3

1269 Palabras
Las horas comenzaron a pasar lentamente para Pipa quien se había comenzado a aburrir de la falta de una actividad clara en aquel piso. Luego de las presentaciones, el desayuno se había prolongado mucho más de lo que ella hubiera deseado. Aquellos personajes entablaban conversaciones sin sentido claro, fútbol, el clima, el estado atlético de Castro y la falta de estado de Gonzalez. Todos temas que Pipa hubiera preferido obviar. Si bien seguía con la mirada a los interlocutores su mente la traicionaba entre la irritabilidad y la insistencia en recordar ciertos ojos, de quién se había excusado rápidamente para desaparecer en una oficina que nunca había llegado a ver, ya que nadie le había mostrado el resto del piso. Lorenzo había sido educado al excusarse y llevaba horas sin hacer aparición y aunque aquello debía suponer un alivio, comenzaba a molestarle demasiado. ¿Acaso no era esa una unidad especializada en delitos graves? ¿No se suponía que debían estar trabajando día y noche para atrapar criminales? Criminales de los peores imaginables, personas oscuras, sin escrúpulos, demonios que podían llegar a quitarte la vida, y no hablaba solo en sentido literal. Su primera mañana allí comenzaba a hacerle perder las esperanzas de lograr su objetivo, pero no iba a permitirlo. No, cuando eso era todo lo que le quedaba para intentar seguir viviendo. -Ajr..- carraspeó llamando la atención e interrumpiendo las risotadas de Gonzalez quien no se mostró para nada a gusto con aquello. -Disculpen, es que yo… bueno quería saber¿cuándo íbamos a comenzar a trabajar? - se animó a preguntar, ya había quebrado el clima de holgazanería, no tenía nada que perder. Las miradas fueron contundentes y sin embargo Castro fue la que tomó la palabra, con ese aspecto rudo que tenía, capaz de atemorizar a quien mirara. -Estamos trabajando, querida.- dijo sin quebrar la conexión de sus miradas. Entonces Pipa no soportó la tensión y bajó su vista al suelo. -Pero si te aburre, hay algo que podes hacer.- agregó con un dejo de malicia en su voz, como si estuviera preparando una broma pesada y estuviera orgullosa de ello. Walter fue el primero en abandonarla, sin valor para continuar respirando la tensión, se movió hasta sus monitores y se colocó los auriculares para simular que comenzaba a trabajar. Correa sonrió sin ocultar el goce que le producía lo que se venía y Gonzalez tomó el último trozo de factura que quedaba sobre la mesa para luego tirar los papeles restantes en un tacho lo más lejano posible. Castro demoró sus palabras consultando su reloj, era uno bastante grande, de pulsera dorada y números enormes. -Lo del motociclista ya estaba listo ¿no, Correa?- le preguntó dando la impresión de que ya conocía la respuesta. Correa asistió sin perder la sonrisa y la mujer simuló acomodarse su cabello corto para luego caminar hasta el único perchero de todo el piso. -Seguime, Scully. Es hora de “trabajar" . - le dijo utilizando especial ironía al pronunciar la última palabra mientras se ponía una chaqueta algo anticuada. Pipa prefirió omitir el hecho de que no extendía porque la había llamado así, suponía que era una especie de broma interna que no merecía la pena dilucidar en ese momento. Sabía que había provocado a aquella detective y eso solo podía significar que lo que continuaba sólo podría ser peor. Sin alternativas la siguió hasta el ascensor, confirmando que funcionaba correctamente, sabiendo que ninguna de las dos estaba dispuesta a entablar conversación. En cuanto el aparato arribó pudo ver que en la oficina de Lorenzo se abría la puerta y sus ojos curiosos llegaron hasta él provocando de nuevo un sentimiento extraño. -No te conviene entrar ahí.- se limitó a decirle Castro, por un momento había abandonado su tono de superioridad y displicencia, dando la impresión de que por primera vez hablaba en serio. Pipa negó con su cabeza, pero a Castro no le importó, no había sido un inicio de conversación, había sido una advertencia que no estaba dispuesta a discutir, por eso subió al ascensor y no volvió a mirarla. Pipa se lamentó por aquel malentendido, ella no había pensado en Zárate de ese modo, ni siquiera sabía porque había mirado en esa dirección. Estaba bien sola, no necesitaba a nadie a su alrededor. Para que una pareja funcione se necesitaban dos personas y desde hacía tiempo ella había dejado de serlo, al menos no se sentía una persona completa y ese era uno de los motivos por los que su anterior relación había terminado casi antes de comenzar. Lo que era extraño es que no lo lamantera, nunca lo había vivido como un abandono, nunca le había pesado su soledad. Se había convencido de que así estaba mejor y por eso había desarrollado una especie de inmunidad con las personas. No había hecho nuevas amigas y las del pasado parecían cansadas de insistir con ella, no había vuelto a formar pareja y ni siquiera lo había deseado. Por eso estaba molesta. No podía entender lo que este hombre había despertado en su dormido cuerpo. Apenas lo conocía y ya daba vueltas en su mente, eso solo podía ser una mala señal. Al fin y al cabo era un policía y de ellos si sabía una cosa: no eran una buena opción. Todos los que había conocido se parecían al coronel que le había dado el trabajo, solo veían a las mujeres como objetos para saciar su goce personal y ella se había prometido a sí misma nunca más volver a permitirlo. Perdida en sus pensamientos subió al Renault algo destartalado de la oficial Castro y agradeció su silencio. No iba a entablar relación con ninguno de sus compañeros de trabajo, no le interesaba su vida personal como tampoco quería que le preguntaran de la propia. Ni bien llegaron a la esquina Pipa estiró su mano con disimulo para sostenerse de la puerta, Casto se había referido a sí misma como especialista en vehículos y a juzgar por su forma temeraria de conducir, aquella aseveración era cierta. Un trayecto que normalmente le llevaría a cualquier persona una hora, ella lo había realizado en cuarenta minutos, atajos, sobrepasos y velocidad al límite las habían dejado en el lugar reservado para personal policial frente a un edificio que si bien Pipa conocía, nunca le había gustado. -No se si tu palidez es por el recorrido o por el destino, pero, sinceramente, no me importa. Vamos, Scully.- le dijo Castro cada vez más metida en su rol de hacerla pasar un mal rato. El edificio de la morgue parecía estar frío adrede. Sus pasillos anchos y sus paredes de mármol, competían con el silencio y la solemnidad de su estancia. Pipa se concentró en no investigar lo que olía, el formol nunca había sido a su agrado, recordaba su primer año en la escuela de medicina y sus múltiples intentos por vencer el ardor en sus ojos. Aquel había sido un tiempo de superación, dónde su testaruda forma de lograr lo que se prometía la había llevado a no declinar y finalmente había superado los más exigentes exámenes. El recuerdo la llevó a recuperar su valor, aquello parecía ser una prueba, de seguro iban a ver un cadáver, se suponía que aquello formaría parte de su trabajo allí, así que debía acostumbrarse. Castro atravesó dos puertas enseñando su credencial y se limitó a llamarla “la nueva” a su paso. Pipa ni siquiera pudo sonreír, se pegó a aquella oficial esperando la bofetada que aquella experiencia supondría. Solo que nunca imaginó lo que le esperaba en realidad.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR