El emperador resentido y el príncipe desolado

2583 Palabras
Pronto, el sol de la mañana apareció en el horizonte anunciando la mañana de otro día nuevo, entreabrí los ojos sintiendo el cansancio apoderarse de mi cuerpo todavía adolorido, gemí intentando moverme del incómodo asiento trasero del Maserati, el que había permanecido estacionado en medio del desolado y abandonado espacio de los muelles, solté un agotado suspiro mientras entornaba mis ojos irritados por el sueño insuficiente, Damien se remolinó en el asiento del copiloto mientras hacia una mueca de dolor que lo paralizó ligeramente en el estrecho asiento. Pero, volviendo a incorporarme, me senté mirando mi bolso regado en el suelo de los asientos y los botones de mi blusa abierta desperdigados por todas direcciones, suspiré nuevamente, Damien se giró para mirarme apartar mi cabello revuelto. - ¿Estás bien? -Me preguntó en voz ronca, apreté los ojos, por supuesto que no estaba bien, y no solo me encontraba afectada físicamente, sino lo que más me dolía era el alma, la que pesaba ahora que la euforia del sexo y el castigo ya habían pasado, levanté los ojos hacía él, quien me regresó la misma mirada miserable que yo le estaba dando. -Tengo que regresar a mi departamento-. Respondí mirando la hora en la pantalla de mi celular, el que encontré enterrado entre las divisiones del asiento de piel -Debo alistarme para trabajar-, musité muy a duras penas -mañana será mi descanso por lo que no quiero llegar tarde hoy-. Finalicé mirando mi blusa rota, apreté la quijada consciente que debía pagarla y pedir una nueva a Isabella, la que por supuesto me reprendería, sin embargo, estaba tan agotada que el mínimo de mis problemas era el regaño de la encargada, Damien, me miró con los ojos entrecerrados mientras asentía con la cabeza, luego, ambos nos movimos, él sí tuvo que salir del auto para acomodarse en el lado del conductor, yo, solo brinqué al asiento en el que él había dormido sin importarme que le arruinaba los asientos con el peso de mi cuerpo, pero, como yo, él no le tomó importancia, a juzgar por su mirada, estaba segura que ni siquiera se había preguntado el cómo llegué hasta el lado del copiloto, por lo que, en silencio, encendió el motor del coche, el que ronroneo ligeramente. Pero, hubo una pausa, ambos mirábamos el horizonte, exactamente el mar naranja frente a nosotros, el que pintaba un rojizo amanecer helado y, bellamente como pocos que hubiera visto en mi vida, agaché la mirada hacia mi regazo ¿Qué debía decir? ¿Cómo comenzar a hablar después de lo de anoche? Me mordí los labios con la mirada azul de Iván pegada en el fondo de mis ojos ojerosos e irritados. Sin embargo, sorpresivamente, Damien fue quien habló. -Quiero que sepas que-, dijo con las manos apretando el volante -en verdad me importa-, confesó -yo-, soltó un suspiro girando su mirada devastada en mi -este, perdona que no lo haya dicho, es solo que, desde ese día la vida se ha vuelto…- -Insoportable-. Le completé, los ojos del heredero se humedecieron, él asintió con la cabeza. -Si-. Masculló apenas en un hilo de voz mirando sus manos apretadas en el volante, tragué saliva con dificultad, hubo otro corto momento de frio silencio, pero, él continúo volviendo a fijar su mirada verde contra la mía - Yo, prometo ayudarte a encontrar a tu padre-. Dijo y yo negué con la cabeza, ocultando mis ojos llenos de lágrimas y mis ganas de volver a llorar como una niña. -Llévame a mi departamento-. Fue lo único que fui capaz de decir, pero, ¿Cómo poder negarme? ¿Cómo decirle que las fuerzas me habían abandonado? ¿Cómo explicarle que lo único que deseaba era desaparecer? Damien