Derek Blackwood odiaba esperar.
Su oficina estaba bañada por una luz artificial, perfecta. Las paredes negras, lisas, adornadas solo por un retrato de su padre. Todo estaba medido, limpio, pulido… menos él.
El informe de Kael estaba sobre la mesa. Una hoja. Solo una.
Fría. Profesional. Inútil.
> "Objetivo avistado. En movimiento. Sin rastro sólido.
Recomendación: vigilancia discreta."
Derek apoyó los dedos sobre el pa yapel, como si pudiera exprimirle la verdad.
—¿Sin rastro sólido? —repitió en voz baja, entornando los ojos.
Kael no fallaba. Nunca.
Y esa falta de detalle… olía a traición. O algo peor: a duda.
Encendió un cigarro, aunque no fumaba.
Lo hacía solo cuando pensaba en su padre.
flashback
Tenía 14 años la primera vez que escuchó hablar de los Belmont como algo más que un apellido.
—Tienen algo que pertenece a nuestra línea —le dijo su padre, en una noche de copas y secretos—. No es oro. No es tierra. Es más viejo que eso.
Sangre.
Derek no entendía.
—¿Una herencia?
—No, Derek. Algo más. Algo que fue parte de un pacto que mi abuelo rompió… y que debe cerrarse con un matrimonio. Con unión. Con control.
Con poder restaurado.
Luego su padre le mostró una foto: una niña rubia, con ojos como el cielo y una mirada brillante.
—Ella es la llave —dijo.
Desde entonces, Derek la miró crecer desde la distancia. Como quien vigila un diamante, esperando el momento de reclamarlo.
Cuando la vio por primera vez, todo encajaba.
Era hermosa, sí.
Pero no era eso lo que lo paralizó.
Fue… la sensación de vacío.
Como si ella llevara consigo una parte que le faltaba. Algo que no podía explicar. Algo irracional. Una vibración, un malestar, un calor antiguo que no conocía.
Como si su destino estuviera escrito dentro de ella… y no tuviera elección.
Pero él no creía en destinos.
Creía en la posesión. En el control.
Y si había algo dentro de él que temblaba al verla… lo ahogaría con fuerza. Con cadenas. Con obediencia.
Volvió al informe.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que no alcanzaba los ojos.
—Kael, Kael… ¿me estás escondiendo a la joya?
Tomó el teléfono.
—Quiero vigilancia sobre el rastreador. Discreta. Que no lo note. Si me está mintiendo, lo quiero saber.
Cortó. Luego, murmuró solo:
—Ella no va a huir de mí.
No importa qué sea lo que me hace sentir cuando la miro.
No importa si es amor, locura… o algo más oscuro.
Ella es mía.
Y si algo dentro de mí tiembla… será ella quien lo pague.