Dos largas semanas han pasado desde que Christian confirmó que la mujer de rojo es aquella que amó intensamente en el pasado, es la misma que lo destruyó y le costó demasiado.
Dos largas semanas en las que no puede dejar de ofenderla y hacerle ver lo detestable que es, dos semanas en las que ella vilmente le está arrebatando a sus clientes y está poniendo en prueba la lealtad de aquellos que juraron nunca cambiar de constructora.
Si algo debe aceptar es que Liz sabe exactamente como mantener una empresa en la cima y como ayudar a los demás a alcanzar el éxito. La única pregunta que se hace todas las noches es: ¿Cómo no pensó él en eso? Bien podría aconsejarle aquello a su madre para que la empresa fuera más sólida y bien vista por los demás, pero no se le ocurrió.
—Hoy es la fiesta de los empresarios. —Débora, quien no entiende el comportamiento de su hijo últimamente, lo miró tras poner la taza de café en la mesita. —¿Irás? —Christian no despegó la mirada de su periódico, no le ha contado a su madre que Elizabeth está de vuelta, será mejor que sea él mismo quien la haga pagar. —Hijo, te estoy hablando, cariño. —Christian suspiró, aunque desearía no ir a la fiesta para no encontrarse con esa mujer, debe hacerlo. Es la fiesta más importante de la industria y eso significa firmar nuevos contratos y planear nuevos proyectos.
—Tengo que, mamá. —La miró. —Es una de las fiestas más importantes, por supuesto que iré. —La mujer sonrió, su guapo hijo siempre consigue los mejores contratos en esas fiestas gracias a esas niñas locas por tener su atención.
—Es una pena que no pueda acompañarte. —Suspiró pesarosa. —Pero bueno, debo viajar, no tengo opción. —Lo miró a los ojos. —Estoy deseando que te pongas al frente de la empresa y...
—Tú la estás llevando bien. —La cortó. —Me conformo con darles consejos a ti y a tu equipo. No hace falta más. —Débora cambió el gesto de inmediato.
—Eres el sucesor de tu padre, después de perder a...
—No quiero hablar del tema. —La cortó bastante furioso. —¿Me fui? Sí, pero estoy de vuelta y es lo que cuenta. —Dejando el periódico en la mesa, se puso en pie.
—Lo siento, cariño... —Se apresuró a disculparse. —No debí mencionarlo, perdóname. —Christian, al ver la culpa en los ojos de su madre, dejó caer los hombros. —Tienes razón, estás aquí y eso me basta, sabes que nunca he podido vivir lejos de ti, lo eres todo para mí. —Christian se acercó a su madre y besó su frente.
—Está bien, mamá, no te preocupes. —Tras sonreírle, se separó de ella. —Saldré con unos amigos, volveré antes de irme a la fiesta.
—Hijo. —Lo tomó de la mano. —¿Está pasando algo entre Megan y tú? —Lo miró con gesto preocupado. —Cariño, ella estuvo siempre ahí para ti y jamás te abandonó a pesar de que tú la dejaste por Elizabeth. —Christian se tensó. —No debes olvidarlo, Megan es una buena chica y te ama muchísimo, ella está dispuesta a todo por ti. Lo sabes, ¿Cierto?
—Sí, lo sé, mamá. —Tras sonreírle, se apresuró a salir del comedor, ha estado tratando con indiferencia a Megan los últimos días, pero no puede hacer más, la mujer es intensa y lo fastidia con el tema de Elizabeth y su vida juntos.
Al entrar a la habitación, Megan, quien estaba sentada en la cama con mala cara, lo miró y segundos después desvió la mirada. Era su intensión pasar de ella, pero la palidez y su gesto cansado llamaron su atención. Megan siempre ha sido una mujer que goza de buena salud y poco se enferma.
—Iré al baño. —Dijo al sentirse presionada por esa mirada.
—¿Estás bien? —Detuvo sus pasos asombrada por el tono de preocupación. —Te ves terrible. —Sonriéndole dulcemente, asintió.
—Estoy bien. —Mintió.
—No mientas, ¿Qué sucede? —La mujer se encogió de hombros, ni ella misma lo sabe.
—He amanecido con mareos y unas intensas ganas de vomitar. —Suspiró cansada. —Además siento que no he descansado nada, estoy muy agotada. Supongo es por lo que ha estado pasando estas últimas semanas. —Christian la miró con seriedad, no se siente culpable.
—Hablaré con el doctor Taylor para que venga a revisarte.
