Elizabeth detuvo sus pasos al verse interrumpida, al mirar a la mujer de ojos grandes y vivaces frente a ella, el corazón se le aceleró de manera preocupante. Sus entrañas ardieron y los recuerdos dolorosos vinieron a su cabeza de inmediato. Frente a ella está una de las personas que más le ha hecho daño en toda la vida y sinceramente, su reacción la ha asombrado, es como si no pudiera ni siquiera moverse.
James, al sentirla tan tensa, se deshizo de su agarre y la abrazó por la cintura para llamar su atención. Elizabeth, al sentir aquel movimiento, volvió en sí.
—Madame, está bien. —La corrigió mirándola a los ojos con una pequeña sonrisa, finalmente los tiene frente a ella y los deseos de gritarles todo lo que vivió por la maldad con la que la trataron, lucharon por ganar, pero se contuvo. Ha estado trabajando por cuatro años en su venganza, no puede arruinarlo ahora.
—Oh, lo siento. —Se disculpó la mujer ocultando su disgusto. —Madame, soy Débora Hamilton, esta es mi nuera Megan. —Elizabeth miró a la rubia despampanante agrandando la sonrisa, el dolor en su corazón incrementó y sus deseos por verlos sufrir se hizo más fuerte. Christian se casó con ella y lo sabía, pero verlo es muy distinto y mucho más doloroso. —Y él es mi hijo, Christian Hamilton, la mente detrás de New Era Construction Company. —Elizabeth dejó una simple curvatura en sus labios y miró esos ojos grises que amó con demasiada intensidad, con tanta que no vio venir la traición que la destruyó por completo.
—Señor Hamilton. —El corazón de Christian se detuvo por un segundo e inició a latir con demasiada fuerza para su gusto, esos ojos negros se le hacen conocidos y ese tono de voz llamándolo de esa manera sonó tan familiar que lo descuadró. —Es un gusto conocerlo. —Tendió su mano, pero él estaba demasiado prendado a esos ojos y esa belleza única. —Deseaba conocerlo y a su familia. —Megan se colgó del brazo de su esposo, así sacándolo de su hipnotismo.
—El gusto es mío, Madame. —Respondió finalmente. —Lo mismo digo, tenía muchas ganas de conocerla. —Elizabeth no desvió la mirada de la suya, al contrario, sonrió de esa manera que le removió todo a Christian.
—Él es mi esposo, James Ferguson. —Soltó su mano y lo ignoró completamente, ahora centrándose en las mujeres. —Señora y señorita Hamilton, este es mi esposo. —Ambas mujeres miraron al guapísimo hombre de sonrisa coqueta.
—Es un placer, señor Ferguson. —La primera en saludar fue Megan, su coquetería ni siquiera molestó a su esposo, al contrario le pareció patética. —Bienvenido al Reino Unido.
—El placer es mío, preciosa dama. —Con la elegancia que lo caracteriza, James tomó la mano de la mujer y depósito un casto beso en el dorso de la misma. —Agradecido por su bienvenida, mi señora. —Se centró ahora en la mujer mayor. —Es un placer. —También besó el dorso de su mano. Christian, quien no apartaba la mirada de Elizabeth, se vio interrumpido por una leve risa. —Señor Hamilton. —Lo miró a los ojos. —Es un placer. —Ambos hombres estrecharon sus manos con fuerza, demostrando que tan imponente son.
—El placer es mío. —Correspondió Christian. —Bienvenidos a Londres.
—Señora Ferguson. —Olivia, la encargada de la sucursal de Londres, irrumpió. —Hay alguien que desea conocerla. —Elizabeth sonrió agradecida, no podía estar un minuto más ahí.
—Fue un placer. —Sonrió a las tres personas que más odia en el mundo. —Por favor, disfruten la noche. —Tomando la mano de su esposo, lo miró con amor. —¿Me acompañas, cielo? —James miró a sus acompañantes y con un leve movimiento de cabeza, se despidió.
—Dios, es más arrogante de lo que creí. —Gruñó Débora con discreción. —Al parecer es todo lo que se dice de ella, ¿Cómo se atreve a corregirme? Madame, sice. —Bufó. —Estúpida. —Miró a su nuera, quien se mantuvo seria.
—Querías conocerla, no te quejes, madre. —Christian siguió a la misteriosa mujer con la mirada, su corazón se siente extraño y por alguna razón recordó a esa maldita mujer que le ocasionó tantos problemas en el pasado.
—Amor, ¿Puedes ir por una copa? —Megan miró a su esposo, pero este simplemente se apartó de ella, tiene cosas más importantes que hacer y recordar su pasado lo ha cabreado.