no esperó respuesta mía, pese a que a leguas se notaba que deseaba que yo dijera algo, más no me presionó, por lo que tragando el nudo atorado en su garganta se preparó para marcharnos. Sin embargo, cuando él Maserati se movió en reversa unos cortos centímetros, una limosina desconocida, de vidrios polarizados y oscura pintura negra, apareció de la nada acelerando, el sonido del rugido del motor del auto nos hizo reaccionar en alerta, Damien frenó de golpe dándose cuenta que el lujoso auto n***o aparcaba tras el Maserati impidiéndole moverse, parpadeé aterrada, jadeé mirando a Damien con ojos enormes. - ¿Qué pasa? -Dije casi sin aliento. - ¡Maldición, no! – Damien golpeó el volante apretando los dientes con resentimiento. Pestañeé mirando lo inmóvil que estaba el desconocido coche tras nosotros, luego, el celular del heredero comenzó a vibrar anunciando una llamada. - ¿Damien? - Pregunté. El rubio no se dirigió a mí, en cambio, apretó los ojos contestando la llamada. No hablé. -Si…- aguardo él unos segundos, luego, una voz grave que no logré distinguir palabras, sonó desde el otro lado de la línea, Damien se mantuvo tenso, luego soltó un largo suspiro agotado – bien-. Contestó colgando la llamada, nuestros ojos se encontraron. -¿?- -Es papá-. Confirmó. Mi corazón latió con una fuerza poderosa en mi pecho, la boca se me secó y mis nervios se sacudieron en mi cerebro, un temblor se apoderó de mis manos, ¡no, no, no, no!, me repetí una y otra vez en mi mente, no estaba preparada para mirar de nuevo a Ígor, no después de todo lo que había pasado, la última vez que lo había visto habían sido horas antes de escaparme de Italia, como con Damien, había sido tremendamente doloroso, él había dicho cosas, las había recriminado, había dicho verdades hirientes, y yo, sentía que moría de vergüenza he impotencia, no podía volver a estar en su presencia, no de nuevo, sin embargo, parecía que no tenía otra opción, pero como siempre, Ígor se imponía, no me dejaría en paz. Y fue cuando tomé sentido a la conversación que él y Damien habían acabado de tener en el teléfono, por lo que en silencio salimos del auto, al mismo tiempo un guardaespaldas de Ígor apareció, frio y silencioso como una estatua, para abrirnos la puerta del auto cuando llegamos, dejé que Damien encabezara, no quería ser la primera en volver a verlo a los ojos, por lo que contemplé cuando, el mismo guardia extendió la mano hacia Damien, también fue claro, el heredero le entregó las llaves del Maserati sin protestar, luego, subió al coche… El aliento se me entrecortó, era mi turno. Sin embargo, no quise hacer el tiempo largo, pues, de todos modos, tendría que verlo quisiera o no, ¡a la mierda!, tomando aire me introduje en el interior del auto caliente, junto a Damien, la puerta del auto se cerró en cuanto me senté, pareciera que aquel guardaespaldas se quedaría para regresar el lujoso auto de Damien. Luego, enfocando mi vista hacia el frente, me topé con unos inquisitivos ojos severos y hermosos, unos ojos verdes claro que ahora habían perdido todo el brillo que los caracterizaba. Y allí, frente a mí, estaba Ígor, tan atractivo, atlético y elegante como siempre, su oscura melena azabache estaba peinada hacia atrás y, su bien acoplado traje gris le resaltaba el color claro de sus ojos, estaba bien afeitado y perfumado. Parpadeé mirándolo, Damien era tan parecido a su padre que, aún y después de todos estos años, me costaba asimilarlo; ambos, tenían la misma complexión física, el mismo color de ojos y, sobre todo, aquella penetrante mirada poderosa que atravesaba el cuerpo, Damien era más a su padre que Iván, del que esté último solo había