornaban a la perfección su gran atractivo, de brazos y piernas largas, con músculos alargados, corría para abrazar a Laila, una sola mano rodeaba la diminuta cintura de ésta. Incluso con los tacones que elevaban

