Capítulo 11: Bajo una Nueva Luz

1160 Palabras
Capítulo 11: Bajo una Nueva Luz El sonido de la bofetada aún resonaba en mis oídos mientras Alexander me tiraba suavemente de la mano. Me sacó de la escena con una firmeza tranquila, como si lo que acababa de suceder no fuera más que un incidente menor en su mundo. Caminamos entre los invitados, algunos aún murmuraban entre ellos, sorprendidos por el enfrentamiento. Sentía las miradas de curiosidad y desconcierto clavadas en nosotros mientras nos alejábamos del salón principal. Alexander, por su parte, parecía completamente imperturbable. Su expresión no mostraba ni una pizca de la tensión o el enojo que yo sentía. Mientras avanzábamos por el pasillo, sin dejar de sostenerme la mano, se giró hacia mí, y sus palabras me desconcertaron aún más. —No necesitas razonar con un imbécil como Ian —dijo, con una leve sonrisa que casi me pareció divertida—. A veces, la mejor respuesta es simplemente golpearlo. Lo miré sorprendida. ¿Alexander, el hombre siempre calculador y frío, acababa de hacer una broma? Mi mente seguía tratando de asimilar lo que había sucedido minutos antes. No esperaba que reaccionara de esa forma tan… protectora. Hasta ahora, nuestro acuerdo se basaba en una relación fría y distante, más por conveniencia que por cualquier otra cosa. Pero la forma en que había intervenido, golpeando a Ian sin dudarlo, me había dejado desconcertada. —¿Estás diciendo que debo pegarle a cualquier persona que se comporte como él? —pregunté con incredulidad, mi tono una mezcla de confusión y sorpresa. Alexander rió suavemente, un sonido que rara vez había escuchado en él. —No siempre —dijo, con una expresión que revelaba una chispa de humor—. Pero con tipos como Ian, sí. Es la única forma en que aprenden. Mientras salíamos del edificio, ignorando el caos que aún se desataba tras nosotros, mis pensamientos no dejaban de correr en mil direcciones. No solo por la bofetada, sino por el hecho de que Alexander me había defendido de una manera tan pública y abierta. Hasta ahora, había creído que todo en nuestra relación era una farsa bien construida, una transacción entre dos personas que necesitaban mantener las apariencias. Pero la forma en que me había protegido, la manera en que había humillado a Ian sin pensarlo dos veces, me hacía reconsiderar mi percepción de él. Sin embargo, antes de que pudiera organizar mis pensamientos, la voz de Alexander me sacó de mi ensimismamiento. —No te preocupes por lo que pasó —dijo, sin soltarme la mano—. Ian no es alguien que pueda hacernos daño. Estaremos bien. Estaremos bien. Esas palabras, aunque simples, me afectaron más de lo que esperaba. Durante tanto tiempo, había sentido que estaba completamente sola en esta farsa de matrimonio, luchando por mi cuenta para proteger a Martín y mantenerme a salvo. Pero en ese momento, algo en la forma en que Alexander habló me hizo sentir que, de alguna manera, estábamos en esto juntos. Mi mente estaba demasiado ocupada tratando de entenderlo todo, pero mi estómago, que no había probado bocado desde que comenzó el día, empezó a protestar. Alexander pareció darse cuenta, y con su calma característica, me miró de reojo. —No has comido todavía, ¿verdad? —preguntó. Negué con la cabeza, aún sorprendida por su repentino cambio de actitud. —Vamos. —Sin darme tiempo a reaccionar, me guió hacia el coche—. Te llevaré a cenar. El restaurante al que me llevó era sorprendentemente encantador. No era uno de esos lugares excesivamente lujosos donde las miradas inquisitivas te siguen a cada paso, sino un rincón discreto, cálido y acogedor. La luz tenue y la decoración rústica me hicieron sentir más relajada de inmediato, lo cual, considerando la noche que acabábamos de tener, era un cambio bienvenido. Nos sentamos en una mesa junto a una ventana que daba a una pequeña terraza. Desde allí, podíamos ver las luces de la ciudad, pero el ambiente tranquilo del restaurante nos aislaba del bullicio exterior. Fue entonces cuando me di cuenta de lo hambrienta que estaba. La camarera se acercó con una sonrisa amable, y Alexander hizo el pedido por los dos, como si ya conociera bien el lugar. Cuando ella se retiró, me quedé mirando a Alexander en silencio. Era la primera vez que estábamos juntos en un lugar como este, solos, sin los ojos del mundo sobre nosotros, sin la presión de mantener las apariencias. Y por primera vez, me atreví a hacerle una pregunta que me había estado rondando la cabeza. —¿Por qué lo hiciste? —pregunté, rompiendo el silencio—. ¿Por qué golpeaste a Ian? Alexander se reclinó en su asiento, sus ojos fijos en los míos. Durante unos segundos, no dijo nada, como si estuviera decidiendo cómo responder. —Porque se lo merecía —respondió finalmente, con una simpleza que me sorprendió—. Nadie tiene derecho a hablarte de esa manera, mucho menos frente a mí. Mi corazón dio un pequeño vuelco. No sabía qué esperar, pero sus palabras me afectaron más de lo que imaginaba. Era la primera vez que alguien me defendía de esa manera, y aunque nuestra relación fuera complicada y estuviera llena de secretos, no podía ignorar el hecho de que, en ese momento, Alexander me había hecho sentir… protegida. —Pensé que no te importaba lo que dijeran de ti —murmuré, recordando cómo había mantenido la calma mientras Ian lo insultaba. Alexander sonrió levemente, su mirada aún fija en la mía. —Lo que piensen de mí no me importa. Lo que digan de ti, sí. Esa confesión, aunque sencilla, cambió algo en mí. Durante mucho tiempo había visto a Alexander como alguien frío, distante, que solo seguía sus propios intereses. Pero ahora, empezaba a ver destellos de una persona diferente, alguien que, por razones que no comprendía del todo, parecía genuinamente interesado en mi bienestar. La comida llegó poco después, rompiendo el momento, y ambos comenzamos a comer en silencio. Sin embargo, el ambiente entre nosotros había cambiado. A pesar de todo lo que había sucedido esa noche, sentía una extraña tranquilidad, una conexión inesperada con Alexander que nunca antes había experimentado. Mientras terminábamos la cena, Alexander me miró una vez más, esta vez con una expresión más seria. —No dejes que personas como Ian te hagan dudar de ti misma —dijo, con una firmeza que me sorprendió—. Eres mucho más fuerte de lo que crees. Me quedé en silencio, asimilando sus palabras. Había tantas preguntas en mi mente, tantas cosas que quería entender, pero en ese momento, solo pude asentir, agradecida por su apoyo inesperado. Esa noche, mientras regresábamos a casa, algo cambió entre nosotros. No podía decir exactamente qué, pero sentía que, de alguna manera, Alexander ya no era solo el hombre frío que había conocido al principio. Había algo más profundo bajo la superficie, algo que, sin saberlo, había empezado a descubrir.
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