El regreso al piso de unidad no fue fácil para Pipa, si bien supuso que sus compañeros habían mantenido una charla con Lorenzo, no pudo confirmarlo. Solo agradeció el hecho de que no hubiera acusaciones ni gritos, esta vez.
Correa ni siquiera la saludó, se limitó a tomar un café y acomodarse detrás de una computadora. Castro por su parte, movía una pesa con su brazo en esa posición estudiada que tienen quienes acuden con frecuencia a un gimnasio, decía que le ayudaba a pensar y por eso tenía algunos elementos en su armario. Y Gonzalez había aceptado su ofrenda de humeantes chipas, para luego regalarle una escueta sonrisa y regresar a lo que se suponía que hacía en las mañanas.
Walter había sido el único en hablarle, se había intentado disculpar por no haberla detenido con mayor vehemencia, había hablado en voz baja, apretando sus dedos para mitigar los nervios, y ella había respondido con sus propias disculpas.
A Lorenzo no lo había vuelto a ver y en el fondo lo agradecía. Había pasado la noche recordando su conversación, sus movimientos, la forma en la que había sonreído, el modo en el que había intentado saber más de ella y cada recuerdo terminaba con la advertencia de Castro. Más allá del motivo obvio que implicaba que era su jefe, no entendía porque la mujer había puesto especial énfasis en señalar que no se metiera con él y aunque no debería importarle, no sabía cómo evitarlo. Ya no tenía dudas de cuanto le gustaba, y, sin embargo, había caído en la cuenta que no sabía nada de él. ¿Y si estaba casado? ¿Y si tenía una preciosa familia como la que presumía Correa en su fondo de pantalla? Ella nunca iba a meterse en el medio. Podía haber cerrado su corazón, pero sabía lo que significaba un divorcio para un hijo, ya que lo había vivido en carne propia.
-Te conseguí lo que me pediste.- la voz de Walter la sacó de sus pensamientos. Tomó la carpeta que le había entregado el joven y comenzó a leerla con detenimiento.
Nunca supo cuánto tiempo pasó, pero se había metido tanto en su lectura que apenas oyó la puerta cuando sus compañeros salieron a almorzar. Necesitaba entender la conexión del tal Rolo con ese hombre y como no podía decir de dónde lo conocía debía descubrir algo convincente para volver a buscarlo.
Rolo había sido el jefe de una banda que había incursionado en todo tipo de crímenes, desde robos a joyerías, hasta entraderas a casa en countries. El hombre había pasado algunos años preso luego de que su sobrino lo denunciara y desde allí había tejido redes que ahora lo relacionaban con el narcotráfico. Era un hombre muy buscado y, sin embargo, siempre lograba escaparse, debía tener protección, y cuando decía protección se refería a la misma policía para el que ella trabajaba.
No le sorprendía que eso ocurriera, ya lo había visto, el hombre al que buscaba había sido liberado cuando aún estaba en custodia de un oficial. Nadie había querido implicarse en esclarecer el caso pero ella sabía que eso solo significaba que se trataba de alguien poderoso que había logrado que lo encubrieran. Podía recordar la bronca que había sentido al enterarse. Si cerraba los ojos se veía a sí misma sobre el sillón del living de su madre pasando canales para escucharlo una y otra vez. El hombre había escapado, se había ido en las narices de su custodio, no estaba y eso sólo significaba que no iba a pagar por lo que había hecho.
-No quiero saber que te enoja tanto.- oyó y al abrir los ojos volvió a verlo. Lorenzo tenía una camisa clara, parecía haberse arreglado la barba y olía de un modo que no pasó inadvertido por Pipa, que se recordó que debía responder.
-Lo siento, estaba intentando entender el caso que arruiné. -le respondió echándose un poco hacia atrás en su silla mientras mostraba un gesto de arrepentimiento que a Lorenzo se le antojó demasiado dulce, por lo que dio un paso hacia atrás como si de esa manera pudiera contenerse.
-No lo arruinaste del todo, creeme, se de cosas peores.- le dijo sin querer hacer memoria en realidad.
Pipa lo miró como si no le creyera.
-En serio.- le dijo él sin poder evitar sonreír.
-Dale, hasta lo de tus vomitos en la morgue te creo, pero no quiero que cada cosa que haga mal quieras hacerme sentir bien, esta bien que me haga responsable de mis actos y ayer estuve muy mal.- le respondió ella cruzando sus brazos delante de su pecho.
