Capítulo 3: Pesadillas

2935 Palabras
El sudor recorriendo su cuerpo, la respiración entrecortada y los temblores, preocuparon a James, hacía un tiempo no la veía tan mal. —Fue solo un sueño. —Susurró a su oído mientras la refugia en sus brazos. —Todo está bien. —Las lágrimas recorrieron las mejillas de Elizabeth, las pesadillas son recurrentes, pero siempre logra no alarmar a James y esta vez no lo pudo evitar. —Los odio. —Susurró tratando de no llorar más. —Realmente los odio y me odio a mí. —James frunció el ceño un tanto confundido. —Ellos fueron los que te hicieron daño, tú no has hecho nada. —Soltando un sollozo que estrujó el corazón de James, negó. —¿Recuerdas la historia que me negué a contarte por qué no estaba lista? —James asintió a pesar de que ella no lo mira. —Yo conozco a la familia Hamilton desde que nací. —James se sorprendió por aquello. —¿En serio? —Sí, la abuela de mi madre y también su madre trabajaron para la familia Hamilton desde niñas. Conmigo era la cuarta generación que trabajaba para esa familia. —Separándose de James, lo miró a los ojos. —Tanto mi abuela como mi madre tuvieron el mismo destino, ambas fueron embarazadas y después abandonadas, ambas enfermaron y posteriormente murieron... —Las lágrimas salieron en contra de su voluntad. —La familia Hamilton siempre las ayudó, pero con mi madre, fue el padre de Christian quien nos ayudó a mamá y a mí. —Sonrió con nostalgia. —Siempre creí que Christian tenía la misma amabilidad de su padre, pero no podía estar más equivocada. —¿Ustedes se criaron juntos? —Preguntó con curiosidad y confusión. —No, cuando mi madre enfermó, Débora se encargó de que nos fuéramos porque mi madre ya no le era útil, pero su esposo amablemente nos cedió una de sus cabañas y me marché de la mansión a la edad de ocho años. —James sintió un peso en su pecho que lo dejó sin aire. —Aun con la ayuda que el señor Hamilton nos daba, yo siendo una niña cuidé de mamá y me busqué la vida vendiendo chuches en la calle, o sacando la basura de la gente rica, o lavando pisos, eso hasta que mi madre murió. —El abrazo de James la quebró. —Lo siento tanto, lo siento Cuqui... —Besó su cabeza y deseó arrebatarle ese dolor para ayudarla a aliviar su carga. —Ocho años después, volví a la mansión Hamilton con dieciséis años de edad, para ese entonces el señor Hamilton ya había fallecido, pero era de tan buen corazón que antes de su muerte, le hizo prometer a su mujer que me acogiera y me diera un trabajo, lo cual ella cumplió por su hijo. —Sonrió con dolor. —Adaptarme era difícil para mí, pero Christian siempre estuvo ahí para apoyarme y salvarme de la furia de su madre cuando hacía algo mal, aun cuando yo fingía no recordarlo, él siempre fue bueno conmigo y por eso yo juré jamás odiarlo... yo juré siempre confiar en él y me odio por bajar la guarda, me odio por creer que él era igual a su padre cuando evidentemente es igual a su madre. —Abrazando a James se permitió llorar. —Yo era una chica pobre, alguien que pasó hambre y vivía a la sombra de los demás, vivía humillada para poder comer, ¿Por qué creí que un hombre como él podía amarme? —James cerró los ojos y dejó correr sus lágrimas lentamente. —¿Cómo ibas a saberlo? No puedes culparte por eso, no puedes culparte por amar. —Elizabeth no dijo más, ella simplemente lloró como no se permite llorar todo el tiempo. Lloró para reponer fuerzas y recordar todo lo que vivió para llegar ahí y no debilitarse. Tras el desayuno, Jacob se encargó de llevar a su jefa a su trabajo. La última semana ha sido de juntas, cenas y adaptación para Elizabeth, la familia Hamilton por ahora no es algo de lo que deba preocuparse, ha estado haciendo contrato con los clientes de New Era Construction Company y tal como lo pensó, todos dejan su lealtad de atrás y corren para estar a su lado. —Hoy tengo una cena con el señor Scott, estoy harta de