El silencio que se apoderó de aquel piso al cerrarse la puerta fue arrollador. Sólo el sonido de las teclas que Walter presionaba interrumpían la infinidad de pensamientos de Pipa. Se había apresurado al juzgar a aquella unidad, a lo mejor no todo eran charlas triviales y desayunos poco saludables. A lo mejor aquellas personas que poco tenían que ver con los detectives que su mente se había empecinado en crear, sabían lo que hacían. A lo mejor aún tenía esperanza de lograr su objetivo.
-¿Podes contarme qué está pasando?- se animó a preguntarle al joven que leía números en una pantalla indescifrable para ella.
Walter sólo reaccionó cuando ella colocó su mano sobre su hombro y lo hizo con un estridente sobresalto que logró sorprenderlos a los dos.
-Perdón, estoy acostumbrado a trabajar solo.- respondió quitándose sólo uno de sus auriculares para dedicarle unos escasos segundos.
-Te preguntaba qué estaba pasando.- insistió Pipa sin volver a tocarlo.
-Es un caso que llegó hace meses, una banda de ladrones de joyerías que ya había sido apresada, pero el jefe logró fugarse y en su huida mató a dos guardias de la cárcel y a un policía. Lo buscaron por todos lados y como suele ocurrir, cuando algo parece no tener solución, nos cae acá.- le dijo con impotencia.
Pipa arrugó sus labios con la misma sensación. Sus sospechas parecían confirmarse, no eran una brigada de élite, eran el último recurso de todo lo que no tenía solución.
-Ayer logré triangular uno de los últimos teléfonos que había usado, a veces cuando saben que dejaron de buscarlos bajan la guardia.- le explicó Walter recuperando el brillo en sus ojos.
-Eso nos llevó a la siguiente pista, la zona de activación estaba cerca de uno de los restaurantes que abrió su sobrino hace un par de años.- le dijo como si la conexión fuera evidente.
-¿Por qué volvería con un familiar si sabe que lo está buscando?- le pregunto ella descreída.
-Porque ese familiar es el que lo metió preso en primer lugar, no es ayuda precisamente lo que busca…- le explicó justo cuando algo llamaba la atención en su pantalla y volvía a colocarse el auricular.
-Ay, no, no..- exclamó frente a la mirada atónita de Pipa.
-La antena estaba duplicada, no esa la sede a la que hay que ir, es la que está en…- dijo Walter activando una llamada con Lorenzo.
Pipa lo miró y luego analizó el mapa que veía en la pantalla.
-No es lejos.- le dijo revisando la carpeta que contenía información del caso para dar con la fotografía del sospechoso y su sobrino.
-No de acá, pero ellos están en la otra punta, aunque sea Castro quien maneje no van a lograrlo. Aunque corra el riesgo de quedar como un tonto frente a todo el departamento de policía, creo que tengo que avisarle a ellos.- dijo inquieto porque Lorenzo no le atendía.
-No, esperá, está cerca de acá y yo soy policía, dejame intentarlo.- le dijo Pipa, juntando sus cosas con prisa.
-¿Sola? Vos queres que me echen, no, es una locura.- le respondió con sus manos en su cabeza comenzado a jalar suavemente su cabello.
-Solo voy a ver si está, si lo veo pido refuerzos.- le dijo dispuesta a hacer algo productivo por aquella unidad.
-¿Hay más chalecos por algún lado?- le preguntó quitándose su remera.
Walter parecía en shock, a la adrenalina de tener que tomar aquella decisión solo se le había sumando el cuerpo de una hermosa jovencita como nunca antes lo había visto.
Pipa lo miró con fastidio pero al notar su desconcierto hizo un esfuerzo para no gritarle.
-Walter.. Los chalecos.- dijo tomándolo del codo para que él por fin reaccionara y la llevará hasta un armario viejo que contenía un par de chalecos descosidos y en mal estado.
Pipa los analizó con prisa y se decidió por el que supuestamente había sido menos víctima del descuido. Se lo colocó con prisa, preparó su arma y con la dirección en su teléfono corrió por las escaleras, pasando delante de Wilson sin siquiera mirarlo.
Era su oportunidad de demostrar para qué había llegado, necesitaba ganar su confianza, que la consideraran lo suficientemente inteligente como para resolver casos. Necesitaba probarse a sí misma que todo el esfuerzo no había sido en vano.
Manejó hasta el lugar que Walter le había indicado, el local estaba cerrado aún y las calles parecían bastante desérticas. Unos niños pateaban una pelota contra un paredón y decidió acercarse a ellos, pero al verla corrieron con prisa perdiéndose entre los autos estacionados.
