Mi padre había comprado cuatro entradas para los mundiales de quidditch que se celebrarían mañana en Madagascar, una de las finalistas ya que la final de los mundiales de este año sería Siria contra Madagascar.
Había reservado dos tiendas, una para él y sus reuniones ultra secretas y otra para nosotros y nuestros amigos.
Metí todo lo que podría necesitar en mi baúl y dejé el bolso que estaba unido a ella a los pies de la cama para al despertar solo tener que arreglarme, cogerla y salir por patas a coger el traslador hasta Madagascar, donde nos instalaríamos unas horas antes de la gran final.
Me desperté a la mañana siguiente y me levanté de la cama de un salto, me duché y vestí con un pantalón corto vaquero, un top rojo y unas botas de montaña.
Recogí mi cabello en una coleta y cogiendo mi bandolera, bajé corriendo las escaleras hacia la cocina donde empecé a desayunar con avidez hasta que, bajo mi padre, haciendo que me levantara rápidamente.
— Vamos, nos vamos ya o perderemos el traslador — dijo mi padre con mis hermanos detrás de sí.
Salimos apresuradamente y nos aparecimos delante del traslador dos minutos antes de la hora.
— Cuando yo os diga tocad la tetera y no la soltéis hasta que yo os diga ¿Entendido? — ordenó mi padre mirando un reloj de su muñeca — Ahora.
Todos tocamos la tetera y de un momento a otro sentí como me elevaba del suelo y empezaba a girar velozmente, todo daba vueltas a nuestro alrededor, mi padre miraba atento del reloj a los alrededores como si supiera por dónde íbamos.
— Soltad el traslador — dijo tranquilamente.
Soltamos el traslador y caímos estruendosamente en el suelo, desde el que vimos descender con elegancia a nuestro padre que aterrizó de pie mientras nosotros nos intentábamos reincorporar masajeando partes del cuerpo que nos habíamos golpeado en tremendo porrazo.
— Vamos — dijo mi padre mirándonos con desaprobación tras nuestro aparatoso aterrizaje.
Atravesamos bosque hasta llegar a una extensa pradera rodeada de bosque con un gran lago del que salía un caudaloso río y que era alimentado por una monumental cascada de transparentes aguas.
A un lado del río, provisto de un puente de piedra, se situaba el campamento, interminables hileras de tiendas de campaña, algunas con un pequeño jardín delantero y vallado, otras con fuentes llenas de exóticos pájaros, unas pequeñas, otras grandes...
Al otro lado del río se levantaba unas grandes gradas que rodeaban el campo de quidditch.
Seguimos a un mago hasta el lugar donde colocaríamos nuestra tienda, y tras ayudarnos a colocarla desapareció con mi padre para colocar la suya un poco alejada de la nuestra, como ya he dicho, para sus reuniones ultra secretas.
— ¿Y aquí cabremos los tres y nuestros amigos? Padre está loco... — dijo Rabastan mirando la tienda con profundo asco.
— Me da que vamos a tener que dormir apretuja... — empecé a decir mientras entraba para quedarme callada al ver la tienda por dentro, que al parecer había sido agrandada por dentro con ayuda de un hechizo o encantamiento — tenéis que ver esto, entrad.
Mis hermanos entraron atropelladamente mirando el interior de la tienda con sorpresa.
La tienda, por fuera de un color verde oliva brillante, era un poco más baja que yo y de un ancho de 4 personas de pie una al lado de la otra.
Por dentro, muy lejos de ese tamaño, se encontraba un amplio recibidor con una gran lámpara de araña y unas escaleras de caracol tras el recibidor, a la derecha un amplio salón para reunirse con una barra de bar y a la izquierda una cocina con isla y una amplia mesa de comedor de madera de roble.
Al subir las escaleras encontramos cinco dormitorios, cada uno con 7 camas y todos ellos provistos de baño.
— Alucinante... — exclamé asombrada — tengo que decírselo a mis amigos... pero antes, ¿cómo nos repartimos las habitaciones?
Mis hermanos se miraron entre sí y luego a mí.
— Vale, me conformo con la del fondo, quedaros las demás, pero tres camas de una habitación las meteremos en la mía, ¿De acuerdo? — exclamé al final.
— De acuerdo — respondió Rabastan empezando a mover las camas a la habitación del fondo.
Salí de la tienda y fuí a dar una vuelta con el fin de encontrar a mis amigos.
Cuando llevaba cuarenta y cinco minutos largos dando vueltas me crucé con Jay, que iba a acompañado de los que parecían sus padres, su abuela y una niña y un niño más pequeño que él por varios años.
— ¡Jay! — grité acercándome.
Jay se giró sorprendido y sonrió saludándome con la mano.