heredado el hermoso n***o de su pelo, sin embargo, si bien, tanto Damien compartía ciertos rasgos de personalidad que su padre, Ígor resultaba mil veces cruel que su primogénito. El auto salió del lugar en silencio, uno que atravesaba, que dolía, los ojos de Ígor no dejaron de mirarme, hasta que luego de unos interminables momentos, por fin dijo algo; -Parece que entre más escapas del pasado, más te persigue, hija-. Los ojos de Ígor se entrecerraron, me pasé la lengua por los dientes. Damien apartó la mirada. -Yo…- -Desapareciste-. Sentenció con peso en sus palabras, cerré los ojos recordando aquella noche tan horrible en la que, en medio del llanto, tomé lo poco que tenía y me escapé en medio de la noche. -No deseaba continuar, no podía-. Respondí con un nudo en la garganta. Ígor hizo una mueca burlona mientras sacaba un puro del interior de su saco. - ¿No podías qué? -Encendió el puro y abrió ligeramente la ventana para expulsar el humo por allí, el helado viento que se coló me hizo estremecer - ¿Continuar con esto? -Nos apuntó a ambos con la punta del puro encendido, las palabras sonaron venenosas, resentidas. -Padre…- Interrumpió Damien. - ¡Cállate! – Le gritó Ígor a Damien, frenándolo, fugazmente lo miré, él se silenció luciendo miserable. - ¿Cómo sabías donde estábamos? -Le pregunté, conscientemente deseaba desviar el tema lo más que podía, Ígor ladeó la cabeza como un ave, pero relajó los hombros exhalando el humo del puro. -Debo confesar que fue sorprendente descubrir que aquí te estabas escondiendo-, le dio una calada a su puro – Annia fue quien me lo dijo-, musitó, sentí una punzada de traición, sin embargo, luego la comprendí, ella siempre había sido de aquel modo -por dios, eso tiene un día y, fue bastante frustrante descubrir que mis hijos no habían parado con su jueguito-. - ¿Me estuviste espiando? – Preguntó Damien mirándolo con odio, Ígor entornó los ojos hacia su hijo con resentimiento. -No tienes ningún derecho a reclamarme nada Damien-. Ígor apretó los labios en una línea tan fina que casi desaparecen de su rostro. Bajé la mirada a mi regazo, tenía ganas de hundirme en el asiento. - Paren, por favor-. Pedí exhausta, avergonzada y herida. - ¿Paren, dices? – Ígor se dirigió a mí, con las piernas cruzadas y con el porte de un rey – ¡eso era todo lo que tenían que hacer ustedes cuatro! -Nos gritó a ambos, agaché la cabeza nuevamente. -Lo siento-. Sollocé con las lágrimas en los ojos, Ígor se relamió los labios pegándose la boquilla del puro por mera ansiedad. -Stella-, soltó el humo con fuerza -solo porque le prometí a tu madre que cuidaría de ti, hice todo lo que estuvo en mi para criarte, te mandé a las mejores escuelas, aprendiste a tocar el piano y el chelo, ¡Joder Stella!, hablas tres idiomas y eres contadora ¡Mierda! Y esto es lo que obtengo de mis hijos-, gruño con sarna, mi corazón se sacudió mientras escuchábamos Damien y yo en silencio -son unos malagradecidos, mis dos hijos-. Escupió, la ira y la impulsividad subió por mi garganta. - ¡Yo no soy tu hija! -Le grité con las lágrimas escapándose de mis ojos, Ígor me miró con fuego. - ¡Pero te he criado por 14 años como una, así que lo eres! – aplastó el puro con la fuerza de su puño, quemándose la palma -sabían que son hermanos y, aun así-, arrojó el puro hecho churro por la ventana con rabia - ¡y aun así miren lo que han provocado! – Damien lo miró fijamente. - ¿Lo que hemos provocado padre? – Masculló Damien apretando las manos en puño. - ¡Silencio idiota! -Ígor parecía que saltaría de su asiento – dejaste que esto pasara por tu irresponsabilidad, y tu incapacidad de guardar tu pene en tus pantalones, eres un