—¿Qué se supone que estabas haciendo? No puedo tener personal así en mi piso y realmente me gustaría que no hubiese personal así en todo el edificio — el hombre se veía realmente molesto, lo había visto anteriormente, por eso sabía quién era.
—No fue mi intención — se defendía Arianna como podía, con sus ojos cristalizados, a punto de derramar una tormenta.
—Pero si han Sido tus acciones — replicó él.
—Pero, señor… — comenzó a decir ella.
—Señor nada — la interrumpió él.
—No deseo estos sucesos, su posición y retroceso — recité en voz alta.
Un segundo después estaba yo cayendo al piso, el agua se derramaba sobre el señor Edgar, jefe del piso y Arianna venía detrás de mí en mi posición «Ha funcionado» pensé inmediatamente, aunque a diferencia de Arianna yo si caí de bruces al piso, después de todo no tuve tiempo para prepararme, como odio a veces la manera en que funcionan los hechizos.
—¿Se encuentra bien? — preguntó el señor Edgar, tendiendo su mano hacia mí para ayudarme a ponerme de pie.
—Si, me encuentro bien — respondí confundida (como de costumbre) pero esta vez muy consiente de la situación en la que estaba, esperaba los gritos, el despido, la altanería, pero no obtuve nada de eso. Arianna se acercó inmediatamente hacia mí para ayudarme a incorporar nuevamente. La miré con cierta tristeza, ella no podía recordarlo, para ella ni siquiera sucedió, pero para mí fue muy real, más real que cualquier otra situación que haya vivido antes en este mundo.
—¿Segura? Puedes ir a la enfermería o tomarte el resto del día — insistía el señor Edgar preocupado.
—Estoy completamente bien, lamento mucho haberlo mojado — contesté sin ánimos de sonar educada pero tratando de serlo de igual manera.
—No se preocupe, me alegra que se encuentre bien — una vez dicho esto simplemente se alejó, dejando las cosas así y mi sangre hervía, mi cabeza dolía, mi garganta raspaba, mis ojos rabiaban.
—Lamento mucho lo que pasó — me dijo Arianna apenada, en voz baja, decaída.
—Yo lo lamento mucho más — contesté en el mismo tono que ella.
—¿Qué lamentas? — me preguntó confundida.
Yo seguía mirando el largo pasillo por el que el señor Edgar se había ido y aún sentía la feroz necesidad de gritar, pero la rabia se convirtió en ira y la ira se convirtió en lágrimas.
—Lo lamento todo — contesté hundida en llanto.