-Aidan, vuelves a llegar tarde -me reta Agnes apenas llego al burdel.
-Lo siento -le respondo.
-Alístate rápido, los clientes no tardan en llegar -dice ella.
Entro rápidamente y voy al vestidor. Desde el día que fui abusado y que terminé mi relación con Raen que me siento a la deriva. No tengo ganas de nada, pero me tengo que forzar día por medio para comer algo y venir a trabajar. Los días que tengo libres los paso en cama, casi sin comer, hundiéndome en los recuerdos mientras el corazón me duele más y más. Esa presión en el pecho casi no me deja respirar y cada día se hace peor.
Raen tiene razón. Nunca nadie va a querer a alguien como yo. Él mismo no debió quererme de ninguna manera y yo fui un estúpido por dejarme llevar y dejar que lo nuestro comenzara a tomar forma, empezara a ser algo serio.
Porque yo soy una basura, no valgo nada o menos que eso. Soy solo una ramera que no es lo suficientemente buena para hacer nada más y lo único que me queda en la vida es arrendar mi cuerpo al mejor postor. No merezco nada y no debí acostumbrarme a la felicidad.
El primer cliente me elije y lo llevo con una sonrisa al cuarto. Estas sonrisas siempre han sido falsas, pero siento que ahora lo son más que nunca. Pero lo importante es que ese tipo no debe darse cuenta de que por dentro estoy destrozado.
Después de chupársela un tiempo, el cliente me tira sobre la cama y me baja los pantalones y la ropa interior. Se coloca el preservativo y me coloca lubricante. Entonces la mete sin más, aunque ya estoy acostumbrado y empiezo a fingir los gemidos. Pero él me tapa la boca y luego me aprieta el cuello, cada vez más y más, asfixiándome.
Cuando el aire casi no pasa a mis pulmones me siento mejor. El dolor en el cuello me aligera un poco el dolor del corazón. ¿Y si muriera ahora? ¿Qué tan malo sería? Sería un alivio, realmente...
Cuando casi pierdo el conocimiento, él me suelta y me pongo a toser. Sin disculparse ni nada, ese hombre se limpia y sale de la habitación.
Cuando recobro el aliento, vuelve el dolor de mi pecho. La tristeza me ahoga nuevamente.
Después de tres clientes, regreso a casa, sin dejar de pensar en lo que pasó. Y recuerdo esa vez que me corté un dedo y también me alivió un poco el malestar que sentía en ese momento.
Cuando llego a casa, cierro la puerta y voy directo a la cocina. Saco el cuchillo más afilado que tengo y lo coloco en mi muñeca. Tengo un poco de miedo, pero no me quiero arrepentir de esto.
Aplico un poco de presión y la hoja afilada atraviesa mi piel, dejando un hilo de sangre. Me duele, sí, pero es un dolor soportable, algo que puedo reconocer, controlar y curar. Continúo con el corte y me escuece pero al mismo tiempo me alivia. Cuando la herida ya tiene unos tres centímetros, me detengo.
Veo la sangre goteando hacia la mesa y comienzo a temblar y a llorar. Pero, por segunda vez en el día, ya no siento el dolor en el corazón. Esta herida me ha hecho olvidar a Raen y todo. Solo puedo concentrarme en este corte.
Me enjuago con agua fría y lavo la herida. No es muy profunda, así que deja de sangrar pronto. Me acabo de dar cuenta de que no tengo cómo curarla, así que me pongo la chaqueta y voy al mini mercado. Compro gaza, cinta adhesiva, agua oxigenada y algodones. También aprovecho de comprar una pulsera de cuerina ancha, para tapar la herida en el trabajo. Al regresar a casa me limpio nuevamente y me coloco la gaza.
Me recuesto y me quedo dormido.
Durante los días siguientes, cuando la pena y la culpa me invaden, encuentro en estos cortes un alivio momentáneo. Por suerte nadie se ha dado cuenta, porque no quiero que me pregunten cosas que me incomodan o que podrían incomodar a los demás.
A veces me abro las mismas heridas, para ahorrar espacio en mis muñecas y poder tapar bien las marcas que me dejan esos cortes.
Últimamente he tenido muchas pesadillas. Intento acercarme a Raen, pero él me aleja de mí mientras me dice que no lo toque, que le doy asco, que no soy digno de él. Despierto llorando y necesito volver a cortarme para distraer a mi cerebro con este dolor físico.
Odio todo esto, odio en lo que se ha convertido mi vida y odio haber probado la felicidad junto a Raen. Si no hubiera sido por eso, ahora no estaría tan en la mierda. Y lo peor es que no es la primera vez que me siento tan solo y triste. Porque, a fin de cuentas, estoy solo y no le importo a nadie.
Cuando estaba con Raen, al menos sentía que le importaba a él, pero ahora ni siquiera eso tengo. Quizás nunca le importé en realidad, pero la ilusión de tener a alguien que se preocupaba de mí y de poder preocuparme por alguien me hacía inmensamente feliz.
Ahora me siento tan, tan solo y vacío, tengo tanta pena, tanta ira que haciéndome heridas es la única forma que veo de poder seguir viviendo.
-Como que estás más delgado -me dice Danielle después de haber trabajado durante la tarde.
-Ah, tal vez -le contesto.
-¿Y esa muñequera? Pensé que no te gustaba el cuero -me dice Ethan tomándome el brazo, pero yo lo quito enseguida.
-Es cuerina, no es real -le respondo.
-Aidan, ¿estás bien? -me pregunta Danielle con su voz maternal.
-Perfectamente -le respondo de forma cortante. No quiero ser malo con ella, pero nadie le ha pedido que se entrometa en mis asuntos.
-Oye, no le hables así -me dice Ethan con seriedad.
-Lo siento -digo en voz baja.
-Sabes que puedes confiar en mí si te sientes mal, ¿cierto? -me dice Danielle.
-Estoy bien. De verdad -le respondo con una sonrisa para nada sincera.
Me termino de vestir y salgo rápidamente. Por alguna razón, la amabilidad de mi compañera me apretó el pecho. Al llegar a casa lloro nuevamente. Ya ni siquiera sé bien por qué estoy triste. Pero ya no puedo sentirme de otra manera.