Tenemos aproximadamente tres horas fuera, en el bosque que queda justo detrás de la cabaña, y el escenario es casi irreal. Estamos rodeados de árboles que miden unos seis metros de alturas cubiertos de una especie nieve, tan blanca que resalta ante el lente de la cámara. Pero semejante belleza viene con un frío atroz, mis dedos se empiezan a dormir. Mala idea no haber traído un par de guantes. El equipo está preparando una fogata, para la última sesión fotográfica. Más temprano tuve el difícil trabajo de capturar a Ethan, talando un árbol y casi se derrite mi lente -y yo. Tenía muchas ganas de hacerle ese comentario a él pero sería imprudente; tengo la sensación de que todos están atento a nuestra relación, esperando que estalle otra pelea entre los dos. Lo que no saben es que Ethan y yo