estúpido que además dejó que su hermana le robara para escaparse de casa-. Soltó Ígor, luego el auto se quedó quieto, estacionándose junto a un camellón, ambos, padre e hijo se fulminaron con la mirada, los ojos de Damien se humedecieron de lágrimas y rencor. - ¿Cómo te atreves a decirme eso? – Pestañeé mirando a un Damien herido de muerte - ¿Cómo te atreves a decir que no fui capaz de guardar mi pene en mis pantalones? -Damien lo apuntó, Ígor abrió los ojos tan grandes como su cara. -No te atrevas-. Lo amenazó su padre, pero era demasiado tarde. - ¡Tú siempre fuiste el que no sabía guardar su pene, quizás, en tu nublada mente de macho no te pusiste a pensar por qué mamá es alcohólica, por qué Iván estuvo tan solo y fue rechazado por la familia y por qué yo, estoy tan loco! -Explotó Damien, el rostro de su padre se encendió de ira. -Pequeño hijo de puta-. Ronroneó Ígor entre dientes apretados. - ¡Porque no te has puesto a pensar que todo esto fue tu maldita culpa! -. Gritó Damien, haciendo que Ígor se abalanzara contra él para soltarle un duro puñetazo en el rostro y después, tomarlo por las solapas del abrigo con violencia, me llevé una mano a los labios en medio del llanto. - ¡No, paren! – Intenté hacer que Ígor soltara a Damien, pero, el padre estaba tan cegado de resentimiento que no pude quitar sus puños de la ropa de su hijo, y mucho menos, hacer que lo soltara. - ¡Maldito bastardo! ¡Tú sabes todo lo que tuve que hacer para evitar un escándalo! ¡A cuantos tuve que sobornar para que nadie supiera esta maldita depravación, tuve que poner mi maldita cara ante los demás para evitar la vergüenza pública de la familia! ¡Y me dices a mí que ha sido mi responsabilidad, cuando eran todos ustedes los que estaban jugando ese puto juego retorcido! ¡Y ahora tú hermano está muerto! ¡Y Stella nos abandonó! ¿Te parece que fue mi culpa? -le gritaba sin piedad arrojándolo con fuerza en el duro asiento de la limosina - ¡Eras el responsable de tu hermano y hermana! ¡Debías cuidarlos, no acostarte con ellos! - Finalizó haciendo que el silencio reinara, ambos, tanto Damien y yo, lo miramos, pero, fue el corazón de Damien el que se volvió a estrellar, las lágrimas salieron de sus ojos silenciosamente dolorosas, el rubio se movió, saliendo del auto, no hubo nadie que lo detuviera, me limpié las lágrimas incansables de mis ojos mientras temblaba en silencio en el asiento. -Papá yo…- Lloré sin poder controlarme -perdón, no quería irme de casa, pero…- -Sal del auto Stella-, ordenó él, negué con la cabeza, estaba por tener un ataque de ansiedad, lo sentí cosquillarme la palma de las manos y helarme la sangre -regresa a tu departamento, estamos cerca por lo que no tendrás que tomar un transporte-. Levanté la mirada mirando la miseria en los ojos de él. -Tengo que ir a trabajar-. Mascullé sin tener una lógica, me sorbí los mocos, ahora, estaba ansiosa, me sentía acorralada. -No iras a trabajar hoy-. Dijo. -Debo hacerlo, aún tengo que pagar las cuentas-. Decía entre temblores, lágrimas y mocos. -Hablé con el dueño muy temprano en la mañana, no iras hoy-. Sonó tajante, la ira subió por mis venas. - ¡No puedes hacer eso! -Grité. - ¡Puedo hacerlo porque soy tu padre! ¡Ahora bájate de mí maldito auto Stella! -Contestó estirándose cuan largo era para abrir la puerta que estaba junto a mí, le regresé la mirada. -No vas a obligarme-. Le dije antes de salir del auto, él me miró con aquellos ojos felinos, tan iguales a los de Damien. -Eso ya lo veremos-. Musitó antes de cerrar la puerta y que el auto se perdiera entre las calles atestadas de movimiento de Nueva York.
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