Adalynn olvidó por completo el dolor y se sintió molesta. ¿Cómo pudo ser tan descuidada?
Sin embargo, se cayó y el mayor responsable es este hombre, ¡vale! Claro que no podía culparlo.
Adalynn se mordía los labios rojos, cada vez más enfadada por cómo había desaparecido su antigua mente fría y racional.
Poco después, Matthew se acercó con un botiquín, lo abrió y encontró desinfectante y gasas de algodón para un tratamiento sencillo de la herida.
—Te lavaré la herida. Puedes soportarlo. Puede que duela un poco— Matthew terminó, destapó un frasco de medicina y le limpió primero la rodilla izquierda.
Efectivamente, la medicina estaba empapada en la herida, y Adalynn se agarró el dorso de la mano con dolor, jadeando levemente.
En la habitación silenciosa, jadeó así, haciendo que los ojos del hombre se encogieran y la nuez de Adán bajara y subiera varias veces.
Mientras se ocupaba de la otra rodilla, Adalynn seguía jadeando. Sus dientes blancos le mordían el dorso de las manos, y su largo cabello le caía hasta el pecho. Era un crimen tentador.
Matthew levantó la vista; sus ojos se volvían cada vez más oscuros e impredecibles. Adalynn se tocó los ojos y dejó de morderse el dorso de la mano. Se apoyó en el dorso de la mano al borde de la cama. Dos hileras de marcas de dientes se presentaron.
El hombre la miró levemente, la cubrió con bolas de algodón, la envolvió con gasa y le vendó las rodillas.
Después de recomponerse Adalynn dio las gracias.
—Gracias, señor presidente.
Matthew recogió el botiquín y se levantó.
—Tenga cuidado la próxima vez que suba las escaleras.
Adalynn estaba tan avergonzada que no se atrevió a mirarlo. Asintió con seriedad.
—¡De acuerdo! Prestaré atención.
Adalynn lo vio salir. Se sintió aliviada. No quería moverse en ese momento. Le preocupaba que eso afectara su trabajo.
Apenas dos minutos después, llamaron dos veces más a la puerta. Adalynn, que acababa de acostarse, se incorporó de inmediato.
La puerta se abrió de golpe y Matthew entró con un vaso de agua. Adalynn sintió una oleada de alegría al instante. Recordó que ella quería agua.
Matthew la miró sentada y sonrió.
—¿Por qué no te acuestas y descansas?.
—Me dormiré— Adalynn frunció los labios, y entonces se dio cuenta de que la taza que tenía delante no era la que acababa de dejar caer, sino una taza de acero muy delicada. Era la taza de Matthew. Sin embargo, parece que el hombre no le prestó atención. Probablemente bajó a beber agua, luego tomó su taza y subió a dársela.
Matthew se fue, él le dejó su taza sobre la mesa, Adalynn tragó saliva.¿Puede ella beber su taza?
Tras dudar unos segundos, Adalynn cogió la taza y fingió que no era suya. Tras beber dos tragos de agua, el agua en su cuerpo estaba fría, pero ¿por qué le ardía la cara?
Era de madrugada...
Adalynn intentó soportar el dolor. Fue al baño y se bañó. La herida no tocaba el agua. Solo pudo limpiarse dentro de la bañera. Se puso un pantalón de traje y cubrió la zona de la venda.
Simplemente, no caminaba con la naturalidad de siempre. Adalynn pensó que Matthew iría a la oficina hoy. Sin embargo, después del desayuno, Matthew le dijo.
—No iré a la oficina hoy. Le pediré a Peter que le envíe los materiales y le dé el día libre.
—Señor presidente, estoy bien. Puedo trabajar — Adalynn no quería ser demasiado delicada. Ella podía trabajar.
—Si la lesión en la pierna es duele, no intente ser valiente —Matthew abrió la boca y dijo con serenidad.
En ese momento, Daniel se acercaba con dos tazas de leche. Al oír las palabras de Matthew, miró a Adalynn con preocupación.
—Señorita Evans, ¿qué le pasa en la pierna?.
—¡Eh! Anoche, cuando subí las escaleras, no vi bien el camino. Me caí. No es grave —Adalynn dijo que no veía bien el camino, ¿o que se había caído por el disgusto?.
Adalynn jamás lo admitiría.
—Es más seguro encender la luz al bajar de noche —la amonestó Daniel.
Adalynn respondió y miró a Matthew. Cortaba el pan con gracia, como si acabara de decirle que no se le permitiera contradecirlo.
Al otro lado de la oficina, Roger llegó a las 7:30 de la mañana y esperó hasta las 9:00. No vio a Adalynn llegar al trabajo, lo que lo dejó muy confundido.
¿Se estaría escondiendo Adalynn? Roger solo quería encontrar la oportunidad de ver a Adalynn y advertirle con anticipación. Que no se obsesione con el puesto de la primera dama para que no salga lastimada. Sin embargo, Roger esperó un día y no vio a Adalynn. Incluso el presidente no está trabajando hoy, lo que le hizo sospechar que Adalynn podría haber ido a la residencia presidencial para atender el trabajo. Esto agravó la preocupación de Roger.
Adalynn tenía mucha prisa hoy. Matthew estaba trabajando en el estudio. Peter la acompañaba y no la había llamado. Daniel le preparó el té de la tarde y lo subió. Adalynn se sintió halagada.
¡No estaba allí para disfrutar, estaba aquí para trabajar!
Esa vida la ponía nerviosa y temía ser despedida en cualquier momento. Además, no hay palabra perezosa en su diccionario. Un día pasó así.
Adalynn se sentó en el sofá frente a la ventana, leyendo un libro. La ventana ya mostraba el atardecer. A esa hora, el palacio presidencial estaba iluminado. Daniel preparaba la cena. Peter se fue. Matthew terminó su jornada laboral.
A la hora de cenar, el ambiente era muy tranquilo, con una luz cristalina. Las figuras de Adalynn y Matthew se veían envueltas en la sombra de la comida.
—¿Todavía te duele la rodilla?— preguntó Matthew.
Adalynn negó con la cabeza rápidamente.
—No me duele.
Matthew frunció los labios y sonrió levemente.
—¿Nunca había visto a una empleada como tú? ¿Todavía no estás contenta con tus vacaciones?.
Adalynn frunció los labios y alzó sus ojos llorosos para mirarlo.
—Estoy aquí para trabajar, no para disfrutar de las vacaciones. Si me dejas trabajar, seré más feliz.
—¡De acuerdo! ¡A partir de mañana puedes volver al trabajo! —Matthew la miró con impotencia.
Adalynn ríe entre dientes y sigue comiendo. Matthew tiene la taza a su lado. En ese momento, la sostiene y bebe té.
Los ojos de Adalynn brillan. Anoche, tenía tanta sed que bebió el agua que le ofreció y observó la taza en su mano. Una sensación indescriptible la embargó.
Después de comer, mientras Daniel limpiaba, Adalynn quiso ayudar, pero él la detuvo.
—¡Señorita Evans, mejor descanse! Yo me encargo.
Adalynn sonrió con impotencia. ¿Qué más podía hacer ahora? ¡Le rogó que hiciera algo para compensar su culpa! En ese momento, sonó el celular de Adalynn y ella miró el número desconocido.
Sentada en el sofá, tomando té, Matthew levantó la vista y Adalynn contestó.
—¡Hola!.
—¡Adalynn, soy yo! —dijo Roger con voz suave.