tener cenas con esos hombres que creen tener oportunidad conmigo. —Resopló fastidiada por lo que tiene que aguantar. —¿Por qué pierdes el tiempo con esos clientes? —James frunció el ceño. —¿No es mejor ir tras los más grandes? —Elizabeth sonrió mirándolo con ternura. —Jamás se inicia con lo alto, Gordi. —Acarició su mejilla. —Arrebatarle lo que para ellos no tiene importancia, quitarles eso que no lo desestabiliza para que se confíen y crean que soy patética. —Lo soltó. —Y cuando esa confianza los haga sentir superiores a mí, solo entonces... ir por los más grandes, desesperarlos y mostrarles que lo único que hice al quitarles los clientes de poca importancia fue arrebatarles la posibilidad de tener quien los pudiera apoya. —James alzó las cejas, todavía no se acostumbra a verla en esa versión tan retorcida y calculadora. —Muchas veces pienso que un demonio toma posesión de ti cuando te pones en ese plan. —Elizabeth carcajeó, él jamás se acostumbra a nada. —¿Nos vemos en casa? —Miró por la ventanilla del auto. —Sí, no creo llegar tarde, Jacob te llevará. —Miró a su guarda espalda. —Lleva a mi esposo a su destino y ven por mí, pasado el medio día. —Sí, señora. —James la miró con ese brillo que jamás puede ocultar cuando la mira. —¿No debería ser yo quien diera las órdenes aquí? —Elizabeth agrandó la sonrisa. —Deberías, pero decidiste acompañarme y no llevar tu propio coche. —Tras darle un beso en la mejilla se bajó del auto. —Por favor, no llegues tarde a casa, no puedo cenar si no estás. —James bajó del auto rápidamente y tras tomarla entre sus brazos la pegó por completo a su cuerpo. Los paparazzi no los dejan en paz, así que él les da noticias. —Es usted una arrogante, señorita Ferguson. —Mirando esos ojos oscuros se derritió. —Y eso me enloquece como usted no tiene idea. —Decidido a dar noticias, la besó con indiscreción. —James, por Dios. —Elizabeth lo miró con reproche. —Estoy frente a la empresa, no hagas esto. —La sonrisa de James se ladeó con diversión. —Que el mundo se entere cuánto te amo. —Realmente divertida, le dio un rápido beso como despedida y ante la mirada del rubio, se adentró al edificio donde todos la miraban con atención. Christian dejó el periódico de lado, la nueva dueña de las empresas Ferguson Construction Company, está acaparando la atención de todos en el país y más de los empresarios y eso tiene q su madre muy nerviosa. —¿Lo estás viendo? —Débora miró a su hijo molesta. —Ella se está aprovechando de nuestra amabilidad y se está robando a nuestros clientes, no son importantes, pero son nuestros. —Christian suspiró. —Lo has dicho, no son importantes. —Miró a su madre a los ojos. —¿No le estás dando mucha importancia a esa mujer? —Débora lo miró indignada. —Deberías darle la importancia que yo le estoy dando. —Sugirió más molesta. —Christian, esa mujer puede ser una amenaza para nuestra empresa. No podemos permitir que una mujer como ella opaque la grandeza de New Era Construction Company. —Christian se paró de su puesto y caminó hasta el ventanal, la empresa es la vida de su madre y la entiende, ella es quien la ha llevado a ser todo un éxito, pero exagera a menudo. —¿Qué sugieres que haga? —Preguntó sin mirarle. —Que te acerques a ella. —Respondió sin dudarlo. —Que te hagas su aliado y la traigas a nuestro lado, quiero que hagas lo imposible por mantenerla a raya y no importa como. —Christian dio media vuelta para mirarla de frente. —¿Estás consiente de que ella tiene esposo y yo tengo esposa? —Débora descompuso el gesto. —Cielo, ¿Cómo puedes pensar eso de tu madre? —Acercándose a él, acarició su mejilla. —Solamente te pido que busques una amistad, jamás te pediría tal cosa. —Christian dejó salir el aire. —Lo siento, mamá, me he pasado. —Débora entristeció la mirada. —Tranquilo, creo que estoy exagerando. —Sonrió levemente. —¿Sabes algo? Déjalo estar, no hay que preocuparse. —Separándose