Pipa no podía perdonarse a sí misma. Había logrado justamente lo contrario de lo que había deseado. Había quedado catalogada como una chiquilina irresponsable y caprichosa, que no sabía medir ni el peligro ni las consecuencias de sus actos. No se sentía preparada para enfrentar las miradas de reproche, incluso una merecida sanción por su accionar. El médico le había dicho que estaría bien, le había preguntado si quería llamar a algún familiar, pero ella había preferido no hacerlo, bastante tenía con su propia carga como para escuchar a su madre con exagerada preocupación y reproche oculto en su mirada. No iba a llamar a nadie, podía tomar un taxi hasta su auto y luego regresar a su casa, pensaba al salir de aquel box de atención de urgencias y enfrentar la figura de Castro sentada en l

