—¿Cómo te ha ido hoy? — preguntó Robert mientras íbamos en el auto de regreso a nuestra casa, no pude evitarlo, no pude responder, no pude ser fuerte. Me volví un mar de lágrimas nuevamente — supe lo sucedido, pero me han dicho que no ha pasado a mayores, que de hecho el señor Edgar ha sido muy amable contigo.
—No es justo — contesté en voz alta, con la voz entrecortada — he Sido una incompetente.
—No es para tanto, mi amor — Robert me miraba con tristeza y con una de sus manos acariciaba mi rodilla, él no comprendía la realidad, jamás iba a poder comprenderla porque yo tampoco podía explicársela. Era mejor que creyera que yo estaba llorando porque era una sentimental antes que supiera la verdad.
No me gustaban los secretos, me hacían sentir que estaba pesada, como si cargara un montón de piedras en mi estómago, mucho menos me gustaba guardarle uno a mi esposo, pero las cosas eran así y no había mucho que pudiese hacer al respecto.
—¿Qué te parece si yo te ayudo a sentirte mejor? — pregunto él mientras su mano se deslizaba hasta uno de mis muslos, escabulléndose debajo de mi vestido.
No pude evitar sonrojarme ante el acto, no estaba acostumbrada a qué el fuese de esa manera, aunque debo admitir que realmente me gustaba. Aún me sentía mal cabe destacar, pero no estaba de más intentar con sus métodos solo para variar.
—Puedes intentarlo, pero no prometo nada — contesté como quien no quiere la cosa.
Él comenzó a ir un poco más rápido, me daba un poco de risa, pero me agradaba este sentimiento de adrenalina que invadía mi cuerpo, esta espera que parecía eterna, estas locas ganas de llegar a casa para arrancarle la ropa, no quería hacerlo, pero era casi imposible no mirarlo y pensar en su cuerpo debajo de la misma, su perfecta y vulgar desnudez. Finalmente llegamos a nuestro hogar, entramos como lo hacíamos normalmente, ambos un poco apenados ya enfriados un poco los sentimientos «Quizás si hubiera acelerado más no estaríamos en esta incómoda posición»
—¿Quieres comer algo? — preguntó él mientras caminaba hacia la cocina.
—¡Claro que quiero comer algo! — contesté mientras miraba su espalda y quizás un poco más abajo.
Preparamos algo ligero para nuestra comida, para mi desgracia Robert era un poco lento y no había comprendido que lo que yo quería comer era en realidad el plato fuerte. En un momento de la noche solo me resigné a que ya no sucedería, lavé los platos, sequé mis manos y subí hasta la habitación para dormir, no tardé mucho en hacerlo, estaba tan agotada física y mentalmente que apenas cerré los ojos caí profundamente dormida. No obstante en un momento de la madrugada comencé a sentir como alguien besaba mi cuello y una mano escurridiza llegaba y se infiltraba debajo de mi ropa interior, haciendo ligeros movimientos que hacían que mi cuerpo se estremeciera.
—¿Qué está sucediendo? — pregunté tratando de controlar un gemido que luchaba por salir.
No obtuve respuesta, Robert me tomó por la barbilla y comenzó a besarme de manera desenfrenada.
—¿Qué estás haciendo? — pregunté ingenuamente, interrumpiendo su beso.