de él, dejó ver su tristeza. —Volveré a mi despacho, hoy tenemos junta. —Christian se sintió mal al ver a su madre tan preocupada. —Sacaré una cita con ella. —Dijo antes de que saliera. —Hoy mismo iré personalmente con ella. —Débora sonrió tras conseguir lo que deseaba. —Muchas gracias, cielo. —Giró para mirarlo con gesto agradecido. —No te preocupes, vamos, quiero que sonrías. —Haciendo caso a la petición de su hijo, sonrió antes de tirarse a sus brazos. —Cuanta razón tenía tu padre, tú siempre cuidas de mí. —Christian se sintió pleno al escuchar la felicidad en ella. —Soy el hombre de la casa, por supuesto cuidaré siempre de mi madre. Vamos, hablaré con Kyara para que cancele todas mis reuniones. —Ambos salieron del despacho de Christian y cada uno se fue por su lado. —Kyara. —Señor Hamilton. —La joven mujer se puso rígida, es un buen hombre, pero su belleza es motivo de desconcentración para cualquier mujer. —Cancela todas mis reuniones y también llama a Megan y dile que no podré ir a la cena, que me espere en casa. —Sí, señor. —Lo miró irse y lo maldijo, ahora es ella quien recibirá la ira de su esposa por dejarla plantada. —También llama a Mattia. —Volvió al puesto de su asistente. —Dile que me espere abajo, listo para marcharnos. —De acuerdo, señor. —Esta vez espero que subiera al ascensor para cumplir sus órdenes, no le gustaría que la escuchara protestar después de hablar con la señorita Megan. Elizabeth miró la computadora con el ceño fruncido, son tantos correos los que debe responder que se le hace cansado y más por ser en su mayoría correos de invitación a cena de “Negocios” —Señora Ferguson. —Olivia entró al despacho de su jefa. —La junta es en diez minutos, los contratistas esperan por usted en la sala de juntas. —Elizabeth asintió. —También está el señor Scott. —La mirada confusa de Elizabeth la puso nerviosa. —Le he dicho que está ocupada y le he recordado que tiene una reservación para la junta hoy a la tarde, pero ha insistido en esperar por usted en recepción. —Lena, por favor, ve con el señor Scott y déjale en claro que mi tiempo es sumamente importante y por ello bien planificado. —La joven se puso en pie al instante. —Dile que lo veo en The Flavor Dynasty a la hora que acordamos. —Enseguida, señora. —Tras hacer un asentimiento con la cabeza, se marchó a cumplir con su tarea. —Podemos adelantar la junta. —Elizabeth apagó su computadora y se colocó al lado de Olivia. —¿Una junta sencilla? —La mujer sonrió. —Tranquila, todos saben que deben ser concisos. —Ambas se dirigieron a la sala de juntas. —Buenos días. —Saludó Elizabeth provocando que todos se pusieran en pie. —Por favor. —Los invitó a sentarse nuevamente. —Bien, podemos iniciar. —Los miró a cada uno por turnos. —Como usted sabe. —Uno de los contratistas tomó la palabra. —Los contratos se han triplicado esta última semana y el trabajo de igual manera. —Olivia tomó la carpeta que el hombre le tendió a Elizabeth. —Aquí tenemos un nuevo sistema en el cual nos vamos a basar para poder cumplir con todo. —Elizabeth miró los documentos y asintió. —¿Lo que me quiere decir es que no hay suficientes trabajadores para llevar a cabo tantas tareas? —El hombre miró a sus colegas y asintió. —Pero si no es posible contratar a más, podemos utilizar ese plan que he creado. El tiempo bien invertido nos ayudará a no atrasarnos. —Olivia, comunícate con RR.HH y pídeles que contraten a cinco contratistas. —Miró al hombre. —Puede hablar con la señorita Hughes y decirle que tipo de trabajadores necesitan. —Poniéndose en pie, miró a la mujer. —Asegúrate que sean suficientes, hay nuevos contratos por venir. —Olivia asintió con una sonrisa, desde que esa mujer llegó, Ferguson Construction Company está en ascenso de una manera impresionante. —Señora Ferguson. —Lena llamó la atención de Elizabeth. —El señor insiste en verla, he tratado de