Capítulo 3 - El comienzo de un primer día problemático.

2020 Palabras
El día amaneció tranquilo, el cielo de principios de septiembre estaba despejado y los animales campaban a sus anchas por los amplios jardines de Hogwarts. Me desperecé tranquilamente y me levanté de la cama asomándome por el ventanal que separaba mi cama de la de Lily que parecía haber entrado al baño hacía poco. A esa hora aún no había alumnos en el exterior del castillo, pero no faltaba mucho para la hora del desayuno y con ello el correo diario y el ir y venir de alumnos que a partir de ahora sería lo normal en Hogwarts hasta las vacaciones de invierno. Cuando Lily salió ya con el uniforme de Gryffindor puesto y su túnica negra abierta sobre él entré al baño, me di una ducha rápida, sequé y peiné mi largo cabello y me vestí con mi nuevo uniforme, una camisa blanca de manga larga, una corbata a rayas roja y amarilla y una falda plisada, unas merceditas y unas calcetas de color n***o. Salí mientras me ponía la túnica que dejé abierta y miré a Lily que me esperaba con Hayley y Alice en el centro del dormitorio. — ¿Vamos? — pregunté emocionada por nuestro primer día. — Si — dijo Alice mientras Hayley bostezaba con cansancio. Bajamos tranquilamente hasta el comedor y nos sentamos en la larga mesa de nuestra casa. Solo de pensar en unas tostadas con mantequilla, un poco de beicon crujiente y unas tortitas se me hacía la boca agua. Sorprendida observe como aparecía en mi plato justo lo que acababa de pensar. Mi cara debió ser todo un poema porque mis tres amigas empezaron a reírse por mi reacción. — ¿Cómo lo has hecho? — me preguntó Lily sentada a mi lado, con cara de estar tan sorprendida como yo. — Solo he pensado que me encantaría desayunar esto… — dije con sorpresa sin dejar de mirar mi plato como si fuera algo único. — Oooohh.... Alucinante… — dijo Lily para que momentos después aparecieran unas tortitas con sirope de arce y mantequilla y unos huevos revueltos en su plato. — ¡A desayunar! — dijimos ambas contentas y dispuestas a comernos todo el plato. Justo cuando iba a empezar a comerme el desayuno cientos de lechuzas entraron por los altos ventanales, surcando la estancia y dejando caer periódicos, cartas y paquetes a los alumnos que se encontraban sentados desayunando. Una carta cayó en mi regazo, encima de la mesa, ante la atenta mirada de los que estaban sentados a mí alrededor que tras observar un momento que era contuvieron el aliento. Un vociferador... Mis hermanos me miraban con burla desde el otro lado del comedor, sentados entre sus amigos en la mesa de Slytherin. En ese momento supe lo que venía a continuación, una pesadilla que solo acababa de comenzar. — Deberías abrirlo… — dijo con precaución Alice que estaba sentada enfrente de mí. Miré el sobre y tras tragar saliva lo abrí. La voz de mi padre resonó en todo el comedor, ya lleno de alumnos y profesores, de forma amplificada. — ¡Eres una deshonra! ¿Tu? ¿Gryffindor? ¡Y no es lo peor! ¡Amiga de una sangre sucia! ¡Parece que no te he disciplinado lo suficiente pero ya está bien! ¡Nos veremos al terminar el curso y recibirás tu castigo, mocosa malcriada! — concluyó mi padre mientras el comedor se quedaba en un silencio sepulcral. Intenté no mirar a mi alrededor, donde todos me miraban, unos divertidos y otros con pena, menos dos pares de ojos que parecían burlarse con odio, como si lo que yo hacía estuviera mal. — No tengo hambre, luego nos vemos ¿vale? — dije con una sonrisa temblorosa mientras me levantaba de la mesa dejando el desayuno sin tocar. Antes de marcharme me giré y miré a Lily. — Siento mucho que te haya llamado eso, no te mereces esto… — dije antes de irme con prisa. Tras mucho andar me dejé caer contra el tronco de un árbol a los pies del