—Ay niña, no puedo creer que no tengas el suficiente dominio en mi hijo. —La miró con desagrado. —No puedo hacerlo todo por ti. —Le recordó haciéndola sentir mal. —Deberías esforzarte más, ¿No crees? Nueve años y por mí no te han pedido el divorcio. —Dejándola atrás, se unió con un grupo de mujeres cotillas, de esa manera sabrá más de la insolente mujer.
Elizabeth se presentó ante todo aquel que Olivia le presentara, aunque en su rostro había una sonrisa, su corazón marcha desbocado y su cabeza está a punto de estallar. Soñó con ese día muchas veces, pero estar ahí, en el mismo lugar donde están las personas que le hicieron tanto daño, supera todas sus expectativas.
—Fue un placer. —James sonrió. —Por ahora diviértanse, ya habrá mucho tiempo para hablar de negocios. —Mirando los ojos de su esposa, agrandó la sonrisa. —Por ahora les robaré a mi esposa. —Las risas no faltaron, los hombres se sintieron pillados.
—¿Qué haces? —Elizabeth sonrió divertida al verse arrastrada a la pista. —Tengo trabajo que hacer, James, no me hagas esto. —Sin hacerle caso la obligó a dar una vuelta antes de iniciar a bailar.
—Esos hombres te pelean como hienas, yo quería ser el primero en bailar contigo. —Elizabeth agrandó la sonrisa.
—Estás loco, ¿Lo sabías? —Todos hicieron un círculo para ver bailar a la feliz pareja, menos Christian quien los veía desde el altillo.
“—Ambos sabemos lo que esa mujer quiere. —La furia en su madre es la que esperó. —¡¿Cómo se te ocurre dejar a tu prometida por una simple sirvienta que además es negra?!
—Mucho cuidado, madre. —La miró con severidad. —Mi decisión está tomada, no me casaré con Megan, amo a Elizabeth y es con ella con quién compartiré mi vida. —La risa de la mujer lo tensó.
—Qué tonto eres, querido. —Dejó la taza de café a un lado y miró esos ojos grises tan parecidos a los de ella. —¿Crees que esa niña realmente te ama? —Lo miró con burla. —Cariño, esa sirvienta solamente ve en ti la oportunidad de terminar con su miserable vida, ¿No lo comprendes? Su padre abandonó a su madre cuando estaba embarazada, yo ayudé a la mujer hasta donde pude, creo que esa niña no debería pagarme de esta manera, después de todo fuimos nosotros quienes corrimos con los gastos de la enfermedad de su madre.
—Fue mi padre. —La cortó. —Fue él quien ayudó a Elizabeth y a su madre, tú simplemente te quejabas por ello.
—De igual manera no deberías estar con ella. —Lo miró furiosa esta vez. —Megan viene de una buena familia, eso nos beneficiaría a todos, sin embargo, esa niña no haría más que manchar la imagen de nuestro apellido, ¿Cuándo vas a entender que somos la familia más importante en el país?
—Elizabeth no tiene culpa de como llegó a este mundo. —Se puso en pie. —Confío en ella y sé que me ama a mí y no a mi dinero.
—Bien. —Asintió tomando nuevamente la taza en manos. —Eres mi único hijo y te amo más que nada, lo sabes. —Mirándolo con ternura sonrió. —Si esa es tu decisión, te apoyaré y de la misma manera te apoyaré cuando esa jovencita te rompa el corazón.”
—Movida la noche, ¿Cierto? —La voz a su lado lo sacó de sus pensamientos.
—Sí, muy movida. —Bebió un sorbo de su copa. —No quiero imaginar cómo es para ustedes, todos quieren su atención. —James sonrió.
—¿La verdad? —Miró a su esposa bailar con un hombre mayor. —Todos quieren la atención de Elizabeth. —Ese nombre retumbó en su cabeza hasta hacerlo quejar internamente.
—No es para menos, es realmente hermosa. —Confesó. —Lástima que el nombre mayormente lo portan mujeres engatusadoras. —James ladeó la sonrisa.
—Mi esposa rompe el molde. —Lo miró de frente. —Es lo más dulce y real que existe. —Christian sonrió con amargura.
—Bueno, debe estar muy orgulloso por ello. —También lo miró. —Un hombre con suerte. —James frunció el ceño al ver tanta dolor en su mirada.
—Digamos que sí. —Ambos hombres se miraron por unos segundos y después miraron a la pista donde todos se pelean por un baile con Elizabeth.
—Dios mío, creo que debo descansar. —Se negó amablemente al joven que insiste en bailar con ella. —Tendré su baile pendiente, ¿Me lo permite? —El joven asintió con una sonrisa coqueta.
—Lo esperaré con ansias. —Elizabeth le agradeció con una sonrisa y una vez se disculpó nuevamente con él, se marchó, necesita aire, necesita calmar su corazón y los temblores de su cuerpo.