— Que bien que encuentro a alguien por fin — dije abanicándome con la mano debido al húmedo calor de la zona.
— Están todos bañándose en el lago, todos los de nuestra edad me refiero — dijo Jay riéndose — ¿vamos?
Asentí sonriendo.
— ¿Qué tal el verano? — pregunté cuando ya veíamos el lago y tras una caída de Jay intentando esquivar a un señor que se había empeñado en que tenía que comprarle un loro amazónico de color azul.
— Lo normal, vagueando en casa ¿y tú qué? ¿Has tenido que soportar a los odiosos de Slytherin todo el verano? — preguntó Jay intentando picarme.
— Si bueno, lo normal, como todos los veranos, e inviernos, y vacaciones... — dije haciendo ademanes.
— ¡Éride! — gritó alguien desde el lago para momentos después salir del agua y correr hacia mí para darme un abrazo de oso.
— ¡Lily! ¡Has conseguido venir! — exclamé abrazando a mi amiga con entusiasmo.
— Sí, he venido con Hayley, sus padres han sido muy amables ofreciéndome la entrada de su abuela que no ha podido asistir por un brote de artritis horrible, ha tenido que ir a San Mungo... — explicó Lily.
— Oh vaya, espero que se mejore... — respondí hasta acercarnos a los demás — Ey chicos, mi padre nos ha dejado una tienda a mis hermanos y a mí y tengo una habitación con diez camas para mi sola ¿Alguien se apunta a hacer una fiesta en mi tienda tras la final?
— Genial. ¡Guateque en la tienta de Éride! — exclamó Jake que este año era el capitán ya que el año pasado había sido el último de Steve, el anterior buscador y capitán.
— Me apunto — dijeron Alice, Hayley y Mel.
— Cuenta conmigo — dijo Jay animadamente mientras Lily asentía.
— Va — dijo afirmando con la cabeza Frank Longbotton un chico de nuestra edad de Gryffindor que hacía poco acababa de empezar a salir con Alice.
— Bueno, pues nos vemos aquí tras la final ¿vale? — respondí sonriendo para quitarme el pantalón y el top, doblarlos encima de mi bandolera y quitarme las botas para quedarme tan solo con un bikini con la parte superior naranja casi fosforito y la parte de debajo de color n***o.
Me tiré de cabeza a las claras aguas sacando la cabeza y los hombros del agua poco después y desatándome la coleta para dejar mi cabello suelto.
— ¡Que empiece la fiesta! — gritamos Jay y yo desde el agua.
Subimos numerosas escaleras, nuestro palco era uno de los más altos, enfrente del palco del comentarista del partido.
Tras salir las mascotas de los dos equipos y los equipos en perfectas formaciones de vuelo el estadio estallo en gritos y cánticos.
Yo estaba dando saltos agarrada a la barandilla cuando muchos magos y brujas empezaron a usar sus varitas para animar a sus equipos, lanzando al aire los colores de su equipo.
Me empecé a reír por lo absurdo que era ese momento, Habían prohibido las varitas en la final de quidditch, por lo visto nadie estaba contando con eso porque todos habían conseguido esconder sus varitas lo suficientemente bien como para colarlas al estadio.
Tras horas de partido había ganado Siria, y yo no estaba muy contenta con el resultado, las jugadas de Siria y de Madagascar habían sido perfectas y brillantes, pero casi al final del partido, antes de que Siria cogiera la Snitch Madagascar había perdido a su buscador debido a que un bateador había ido todo el rato tras él y había golpeado su cabeza con el bate en vez de a la bludger que había a medio metro.
— ¡Que burrada! ¡Han ganado por que el bateador ha jugado sucio! ¡Lo ha hecho aposta! — grité furiosa mientras cruzaba el puente acompañada de Jay que reía feliz por la victoria de Siria.
— Bueno, eso pasa... de muy vez en cuando — dijo Jay felizmente ganándose una mirada fulminante de mi parte.
— Ya, claro... De muy vez en cuando... por supuesto, lo más normal de mundo... ¡Estaba a medio metro! ¡Ha fallado aposta para descalificar al Buscador y asegurarse la victoria! — exclamé justo cuando nos reuníamos con el resto de amigos a los pies del lago.
Mel asintió a mi comentario totalmente de acuerdo.
— Solo dices eso porque apoyas a Siria — Soltó Mel sin filtro alguno.
Jay no supo que responder y se encogió de hombros restándole importancia.
Al llegar a mi tienda mis hermanos habían ocupado la planta de abajo por completo con una mega fiesta con alumnos de Slytherin en su mayoría, pero había alumnos de otras casas e incluso de otros colegios.
La música sonaba a todo volumen y el alcohol circulaba con rapidez por la fiesta.