Lorenzo se concentró en no desviar a vista hacia él, la remera que había escogido ese día le sentaba particularmente bien y no quería delatar sus deseos.
-Bueno, sí lo arruinaste.- le respondió negando con su cabeza mientras giraba para irse.
Entonces ella lo tomó del brazo para evitarlo.
-No era mi intención hacerte enojar. Lo siento, solo quiero reparar el daño que hice.- Lorenzo nunca supo la verdad que incluía aquella súplica, detuvo su movimiento y se quedó mirando el lugar en el que lo sostenía.
Pipa se apresuró a soltarlo.
-Lo siento, de verdad, yo no quiero...- dijo justo cuando él se llevaba su mano a la cara y la movía como si necesitara borrar todos sus pensamientos de inmediato.
Entonces hubo un pausa en la que Pipa no supo como continuar y para su suerte fue él quien retomó la conversación.
-Vamos a ver lo que tenemos, a lo mejor dejamos pasar algo importante.- le dijo tomando la carpeta de su escritorio para abrirla mientras buscaba una silla para sentarse a su lado.
Durante la siguiente media hora, Pipa le hizo preguntas que él intentó responder, la historia, los antecedentes, la relación con las drogas, la fuga. Todo parecía sacado de una película de acción, Lorenzo intentaba buscar una punta del ovillo, algo que hubiera pasado por alto, mientras luchaba por no caer en analizar aquel rostro tan hermoso. Pipa mordía la punta de la lapicera cuando pensaba, sus dientes se clavaban delicadamente sobre el borde mientras sus labios se separaban dejando escapar el aliento. La necesidad de probarlos se volvía cada vez más difícil de ignorar para Lorenzo, quien se había olvidado de todo lo que no fuera ellos dos.
-Había otro hombre con él en el restaurante.- Por primera vez, Pipa sintió la necesidad de compartir algo de su pasado con él.
-¿Otro hombre? ¿Cómo era?- le preguntó Lorenzo intrigado echándose hacia atrás mientras colocaba sus brazos detrás de su cabeza y su pecho se hacía más grande.
-Me pareció conocerlo de algún lado, pero no estoy segura.- mintió Pipa para estudiar su reacción, necesitaba saber que podía confiar en él.
-¿De otro lado como? ¿De la universidad, de la policía ?- le preguntó Lorenzo intrigado.
-No, no, creo que de la tele, pero no estoy segura. ¿Hay algún archivo de agresores de la última década o algo así?- le preguntó, dispuesta a aprovechar los accesos de un director de unidad.
-Hay algo así, pero tengo que solicitarlo. ¿De la tele? ¿Como un famoso?- le preguntó sin terminar de entenderla.
-No, no, de un caso de hace unos años, creo que una violacion seguida de muerte que fue muy conocida.- le dijo esperando que él también pudiera recordarla.
Sin embargo, Lorenzo no respondió de inmediato, lo que solo significaba una cosa, sabía más de lo que estaba dispuesto a decir.
-Voy a pedir esos informes a lo mejor si ves su fotografía podés reconocerlo.- le dijo poniéndose de pie para dar por terminada la conversación.
Entonces ella repitió el gesto de tomarlo del brazo.
-En serio quiero disculparme por lo que te dije, valoro mucho lo que me dijiste en el bar, sos un buen jefe.- le dijo poniéndose de pie para juntar las hojas desparramadas sobre su escritorio.
-Lastima que seas mi jefe.- agregó en voz baja, pero lo suficientemente alta como para que él la oyera.
Lorenzo sonrió sin atreverse a girar, ¿había oído bien? ¿Estaba insinuando lo que él pensaba? Sin poder contenerse giró y, esta vez, fue él quien la tomó del brazo.
-¿Por qué es una lástima que sea tu jefe?- le preguntó, cerca, demasiado cerca de sus labios.
Entonces el sonido de la puerta se oyó y ambos no tuvieron más remedio que separarse, Las risotadas de Gonzalez se vieron interrumpidas por un desagradable eructo y Castro le dio una fuerte palmada en la espalda.
-Lo siento, se me escapó.- dijo el hombre sosteniendo su prominente abdomen.
Y mientras todos volvían a acomodarse, Lorenzo aprovechó para mirar a Pipa, ahora tenían un secreto.
Una complicidad peligrosa había nacido entre los dos.