Capítulo 10: Sorpresas y Desafíos
El ambiente en el banquete continuaba cargado de opulencia, risas falsas y conversaciones superficiales. Las luces doradas brillaban sobre las cabezas de los invitados, pero debajo de esa fachada de lujo, algo oscuro estaba gestándose. Las miradas, los susurros, todo era parte de un juego de poder en el que, por más que lo intentara, nunca lograba sentirme completamente segura.
La conversación incómoda con Ian seguía resonando en mi mente, especialmente el desdén con el que había denigrado a Alexander. Cada palabra que había salido de su boca estaba cargada de desprecio hacia él, y aunque nuestro matrimonio fuera una farsa, no pude evitar sentir una punzada de ira en mi pecho. Alexander, a pesar de todo lo que significaba para mí, me había ayudado en más de una ocasión. Me había dado la oportunidad de encontrar un trabajo y, de alguna manera, había sido mi salvavidas en momentos oscuros. No podía quedarme de brazos cruzados mientras alguien lo insultaba abiertamente, sin importar quién fuera.
Ian no había terminado con sus burlas. Mientras me acercaba de nuevo a Alexander, tomándolo de la mano en un intento de terminar con la conversación, Ian volvió a reírse, su voz resonando con una arrogancia que me helaba la sangre.
—No puedo creer que estés defendiendo a alguien como él —se burló, su sonrisa llena de desprecio—. ¿Acaso no ves lo insignificante que es en comparación conmigo? Podrías tener mucho más a mi lado.
Sus palabras estaban llenas de veneno, pero no solo me ofendían a mí. Sabía que su objetivo era humillar a Alexander, hacerlo parecer pequeño frente a todos los demás. Miré de reojo a Alexander, esperando que hiciera algo, pero él seguía impasible, observando la situación como si fuera una mera espectadora de un espectáculo. Su tranquilidad me desconcertaba.
No podía seguir en silencio. El enojo dentro de mí creció rápidamente, y antes de que pudiera detenerme, las palabras brotaron de mi boca.
—Cállate, Ian —dije, alzando la voz lo suficiente para que varios invitados cercanos voltearan a mirar—. Alexander ha hecho mucho más por mí que lo que tú podrías ofrecer jamás. No te atrevas a calumniarlo, no tienes idea de lo que hablas.
La sorpresa se pintó en el rostro de Ian. Claramente, no esperaba que lo desafiara de esa manera, y mucho menos que defendiera a Alexander. Pero no era solo por gratitud, aunque sabía que Alexander había hecho cosas que nadie más hubiera hecho por mí. Era también porque Ian me repugnaba, y su arrogancia era demasiado insoportable como para permitirle seguir hablando.
Por un instante, todo el salón pareció quedarse en silencio. Las miradas de los invitados cercanos se clavaron en nosotros, y podía sentir la tensión en el aire. Alexander, por su parte, no se movió ni dijo nada. Solo me miraba, pero había algo en su expresión que no podía descifrar. Tal vez era sorpresa, o quizá una especie de admiración contenida.
Ian, sin embargo, no estaba dispuesto a quedarse callado. Sus ojos se estrecharon, llenos de furia, y dio un paso hacia mí, su rostro transformado en una máscara de desprecio.
—¿Así que lo defiendes? —gruñó, su tono burlón completamente desaparecido—. Te has rebajado a estar con un hombre que no vale nada. Alexander no es más que un estorbo en este mundo. Eres una necia si piensas que él es mejor que yo.
Sus palabras me hicieron arder de rabia, pero antes de que pudiera responder, todo sucedió en un parpadeo.
De repente, Alexander, quien hasta ese momento había permanecido calmado, dio un paso adelante con una rapidez que no había anticipado. Con un movimiento fluido y sin previo aviso, abofeteó a Ian con tal fuerza que el sonido resonó por todo el salón. El golpe fue seco y contundente, y Ian tambaleó hacia atrás, completamente sorprendido.
Un murmullo colectivo recorrió la sala mientras todos los invitados presenciaban la escena. Nadie se lo había esperado. Ian, el hombre arrogante y altivo, ahora yacía con la mano sobre su mejilla, completamente humillado.
La ira de Ian era palpable, pero también lo era su miedo. Por más poder que tuviera, sabía que enfrentarse a Alexander directamente no era algo que pudiera hacer sin consecuencias. Aún así, su orgullo herido lo llevó a intentar mantener su postura, aunque ahora era evidente que había perdido el control de la situación.
—Te atreves a… —comenzó a decir, pero su voz temblaba.
Alexander lo interrumpió, con un tono que era a la vez frío y amenazante.
—No me interesa lo que pienses de mí, Ian. Pero no vuelvas a hablarle a mi esposa de esa manera. Y no olvides con quién estás hablando.
El peso de esas palabras cayó sobre Ian como una losa. Su expresión cambió de inmediato. La furia fue reemplazada por una mezcla de humillación y miedo. Sabía que no tenía oportunidad de ganar este enfrentamiento, y mucho menos frente a tantos testigos. Sin decir nada más, se dio la vuelta y se alejó rápidamente, dejando una estela de murmullos entre los asistentes.
Me quedé de pie, atónita por lo que acababa de suceder. El golpe de Alexander había cambiado por completo el ambiente en el salón, y aunque parte de mí se sentía satisfecha al ver a Ian recibir su merecido, otra parte no podía evitar preguntarse qué significaba esto realmente.
Alexander se giró hacia mí, sus ojos oscuros fijos en los míos. Por un momento, ninguno de los dos dijo nada. No sabía cómo interpretar su reacción, ni si debía agradecerle o cuestionarlo. Sin embargo, lo que sí sabía era que algo había cambiado entre nosotros. Podía sentirlo en el aire.
—Gracias por defenderme —murmuró, su voz tan baja que apenas lo escuché—. No esperaba eso de ti.
—No fue solo por ti —respondí, mi voz aún cargada de la adrenalina del momento—. No soportaba que alguien como Ian pudiera seguir hablando así. Pero… gracias por intervenir.
Alexander asintió lentamente, y por primera vez desde que lo conocía, vi un destello de algo más profundo en sus ojos. No era solo el hombre frío y calculador que solía ser. Por un breve instante, parecía que había algo más detrás de su fachada, algo que no estaba dispuesto a mostrar del todo, pero que había dejado entrever por un momento.
—Vámonos de aquí —dijo finalmente, con una calma renovada.
Y así, mientras nos alejábamos del bullicio del banquete, supe que las cosas entre nosotros nunca volverían a ser las mismas.