lago. Miré las tranquilas aguas y solté el aire que parecía haber retenido desde el gran comedor. Abracé mis piernas, escondiendo mi cabeza entre ellas y liberando todas las lágrimas que me había guardado mientras mi padre me gritaba frente a todo el colegio mi primer día. A él nunca le importaría lo que sintiera, porque el sentir para él parecía no ser importante, para él era más importante las casas, la reputación de la familia y el honor que sus hijos. Lloré por todo lo que había vivido, por todos los malos recuerdos y los malos tratos, y sobre todo lloré por no ser como los demás, ¿Por qué tenía que pasarme eso a mí? ¿Por qué tenía que pasarle esto a alguien? — Sé que es difícil, pero deberías ignorarlo, escucharle de verdad solo hará que te sientas peor — dijo una voz a mi lado. Ladeé un poco mi cabeza, viendo de reojo al chico de cabello n***o ondulado y ojos grises que miraba las aguas como si pensara en más cosas de las que pudiera albergar en su mente. — ¿Cómo puedo ignorar que mi padre me amenace y menosprecie tan solo por ser distinta al resto de mi familia? — respondí entre sollozos. — ¿Es que te arrepientes de ser cómo eres? — preguntó en respuesta. Me quedé en silencio. No, no me arrepentía de ser como era. — Entonces ¿Por qué te afecta algo así cuando te gusta ser cómo eres? Debería darte igual, ignorarles te hará más feliz — dijo encogiéndose de hombros con una sonrisa comprensiva. — Al menos tú no tienes hermanos mayores dispuestos a hacerte la vida un infierno… — dije señalando dirección al gran comedor — gracias a ellos mi padre se enteró, aunque se enteraría tarde o temprano... Miré al cielo donde las pocas nubes competían por ver cuál era la más rápida. — Bueno...lo de tus hermanos tiene solución, eso déjamelo a mí — dijo divertido con un toque arrogante. Sonreí por inercia, como si su felicidad fuera contagiosa. — Toma — dijo, extendiéndome un pergamino rectangular — Son tus horarios, le dije a la profesora que yo te lo daría — dijo rascándose la cabeza con indiferencia. — Oh...gracias… — dije mirando el horario para luego sonreírle — Por todo, gracias por todo. Él extendió su mano para que se la estrechara, cosa que hice. — Soy Sirius Black, el primer Gryffindor de mi familia, encantado — dijo con una divertida sonrisa. — Yo soy Éride Lestrange, la primera Gryffindor de mi familia, encantada — respondí sonriente. — ¿Ves? Así te ves mejor — dijo levantándose — bueno, me tengo que ir, mis amigos me esperan, adiós — dijo antes de irse en dirección al castillo. Me quedé mirándole por un momento mientras se marchaba. ¿A qué se refería con encargarse de ellos? Estaba segura de que esa pregunta rondaría mi cabeza todo el día. Me levanté y limpié mi falda y túnica de las briznas de hierba que habían quedado pegadas a ellas. Miré mi horario detenidamente, aún faltaban cuarenta minutos para mi primera clase, transformaciones. Fuí a mi habitación donde cogí mis libros de transformaciones y pociones, mis materiales y pergaminos, plumas y tinta para apuntar en clase. Al salir de la sala común me dirigí al aula donde daríamos clase, aunque no sabía exactamente donde era. Nick casi decapitado pasaba por ahí cuando me disponía a buscar el aula. — ¡Disculpe! ¡Señor Nick! — llamé corriendo detrás de él. El fantasma se dio la vuelta mirándome sonriente. — ¿Qué necesitas? — me preguntó Nick amablemente. — Em... ¿Sabe dónde es la clase de transformaciones de primero? — le pregunté nerviosa. — ¡Por supuesto! ¡Sígueme! — Dicho esto empezó a avanzar rápidamente por los pasillos, llegando a uno de ellos y en vez de torcer a alguno de los lados atravesó la pared, algo que yo no podía hacer. A los pocos minutos un Nick avergonzado volvió rascándose la cabeza. — Perdona, me he emocionado — dijo