explicarle, pero no cede. —Tratando de mantener la compostura, asintió sin demostrar lo tanto que le molesta la intensidad de ese hombre. —Acompáñame. —Lena siguió a su jefa al ascensor sin cuestionar. —¿Cuántas juntas tengo para hoy? —Cuatro, señora, contando la que tiene con el señor Scott. —Miró su reloj. —En dos horas tiene la segunda junta con los miembros de las empresas Williams. —Bien. —Asintió un poco aliviada. El ascensor abrió sus puertas en planta baja, Elizabeth junto a los que venían en el ascensor, bajaron y cada quien se apresuró a alejarse de ella lo más rápido posible. —¡Dios! —Todos miraron al piso, una chica visiblemente nerviosa, trata de recoger las hojas que se le esparcieron por todos lados al caer. —¿Estás bien? —Elizabeth no fue capaz de pasar por alto la escena. —¿Te lastimaste? —La miró con preocupación. —Estoy bien, señora, lo siento tanto. —Elizabeth, con delicadeza, posó sus manos sobre las hojas para que la chica dejara de recogerlas. —Tranquila. —Sonrió con amabilidad en cuanto se dignó a mirarla. —Has caído, eso pasa. —Por alguna razón, eso le recordó la primera vez que trabajó para los Hamilton. Era una chica tan torpe que siempre hacía algo mal o dejaba caer algo. Christian miró la escena desde más atrás y los recuerdos azotaron su cabeza, la sencillez que esa mujer está demostrando no la esperó jamás. Todos se refieren a ella como fría, arrogante y hasta cruel, ¿Por qué ayudaría a una persona después de su torpeza? —Señorita Ferguson. —El señor Scott se acercó para ayudar a Elizabeth. —Ayúdela a ella. —Se negó a sostener la mano del hombre. —Es ella quien ha tenido la caída. —Le sonrió. —Tiene razón. —Se apresuró a mirar a la joven. —Por favor, señorita, permítame ayudarle. —La joven bastante avergonzada por todo el follón que ha formado, aceptó la ayuda brindada. —Muchas gracias, señor. —Miró a Elizabeth llena de vergüenza. —Lo siento, señora Ferguson. —Elizabeth le sonrió para evitarle la preocupación. —Señor Scott. —Se centró en él en cuanto la chica se fue. —He enviado a mi asistente y creo que no se ha explicado bien, yo... —Oh no. —La cortó. —Ella se ha explicado bien, pero verá... me gustaría almorzar con usted y... —La señorita Ferguson tiene un compromiso conmigo. —Elizabeth se tensó al escuchar esa voz. —Señor Scott. —Christian le tendió la mano al hombre visiblemente nervioso. —Se... señor Hamilton. —Correspondió el saludo. —No creí encontrármelo por aquí. —Sonrió. —El mundo es pequeño. —Soltó su mano. —Señorita Ferguson, nos veremos en la cena. —Más rápido que a prisas, se marchó del lugar. —No necesitaba su ayuda, señor Hamilton. —Ignorándolo, se dirigió al ascensor. —De nada. —Respondió caminando a su lado. —Estoy muy ocupada, ¿Qué desea? —Se detuvo para mirarle, no pretende llevarlo a su despacho. —Hablar con usted. —La miró a los ojos. —No será por mucho tiempo. —Elizabeth lo pensó, es demasiado pronto para que ellos noten lo que ella está haciendo, ¿Por qué tomarse las molestias de buscarla? Deseando saber la respuesta, subió al ascensor en cuanto abrió sus puertas, Christian no esperó una invitación y también subió. —Lena, ¿Puedes ir con Olivia y ayudarle? —Sí, señora. —La chica aprovechó estar en el piso correcto y bajó. El corazón de Elizabeth marcha con rapidez, siempre que tiene a Christian a su lado, algo en ella se altera y sabe perfectamente el motivo. Son las ganas de gritarle a la cara lo maldito que fue con ella, son las ganas de gritarle y maldecirlo por lo que hizo además de restregarle a la cara que lo hará pagar todo. —Bien, aquí estamos, ¿Qué sucede? —Christian la miró a detalle, su cuerpo se tensó por completo al ver ese detalle que solamente una persona en el mundo tiene. Su corazón inició a latir descontrolado, su cabeza inició a dar vueltas y su respiración se entrecortó. —Liz...
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