Capítulo 9: El Juego de las Apariencias
El banquete continuaba con el brillo y la elegancia que lo caracterizaba, pero a pesar de las risas y conversaciones que llenaban la sala, yo no podía evitar sentirme incómoda, como si todo fuera una gran puesta en escena que ocultaba una verdad mucho más oscura. Estaba en medio de la élite, rodeada de personas poderosas que se movían en un mundo al que nunca pertenecí y que probablemente nunca entendería. Mi papel en este teatro social me agobiaba, y cada sonrisa falsa que intercambiaba me recordaba que estaba atrapada en una vida que no era la mía.
Intentaba mantener la compostura, aunque la tensión era palpable, especialmente después del encuentro con los padres de Melissa. El desdén en sus ojos, las palabras envenenadas que la madre de Melissa me había susurrado, todo me hacía sentir vulnerable. Sin embargo, el peso de la mano firme de Alexander en mi espalda, guiándome por la sala, me mantenía anclada a la realidad. Sabía que estaba siendo observada, no solo por él, sino por todos los que asistían al evento. Cualquier error, cualquier desliz, y todo lo que había intentado proteger, incluido a Martín, se vendría abajo.
Entonces, de repente, sentí una presencia junto a mí. Un hombre alto y elegante se acercó, su porte altivo y seguro de sí mismo. Lo reconocí de inmediato: era Ian, el papel secundario masculino, alguien que había conocido vagamente por su reputación en los círculos de poder. Era guapo, eso era innegable, y su presencia atraía miradas por donde pasaba, pero había algo en sus ojos, algo calculador, que me hizo sentir incómoda al instante.
—No esperaba ver a alguien tan hermosa en un lugar como este —dijo Ian, inclinándose hacia mí con una sonrisa que pretendía ser encantadora, pero que me puso los nervios de punta.
Ignoró por completo la presencia de Alexander, como si no fuera más que una sombra a su lado. Sabía que Ian tenía una larga historia de estar enamorado de Melissa, la prometida original de Alexander, pero en ese momento, no parecía tener ojos para nadie más que para mí.
—¿Cómo es posible que una mujer como tú esté con alguien como él? —continuó, sin molestarse en disimular su desprecio hacia Alexander.
Intenté sonreír educadamente, sin querer causar una escena, pero su cercanía me incomodaba. Sentía el peso de la mirada de Alexander sobre mí, observando la situación con atención, como si esperara ver cómo reaccionaría. Sabía que estaba probándome, esperando que manejara esta situación sin su intervención. Quería ver si podía mantener la fachada que habíamos creado juntos.
—Estoy aquí con mi esposo —respondí, intentando sonar firme, aunque mi incomodidad era evidente.
Ian soltó una carcajada burlona y despectiva, mirándome como si acabara de contarle el chiste más divertido del mundo.
—¿Tu esposo? —repitió, con una sonrisa torcida—. ¿Alexander? Vamos, no me hagas reír. Sabes tan bien como yo que no está a tu altura.
La burla en su tono y la manera en que denigraba a Alexander me hizo sentir un nudo en el estómago. No sabía cómo reaccionar sin empeorar la situación. Aunque sabía que Alexander podía defenderse solo, el hecho de que no dijera nada me desconcertaba. Estaba permitiendo que Ian me importunara, como si quisiera ver hasta dónde llegaba antes de intervenir.
Decidí que no iba a esperar. Sentía la presión creciente de las miradas de los demás invitados, y la última cosa que quería era ser el centro de una escena incómoda. Así que, con un movimiento rápido, me acerqué a Alexander y, sin pensarlo demasiado, tomé su mano.
El contacto fue firme, y sentí un extraño alivio al sentir su piel contra la mía. Sabía que era solo una actuación, pero en ese momento, necesitaba su protección, aunque fuera fingida. Miré a Ian directamente a los ojos y, con una sonrisa forzada, le dije:
—Te equivocas. Alexander es mi esposo, y no hay nada que puedas decir para cambiar eso.
Por un breve instante, vi el destello de sorpresa en los ojos de Ian. Pero fue efímero. Su arrogancia pronto volvió a apoderarse de él, y en lugar de retroceder, decidió ir más allá.
—¿De verdad crees que eso significa algo? —respondió, su voz cargada de burla—. Alexander no es más que un simple peón en este juego. Yo tengo mucho más poder que él. ¿Por qué desperdiciarías tu vida con alguien tan insignificante?
Las palabras de Ian eran como veneno, pero lo que más me sorprendió fue la falta de reacción de Alexander. A pesar de ser insultado tan abiertamente, su expresión no cambió. Era como si las palabras de Ian no le afectaran en lo más mínimo. Solo observaba, su mirada fija en mí, evaluando cada uno de mis movimientos.
Sentía cómo mi cuerpo se tensaba, y la ira comenzaba a crecer en mi interior. Quería responder, quería decirle a Ian que estaba equivocado, que no tenía ningún derecho a hablar así de Alexander, pero sabía que cualquier palabra que dijera podría empeorar la situación. Además, no podía olvidar que todo esto era una farsa. Mi matrimonio con Alexander no era real, pero eso no significaba que permitiría que alguien lo insultara de esa manera.
—Ian —interrumpí finalmente, con un tono firme—. No sé qué pretendes, pero esto no es un juego. Respeta mi matrimonio.
Ian me observó por un largo segundo, evaluando si valía la pena seguir insistiendo. Finalmente, con una sonrisa burlona y un gesto de desdén, se encogió de hombros.
—Muy bien, como quieras —dijo, antes de darme la espalda y desaparecer entre la multitud.
El alivio fue instantáneo, pero no duró mucho. Sabía que esta no sería la última vez que me cruzara con Ian. Sentía que había algo más detrás de su interés repentino por mí, algo que no podía ver aún.
Alexander, que había permanecido en silencio todo el tiempo, finalmente rompió su mutismo. Con una ligera sonrisa en los labios, como si todo hubiera sido un simple espectáculo para su entretenimiento, me miró de manera inquisitiva.
—Te manejaste bastante bien —comentó, como si no acabáramos de pasar por una situación incómoda—. Aunque no entiendo por qué te molestas en defenderme.
Su tono era burlón, pero debajo de esa burla, podía sentir algo más. Quizá una leve satisfacción, como si hubiera aprobado una prueba que no sabía que estaba tomando.
—No lo hice por ti —respondí, mirándolo directamente—. Lo hice porque no quiero ser parte de su juego.
Alexander me observó en silencio por un momento, como si intentara descifrar si mis palabras eran genuinas. Luego, sin decir nada más, volvió su atención a la multitud, como si el incidente con Ian hubiera sido completamente irrelevante.
Y en ese momento, me di cuenta de que el verdadero juego apenas comenzaba.