girando a la izquierda y levitando sobre las escaleras — aquí es, creo que llegas justo a tiempo. La profesora estaba abriendo la puerta y Lily, Alice y Hayley me hacían señas para que fuera para allá. — ¡Gracias Nick! — dije antes de correr hacia mis compañeros, mientras Nick gritaba un "de nada" para luego marcharse atravesando la pared. — ¡Llegas por los pelos amiga! — exclamó Hayley como secándose un sudor inexistente de la frente. Me reí con ganas y pasé un brazo sobre sus hombros. — Por unos pelos fantasmas — dije yo dramáticamente mientras entrábamos a clase. Hoy compartíamos clase de transformaciones con Hufflepuff. Nos sentamos en unas mesas del fondo que quedaban libres, como solo cabíamos tres por mesa decidimos separarnos de dos y compartir mesa con alguien más, Lily y yo nos sentamos en una mesa con un chico de Hufflepuff de piel tostada y cabello recogido en rastas. El chico parecía estar más dormido que despierto, pero aun así parecía apañárselas para seguir atento a la clase. Miré alrededor, Sirius me saludo con un movimiento de cabeza desde la mesa de la izquierda, se había sentado con un chico pálido y desaliñado de cabello color miel y un muchacho de complexión parecida a la suya, de cabello n***o y ojos castaños. Le sonreí y saqué mi libro y mi pergamino. Lily me golpeó con el codo haciendo que soltara un quejido que oculte en una escandalosa tos. — ¿Lo conoces? — preguntó Lily alzando las cejas. La miré con los ojos entrecerrados, pensando en lo que podría estar maquinando. — He hablado con él un par de veces si — dije encogiéndome de hombros, quitándole importancia. — Ah… — dijo sacando un pergamino mientras me miraba fijamente. — Creo que estás mal de la cabeza — dije divertida pasando la punta de la pluma por su nariz haciendo que estornudara por las cosquillas, mientras me reía entre dientes, ganándome una mirada fulminante de mi amiga. La profesora carraspeó haciendo que todos nos calláramos y atendiéramos. — Soy Minerva McGonagall, vuestra profesora de transformaciones y jefa de la casa Gryffindor — dijo haciendo una pausa — Transformaciones es una de las magias más complejas y peligrosas que aprenderán en Hogwarts. Cualquiera que pierda el tiempo en mi clase tendrá que irse y no podrá volver. Ya están advertidos — dijo con una seguridad arrolladora que intimidó hasta el más desvergonzado de nosotros. — Bien, abrid el libro por la página veintidós... Al salir de las mazmorras donde dimos pociones con los de Slytherin fuimos dirección al gran comedor para comer. Alguien me empujó nada más subir las escaleras haciendo que cayera de cabeza contra el suelo y que me golpeara la cara contra la dura piedra del pavimento. Unas risas que conocía de sobra llegaron a mis oídos. — Mirad a la pequeña Gryffindor ¿Qué vas a hacer leoncita? — dijo Rodolphus, mi hermano mayor, con burla. Mi nariz sangraba a borbotones y aunque unos chicos de mi casa me habían levantado sentía que me iba a desmayar en cualquier momento. Conseguí fijar la mirada en mi hermano. — No me hagas hacer algo de lo que luego pueda arrepentirme, hermano — dije recalcando la última palabra, sabía que le avergonzaba ser mi hermano y que humillarme demostraría a los demás Slytherin que no les importaba, aunque no les importara de verdad. Me miró con odio. Se acercó a mí y agarrándome del pelo acerco su boca a mi oreja. — Ni se te ocurra responderme, mocosa desgraciada — siseó mi hermano empujando mi cabeza de nuevo hacia el suelo — vámonos, aquí solo hay escoria. Intenté no llorar sin mucho éxito, Lily y Alice me levantaron y estabilizaron haciendo que me apoyara en ellas mientras me consolaban de camino a la enfermería. Y el día solo acababa de comenzar.  
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