—No, no te preocupes. —Sonrió. —Si sigo sintiéndome mal, yo misma iré a su clínica. —Christian asintió sin poner resistencia.
—Bien, yo saldré, por favor, descansa. —Caminando hacia el clóset, sacó sus deportivas.
Megan lo vio arreglarse desde el baño y sabiendo que él no se quedaría a pesar de su estado, decidió tomar una ducha para tratar de comer algo. Él ni siquiera nota que ella sufre por sus tratos, ¿Cómo puede no amarla después de todo lo que ha hecho por él? Ella ha soportado cosas que otras mujeres no harían ni por amor. Al recordar a su suegra, negó frenéticamente y dejó de pensar.
Elizabeth se estiró en la cama, se siente agotada y estresada por todo lo que ha estado pasando. Cada encuentro con Christian es doloroso para ella, él no duda nunca en atacarla de manera personal, pero es más que él, ella jamás haría algo tan bajo.
Su plan es darle donde más le duele y es todo, es llevar a su empresa a la quiebra y finalmente hacer su último movimiento, ese que hundirá por completo a la familia Hamilton.
—Estás tensa. —James la abrazó. —No me gusta que estés tensa. —Elizabeth jadeó al sentir su masculinidad hundirse en su espalda baja. —¿Qué te parece si te ayudo a desestresarte? —Colocándola boca arriba, besó sus labios para después descender por su cuerpo hasta el centro de su deseo.
—James. —Susurró aferrando las manos en las sábanas y cerrando los ojos con fuerza. —Dios. —Gimió alto y fuerte.
Tras hacer el amor, ambos tomaron una ducha relajante, desde que habían llegado a Londres no habían tenido oportunidad de hacer algo así.
—Lamento no poder ir contigo a la fiesta. —Se disculpó tras dejar un beso en su cuello.
—Deberías acompañarme. —Se recostó en su pecho para poder mirarlo.
—Sabes que estoy iniciando el nuevo bufet y debo estar en movimiento, tengo mucho por hacer. —Elizabeth frunció el ceño.
—No deberías forzarte mucho, James. —El aludido alzó las cejas, su tono fue serio y ella se pone así únicamente cuando está preocupada.
—Oye, estoy bien. —La abrazó. —Prometo que lo estoy. —Susurró a su oído mientras sus manos necias buscan calor bajo el agua. —¿Acaso no lo dejé claro? —Mordió su hombro derecho. —¿O debo mostrártelo nuevamente? —Elizabeth inició a reír, ese hombre es tan travieso que le encanta.
Pasado el desayuno, ambos decidieron pasar tiempo en el jardín, James supo que algo no estaba bien con su Cuqui, la manera en la que se está comportando últimamente es extraña.
—¿Por qué me miras así? —Elizabeth agrandó su sonrisa. —No dejas de mirarme con tanta insistencia y temo por mí. —Se cubrió los pechos.
—Eres tremenda. —Carcajeó al verla cubrirse como si él la estuviera desnudando con solo mirarla. —No es nada. —Sentándose a su lado, lo abrazó.
—Vamos, solamente me miras así cuando quieres saber algo, pero no quieres presionarme. ¿Qué es? —James suspiró profundamente, no había querido molestarla, pero realmente necesita saber que todo esté bien.
—Desde hace dos semanas estás distinta. —Elizabeth frunció el ceño, ella no siente que su comportamiento con él ha cambiado. —No quiero molestarte, quiero darte tu espacio, pero estoy preocupado. —La miró a los ojos. —Eli, ¿Todo está bien? ¿Está pasando algo de lo que no me he enterado aún? Y de ser así, ¿Por qué dejaste de confiar en mí? —Elizabeth sintió culpa de inmediato.
—Yo... yo lo siento, Gordi. —Miró al frente avergonzada. —Te lo contaría, pero siempre lo aplazaba y como estabas ocupado, no me forcé por buscar el momento indicado. —El corazón de James inició a palpitar con inquietud, lo único que ruega es que ella no cambie con él. —Christian me reconoció. —Soltó cerrando los ojos.
—Cariño...
—Lo sé. —Lo cortó. —Justo por eso no quise decirte nada. —Se negó a mirarlo.
—Ahora lo comprendo. —Desvió la mirada a las rosas. —¿Sabes? El día que llegamos, tuve la oportunidad de hablar con él y algo no me cuadra. —Elizabeth lo miró, pero James se negó a corresponderle. —El dolor que vi en sus ojos, la manera en la que se expresó yo...