— ¡A divertirse! — gritó Jay desapareciendo entre la gente.
Lily y yo nos fuimos directas a la barra con Hayley y Mel y miramos la gran diversidad de alcohol que había en la barra del bar.
— Bueno, ¿y ahora que bebemos? — preguntó Lily dudosa mirando las diferentes botellas.
Mel sin decir nada empezó a hacer mezclas en cuatro vasos y nos dió uno a cada una quedándose el último para ella.
— ¡Que empiece la fiesta! — gritó bebiéndose el vaso de medio litro de golpe.
Nos miramos las tres para empezar a reírnos e imitamos a Mel bebiéndonos nuestras bebidas de golpe.
— ¡Otra ronda! — grité.
Nos metimos las cuatro en la improvisada pista de baile que se había montado en el amplio recibidor donde bailábamos unos pegados a los otros al ritmo de la música.
Todo se movía a mi alrededor con pasmosa lentitud, como si el tiempo se detuviera.
De un momento a otro giré a mi alrededor y me encontré sola, mis amigas habían desaparecido de mi alrededor en algún momento de la noche, decidí buscarlas entre la gente de la pista de baile.
Me resultaba difícil avanzar entre la gente, algo que bailando me había parecido lo más fácil del mundo, pero estaba algo mareada y no conseguía coordinar bien las extremidades, eso y que la gente estaba tan pegada una a la otra que era casi imposible pasar entre ellas.
Un chico me agarró la mano y se pegó a mí intentando que bailara con él.
Alejé mi mano y me dispuse a irme.
— Ey ¿A dónde crees que vas? Baila conmigo — gritó el chico por encima de la música.
— Lo siento, pero no, tengo que buscar a mis amigas — contesté arrastrando un poco las palabras e intentando alejarme un poco.
— No las necesitas, ahora me tienes a mí, nos divertiremos los dos juntos — dijo rodeándome esta vez las caderas con sus brazos.
— He dicho que no — dije cortante dejando de moverme.
— Y yo que si — dijo esta vez intentando besarme.
— ¡Déjame! — dije apartando la cara, haciendo que el chico babeara mi mejilla y me apretara más contra sí mismo.
— Ha dicho que la sueltes, imbécil — exclamó alguien a mi lado.
De un momento a otro los brazos del chico que habían estado pegándome a él en contra de mi voluntad habían desaparecido y el chico, tirado ahora en el suelo, intentó levantarse sin mucho éxito.
El mismo que me había quitado de encima al chico me agarró del brazo y pasando por mi lado me empezó a sacar de entre la gente.
Su olor me llegó como un recuerdo bastante antiguo, era el chico que había estado buscando el año anterior con tanto ahínco, estaba tan segura como que me llamaba Éride Lestrange y que era la primera Gryffindor de mi familia.
El chico me sacó al exterior de la tienda donde el sonido disminuyó hasta unos decibelios normales y soltó todo el aire, dándome aún la espalda.
Era un poco más alto que yo, con el cabello n***o ondulado por encima del hombro, y vestía unos vaqueros oscuros y una camiseta negra.
— ¿Es que estás loca? ¡¿Qué hubiera pasado si no llego a tiempo?! ¡¿Cómo se te ocurre ponerte borracha y quedarte sola en medio de tantos desconocidos?! ¡Te podía haber hecho cualquier cosa ese imbécil! — empezó a gritarme el chico girándose hacia mí y mirándome furioso con sus orbes grises.
Era Sirius, me quedé congelada mirándole, con la boca abierta por la sorpresa.
— ¿Y ahora qué te pasa? ¿Te ha picado un bicho de estos que hay en el bosque o qué? — dijo esta vez más tranquilo poniendo sus brazos en jarra y sus manos apoyadas en sus caderas.
— No puede ser... tu...tu... — empecé a decir.
— ¿Yo que? — preguntó Sirius.
— Eras tú, ¿Por qué? ¿Sabías que estaba buscando al chico del callejón y no dijiste nada, y eras tú todo el tiempo? — pregunté levantando la voz cabreada acercándome peligrosamente a él y clavándole el dedo en el pecho.
— ¡¿Y qué querías que te dijera?! Hola Éride, estoy enamorado de ti desde que te vi en Ollivanders, sé que piensas que soy imbécil, y un inmaduro entre otras muchas cosas, pero oye, deja de salir con todo el que pilles porque el que te beso soy y... — gritó Sirius, siendo callado por mí.
En ese momento, hasta las cejas del brebaje que había hecho Mel, todo dándome vueltas y mi estómago revoloteando, solo deseaba sentir lo mismo que sentí en ese callejón hacia un año, solo deseaba que me besara y no parara nunca.