4

1397 Palabras
La mañana sorprendió a Pipa mucho antes de lo que su cuerpo hubiera querido. Una madrugada entre llantos y recuerdos la habían privado del sueño y la impotencia de no poder cambiar la historia no la perdonaba. El día anterior había acompañado a Castro hasta la morgue, la había seguido convencida de que lograría superar la primera prueba y sin embargo, ni bien aquel médico, había abierto la puerta la escena la había llevado a flaquear. Aquel lugar enorme de camillas metálicas y frío tiritante habían congelado sus sentidos. No necesitaba ser médica para reconocer que su presión estaba decidida a desplomarse y ni bien se asomó a la camilla de un pobre motociclista destrozado, las náuseas la llevaron a tener que cubrir su boca. No recordaba casi nada de lo que había ocurrido después. Podía ver los labios de la oficial moverse, incluso creía haber oído una risa, pero no entendía lo que le estaba diciendo. Creía recordar algo de piedad en los ojos de aquel médico de cabello gris y cejas prominentes, pero tampoco supo lo que le estaba diciendo. Entonces todo se había vuelto n***o y al cabo de un tiempo que no podía precisar, se había despertado confundida sobre una de esas camillas heladas con la sensación de haber entrado en el set de filmación de una película de terror. Castro y el doctor Hermans conversaban como si no fueran conscientes del cuerpo entre los dos y ella había intentado levantarse. Pero aquel lugar era mucho más escalofriante de lo que su imaginación había aventurado y sus fuerzas se vieron traicionadas por su temor. -Tranquila, Scully, ya nos vamos.- fue lo único que le dijo Castro tomándola del brazo para sacarla de la sala, mientras el doctor alzaba su mano para despedirse. Ya en el auto la mujer por fin la miró con algo parecido a la compasión. -Decime dónde vivis que te llevo.- le había dicho como una orden, sin darle lugar a Pipa para responder más que su dirección. Entonces se había acurrucado en el asiento ignorando la velocidad a la que Castro conducía. Lo había arruinado, pensaba, el primer día dónde había necesitado tanto estar y lo había arruinado. Por eso había pasado el resto del día sumergida en su cama, sin comer, ni mirar su teléfono, sin contener las lágrimas. ¿cómo había sido tan tonta?, pensaba abrumada. Una cosa era formarse en la fuerza policial, entrenar, levantar peso, aprender códigos, pero otra muy distinta era meterse en homicidios. Por mucho que necesitara a aquella brigada para sanar sus heridas, ya no estaba segura de poder soportarlo. Y eso dejaba su vida completamente vacía. Había pensado en llamar a su madre, pero no quería sentir el tono de “te lo dije”. No había nadie que pudiera rescatarla del pozo en el que ella misma se había metido, al menos ya no quedaba nadie con vida que pudiera hacerlo. El recuerdo empujó el dolor desde sus entrañas y la tristeza desbordó por cada poro. ¿A quién quería engañar? La película que se había creado acaba de llegar a su fin en la primera escena. Era hora de aceptarlo. Nunca iba a lograr resolver el caso. Nunca iba a poder hacerle honor a la memoria de la persona que más había querido. Enterrada en sus propios y lascivos pensamientos, se había quedado dormida. Sin terminar de saber a qué hora había ocurrido. Y, sin embargo, a juzgar por el cansancio que aún la aquejaba frente al sonido de su alarma, no había sido el tiempo suficiente. Buscó su teléfono con los ojos cerrados y tanteó el modo de silenciar el sonido estridente, pero al no lograrlo no tuvo más remedio que incorporarse. No pensaba regresar. No sabía lo que iba a hacer con su vida, pero aquella unidad sin dudas no formaba parte de su futuro cercano. El pulpejo de su dedo, por fin, se situó en la palabra detener y sin previo aviso aquella fotografía se dibujó en la pantalla. Esos rostros sonrientes la atravesaron, mientras unos ojos acaramelados dispararon directo a su corazón. No podía abandonar su misión, no iba a volver a abandonar nada en su vida. Sin querer perder el tiempo, se duchó y, esta