-¿Walter?- dijo en voz baja a través de su comunicador.
-¿Llegaste? - le preguntó el joven demasiado nervioso por no haber logrado hablar con Lorenzo aún.
-No veo nada, el lugar está cerrado, pero me llama la atención que no haya nadie en la calle, es como si supieran que algo está por ocurrir. - dijo acercándose lentamente al local, cuyas ventanas impedían ver hacia adentro a través de cortinas blancas y gruesas.
-Estoy casi seguro que es ahí, esta vez sí. Si no está debe haber dejado el teléfono por algún lado. -le respondió, había analizado los datos tres veces y todo parecía correcto, no podía entender como no lo había encontrado.
-Voy a revisar la parte de atrás.- le anunció Pipa cortando la comunicación, para saltar un alambrado y caminar hacia lo que parecía un viejo estacionamiento.
Llegó al restaurante y volvió a acercarse a la ventana, unas sombras se movieron dentro del lugar. EL corazón de Pipa latía a gran velocidad, toda la valentía que había creído tener comenzaba a evaporarse, el recuerdo de lo que había vivido quería dominarla, pero no estaba dispuesta a permitirlo. Si el tal Rolo estaba allí, tenía que capturarlo.
Imágenes borrosas cruzaron por su mente. La madrugada, el rocío, la bocina de un camión. Un par de manos ásperas, el desagradable olor a sudor y un grito que no pudo pronunciar. Todo era demasiado real, demasiado doloroso.
Sin embargo, ella no estaba allí, ya no, ahora era una oficial, estaba en una misión y debía completarla.
Las sombras se movieron nuevamente y ella decidió actuar, se apresuró a llegar y la puerta trasera la abrió como tantas veces había ensayado para pasar aquel examen práctico. Para su sorpresa el primer intento fue acertado y el interior del local se mostró en silencio, limpio y atravesado por los haces del sol que se colaban a través de aquellas ventanas, era un lugar humilde pero bien cuidado, pensó que le hubiese gustaba sentarse a beber un café algún día, pero ahora solo podía seguir su instinto.
Avanzó con el arma en la mano, otra vez se sentía en un examen práctico, solo que esta vez era real, demasiado real. Un sonido de platos chocando entre sí, la llevaron a caminar hacia lo que parecía ser la cocina y cuando parecía que iba a lograrlo, el sonido latoso de su handy alertó a la persona que estaba allí.
¡Qué oportuno, Walter!, pensó con ironía mientras bajaba el volumen, no le importaba lo que tuviera que decirle, ya casi lo tenía.
Continuó avanzando con pasos firmes y por fin lo vio.
Sus ojos se cruzaron un segundo, que bastó para que su cuerpo dejara de reaccionar. No era el hombre de la fotografía y sin embargo, ella lo conocía muy bien.
El destino lo había hecho, en su primer día en acción, su objetivo se había plantado delante de sus narices. Era él.
Los segundos más largos de su vida se convirtieron en un pantano del cual no podía salir. Sabía lo que tenía que hacer y, sin embargo, no pudo hacerlo.
-Rolo, ahora.- dijo y su voz fue la daga final para su voluntad. Definitivamente era él.
Iba a arrestarlo, iba a arrestar a los dos, pero cuando estaba a punto de hablar, una explosión la llevó a cubrir sus oídos y el fuego que la siguió la privó de cualquier éxito.
Como si el calor la hubiera despertado, divisó un matafuegos en la cocina y lo activó, atrás había quedado la posibilidad de atrapar a los delincuentes, ahora solo le quedaba una opción, no morir entre las llamas.
Con sus brazos agotados y su garganta comenzando a quemar, apenas pudo oír las sirenas acercarse. Una nube negra había cubierto la estancia, pero el calor parecía estar cediendo. Sus ojos le pesaban y la tos se convirtió en su único modo de respirar. Comenzó a caminar hacia atrás, no tenía más fuerzas para combatir el fuego, había hecho todo lo posible, pensó, tanteando las mesas para por fin dar con la puerta que ella misma había abierto y al salir por fin al aire libre, la frescura del viento se sintió como un renacer.
-¡Vamos, Scully! Ya te creía algo tonta, pero esta estupidez te supera.- oyó en la voz de Castro antes siqueira de ver su rostro enfadado.
Quiso responderle, pero las palabras no terminaron de salir.
-Vamos a llevarte al hospital.- le anunció la mujer cargándola en brazos, en una actitud de la que Pipa ni siquiera se pudo quejar.
Había sido tonta e irresponsable y, sin embargo, en su mente abombada aún por el humo, solo podía pensar en una cosa: Lo había encontrado.