—Por favor... —Le rogó. —No veas en él algo que no hay. —Se puso en pie para alejarse de él. —Esa familia es lo que es y no hay nada de bueno en ellos, ¿Por qué no lo entiendes?
—¿Cómo entenderlo? Estás empeñada en esa venganza y no quieres hacer lo más importante, saber los motivos de los hechos.
—¡Sé lo que tengo que saber! —Gritó. —Aquí no hay cabida para el perdón, James, ¡No puedo creer que quieras dejarme en sus manos!
—¡Moriré! —También grito como nunca antes había hecho. —Yo voy a morir, Eli, y al conocerlo no vi maldad en él... ¡Yo solamente quiero que hagas las cosas bien, quiero que tengas a alguien cuando me vaya! —Las lágrimas no tardaron en salir, Elizabeth lo miró dolida.
—Puedes asegurarte de que esté con cualquier otra persona, no con quién destruyó mi vida.
—Ese hombre fue el amor de tu vida, ¿Por qué no ir más allá? ¿Por qué no indagar en lo que pasó?
—¿Estás escuchando lo que dices? ¿Por qué voy yo a indagar en algo que tanto me dolió? ¿Por qué razón voy yo a remover en ese pasado que aún duele? ¿Cómo puedes tú decirme cruelmente que morirás y me dejarás sola? ¡Acordamos jamás hablar del tema! —Arrepintiéndose por sus palabras, corrió a ella y la abrazó con fuerza. —La vida no es justa, ¿Por qué a ti? Te amo demasiado, no quiero perderte. —James cerró los ojos con fuerza.
—Acordamos no ponernos tristes antes de tiempo, ¿Lo recuerdas? —Elizabeth alzó la mirada y al ver aquella sonrisa se derrumbó, ¿Por qué las personas buenas son las que más sufren o las que dejan este mundo tan pronto? Ahora entiende más las palabras de su suegra y el alivio de haber muerto antes que él, de esa manera ella no sufrirá con su partida. Antes le pareció muy egoísta, pero ahora la comprende a la perfección.
El tenso momento quedó atrás y el inquebrantable e incondicional amor entre James y Elizabeth volvió a reinar.
—Por favor, cariño, no tardes tanto y no te presiones. —James sonrió, de tenerla frente a él la besaría como un loco.
—Tranquila, en un par de horas me voy a casa, tú céntrate y firma muchos contratos, pero también quiero que te diviertas, ¿De acuerdo? —Elizabeth agrandó la sonrisa.
—Está bien, Gordi, lo haré. Nos vemos cuando vuelva a casa, no llegaré después de las doce.
—Eh, pero si a esa hora es cuando todo se vuelve más emocionante, ¿Cómo es eso?
—¡Oye! —Carcajeó. —Si vienes a mi encuentro, me quedaré, de menos me iré a casa temprano para estar con mi precioso esposo.
—Ummm, eso suena bien. —Volvió la voz más gruesa. —Pero por el momento, quiero que lo des todo de ti, ¿De acuerdo? —Elizabeth miró por la ventanilla del auto y asintió.
—De acuerdo, te amo. —Susurró sonriendo.
—Y yo te amo a ti, rayito de luz. —Elizabeth cerró los ojos odiando a todos los dioses existentes. —Debo irme cariño, nos vemos más tarde. —Tras escuchar la voz de su esposa despidiéndose en un tono quebrantado, cerró la llamada y siguió mirando por el ventanal. Una ola de furia lo invadió y sin poder evitarlo, le dio un puñetazo al cristal y maldijo en voz en grito.
"—Oh, querido, has llegado. —James sonrió al ver a su madre tan feliz como siempre.
—Te lo prometí y aquí estoy. —Apresuró sus pasos para abrazarla, pero la cabellera negra tras su madre lo obligó a detener la marcha. Los enormes y oscuros ojos de la chica que se dio vuelta lo dejaron hipnotizados, es la mujer más hermosa que había visto en la vida entera. Su inocencia y esa timidez lo anonadó al instante.
—Ella es Elizabeth, vivirá conmigo."
Fue la primera vez que la vio y fue la primera vez que se enamoró, solamente Elizabeth podría cambiar el corazón y los sentimientos de un hombre simplemente con una mirada. Él era un desgraciado, un hombre promiscuo y que no le importaba más que tener sexo, pero ella llegó y le hizo cambiar totalmente.
—Señora. —Jacob le abrió la puerta a su jefa.
—Gracias, Jacob. —Asintió cómo agradecimiento.
—Elizabeth Ferguson. —La detestable voz a sus espaldas la tensó de inmediato.