James la buscó en los aseos y no la encontró, desesperado por no encontrarla, salió al jardín y tampoco tuvo suerte, sin muchos lugares a donde buscarla, se metió a la cocina y finalmente la encontró.
Su mirada perdida, sus dientes casi abriendo la carne de sus labios, la postura, la cual parece que se estuviera protegiendo así misma, le indicó su estado.
—Cuqui... —Elizabeth soltó el llanto al sentir sus brazos rodearla. —Estoy aquí, no lo olvides. —Cerró los ojos al sentirla temblar.
—Ni siquiera me reconocieron. —Sollozó. —Me hicieron tanto daño y me olvidaron. —Lo miró a los ojos. —Los odio tanto, realmente los odio. —James tensó la mandíbula e inició a limpiar sus lágrimas.
—Has cambiado mucho, ya no tienes esa apariencia de niña dulce e inocente. —Besó su frente. —Además, esto puede ser una ventaja para ti, ellos no te conocen a ti, pero tú si a ellos. —Elizabeth se maldijo, ella no debería estar llorando. —Es por él, ¿Verdad?
—No. —Se separó de él. —Ese hombre no es más que mi mayor motivación para destruirlos. —Ignoró lo que su corazón siente. —Tenía que llorar. —Se defendió. —O de lo contrario lo echaría a perder todo y eso no me lo perdonaría. —James asintió sin cuestionarla.
—Recuerda lo que siempre nos decía mi madre, el odio es motivo de disensiones, pero el amor cubre todas sus faltas...
—Hay ocasiones en las que el amor simplemente hiere. —Lo cortó. —Ella también decía que por amor no se perdona todo, el amor también duele, James, lo sabes. —Retomando la compostura, limpió sus lágrimas. —Iré al baño a retocarme, por favor, diviértete. —Dándole un beso en la mejilla, salió de la cocina.
James simplemente negó, esa mirada que le dio Christian lo ha confundido mucho, por un momento creyó que sería un auténtico gilipollas, pero al parecer no es el caso. Él parece ser un hombre cubierto por una tristeza y una angustia que hasta pena da.
La noche concurrió entre cuchicheos de las mujeres, deseos de los hombres y recuerdos que azotaron a dos corazones con sentimientos encontrados.
—Oh, lo lamento, creí que no había nadie. —Elizabeth se tensó al escuchar su voz, pero dejando aquello de lado, dejó de mirar la luna y se centró en el hombre parado en la puerta.
—Eso ha dolido, señor Hamilton. —Sonrió con arrogancia. —No estoy muy acostumbrada a que mi ausencia pase desapercibida. —Christian pasó saliva, esa arrogante mujer no es la Elizabeth que él conoce y la verdad lo agradece.
—Ciertamente, creí que había escapado con su esposo. —Caminó hasta colocarse a su lado. —¿Una copa? Pensaba tomarme ambas, pero no me importaría compartir. —Elizabeth, sin dejar de sonreír, recibió la copa.
—Veo que se equivoca muy seguido, señor Hamilton. —Volvió la mirada a la luna. —Hermosa, ¿Cierto? —Christian miró la luna llena y asintió.
—Dicen que la luna es el mejor recordatorio que hay para saber que aún estando lejos, se encuentran cerca. —Elizabeth presionó la mandíbula, es justo lo que él le decía cuando se iba de viaje dejándola sola.
—Son frases de aquellos que no desean estar juntos. —Lo miró sin perder la sonrisa. —Considero que es la manera que tienen los cobardes para ocultar la verdad. —Christian la miró con asombro.
—Veo que su esposo no es tan romántico como aparenta. —Eso la hizo reír.
—Al contrario, señor Hamilton, mi esposo es el hombre más romántico que existe, pero él no es como los cobardes. Mi esposo no me llena de palabras bonitas, me llena de hechos preciosos. —Christian la miró con tanta insistencia que Elizabeth se sintió presionada. —¿Algún problema, señor Hamilton?
—Lo siento. —Dejó de mirarla. —Es solamente que usted...
—Cielo. —Megan irrumpió el tenso momento. —Te estaba buscando. —Miró a Elizabeth, quien se separó de la baranda de seguridad y con ello de la cercanía de Christian.
—Finalmente lo encontró. —La miró con una sonrisa. —Estuvo bien cuidado, señorita Hamilton. —Dándole una última mirada a Christian, se centró en la mujer. —Les daré privacidad, que disfruten la luz de la luna. —Sin más, entró a la mansión con sus ideas más claras y con un cambio de planes.
Quizás hacerlos sus socios iniciando no sea una buena idea, lo ideal será arrebatarle a todos sus clientes y cuando ellos sientan que lo pierden todo, ella les dará una oportunidad que no podrán desaprovechar y entonces verán de lo que está hecha.