-Ay, nena-comentó Tessa por lo bajo, aplastándome un pañuelo descartable contra la nariz. Lo tomé y me soné haciendo mucho ruido. -Mierda, creo que me resfriado-murmuré. Daemon, que yacía parado y de brazos cruzados más allá, frunció el ceño como si lo que estuviera diciendo fuera una completa estupidez. Loui bajó su teléfono del oído, cortó la llamada y lo dejó sobre la mesa. -Listo, ya le he dicho-me trató de sonreír-. Se lo ha creído. Asentí y miré hacia la gran ventana de la habitación de Tessa para ver cómo el sol de a poco amanecía y se iba colando dentro, iluminándolo todo con una potente luz naranja. Daemon había aceptado la invitación, tras insistirle mucho, de venir a acompañarnos. Nadie tenía nada mejor que hacer al otro día, y yo no pensaba pasar aquella noche bajo el mi