vez, eligió ropa informal. Unos jeans oscuros y una remera clara, en combinación con sus zapatillas. Cepilló su cabello y cuando estaba a punto de embadurnarlo con ese molesto gel que llevaba años luciendo, decidió desistir. Si iba a intentarlo tenía que ser a su modo. Sin disfraces de policía ruda, ni temores de principiante. Ella era valiente, era perseverante y se consideraba bastante inteligente y no iba a permitir que la broma de una policía rezongona le quitara su objetivo. Preparó una mochila con sus cosas y manejó hasta el viejo edificio, con una parada técnica, en el camino. Encontró a Wilson con el mismo overol simulando limpiar las ventanas y cuando este le abrió la puerta sorprendido, ella colocó su mano en el bolsillo y la extendió hasta dónde él estaba. El hombre la miró sorprendido y al ver lo que contenía su mano, no tuvo más remedio que sonreír. -Así que no sos el único bromista.- le dijo ofreciéndole una nariz de payaso que el hombre tomó negando con su cabeza. -Buen día, Wilson.- agregó para llamar al ascensor con una ligera sonrisa triunfal. Era un buen comienzo pensó, mientras subía los tres pisos, pero aún faltaba lo peor. Iba a tocar la puerta, pero decidió probar la manija y para su sorpresa la puerta se abrió. Entonces las carcajadas llegaron desde la misma mesa en la que el día anterior habían compartido un extenso desayuno. -Te digo que casi la queda ahí, no vomitó por un pelito.- decía Castro con histrionismo mientras Gonzalez y Correa reían y Walter hacía lo imposible por contenerse. Pipa los observaba sin terminar de decidir su próxima jugada, quería hacerse valer, necesitaba que la consideraran una igual, pero no sabía cómo llegarles. Eran demasiado diferentes entre sí, si se mostraba fuerte podía impresionar a Walter, a lo mejor a Gonzalez también, pero una mujer como Castro nunca cedería y un hombre como Correa que destilaba machismo aunque se esforzara en ocultarlo, nunca iba a considerarla digna. Las risas continuaban y ella no se decidía a interrumpir cuando la puerta del despacho de Zárate se abrió intempestivamente. -Tenemos la localización de Rolo.- casi gritó con entusiasmo y cuando sus ojos se cruzaron con los de Pipa, todos giraron para descubrirla. Otra vez ese cosquilleo, la sensación de que su vientre se deshacía y volvía a construirse en un minuto, pero si solo la estaba mirando ¿que le pasaba? Se reprendió Pipa a sí misma intentando reaccionar. -Así que volviste después de todo.- Castro fue la primera en hablar mientras le quitaba el papel de las manos a Zárate y se ajustaba el cinturón como si fuera a salir a la mismísima guerra. El resto de los presentes la imitaron, casi ignorando a la recién llegada. Walter se puso los auriculares y comenzó a teclear algo en su computadora, mientras Correa y Gonzalez se ajustaban los chalecos antibalas, pasando por su lado casi golpeando su brazo. -Si no vas a ayudar, movete. Ahi parada solo molestas.- le dijo Castro mirando la pantalla de su teléfono. Pipa la miró sin saber qué responder. No sabía lo que estaba ocurriendo, nadie le había dicho nada, no conocía ningún caso, para ella solo se juntaban a desayunar y visitar cadáveres. ¿qué se suponía que tenía que hacer?, ni siquiera sabía si había un chaleco para ella. Los tres oficiales salieron para comenzar a bajar la escalera y ella continuó de pie en aquella entrada. -Será mejor que te quedes, hoy. - la voz de Lorenzo la devolvió a la realidad, estaba a su lado, había tomado su brazo y la observaba como si necesitara una confirmación de que había comprendido lo que le decía. Entonces ella asistió con su cabeza. -Lo siento, yo.. Ayer, no sabía, no sé en realidad…- comenzó a decir pero él negó con la cabeza. -Ahora no. No te preocupes, podes ayudar a Walter.- le dijo señalando al joven que la miraba con genuino arrepentimiento y sin esperar respuesta bajó la misma escalera que sus compañeros, del mismo modo que ellos, sin explicaciones, sin mirar atrás, sin ella.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR