
—No me escondía de usted, su Alteza… —dijo Lilith con la voz temblorosa—. Mi familia está arruinada, y la única forma de pagar nuestras deudas era casándome con alguien que pudiera beneficiarnos.
—¿Entonces estás de acuerdo en casarte con quien sea si eso sirve para pagar las deudas de tu vanidoso padre? —respondió el Emperador Axios, con un tono cargado de desprecio.
Su mirada era tan intensa que parecía capaz de cortar el aire. Nadie en la sala se atrevía a moverse; todos temían que, en cualquier momento, sacara su espada y los hiciera pedazos.
—Su Alteza… —intervino el barón Lucerne, con la voz quebrada—, no creo que sea cortés de su parte interferir en la boda de otra persona…
El Emperador lo miró como si sus palabras no valieran nada. El padre de Lilith temblaba de miedo ante la imponente figura del soberano.
—Ja… —rió Axios, con una frialdad que heló la sangre de todos los presentes.
Su risa resonó en la iglesia como un trueno. Nadie se atrevió siquiera a respirar.
—Varón Lucerne, tanto deseas tener dinero que te atreves a vender a tu propia hija como concubina de un asqueroso anciano. Eres una vergüenza para la nobleza.
Con una señal, uno de sus hombres se acercó cargando un cofre repleto de joyas y oro, que depositó frente al barón.
—Supongo que esto será suficiente para ti… Varón.
Y sin decir más, el Emperador tomó a Lilith de la muñeca con fuerza y la arrastró fuera de la iglesia, dejando tras de sí un silencio sepulcral.

