Capítulo 12: Un cambio inesperado

1114 Palabras
Capítulo 12: Un cambio inesperado Después de la cena en el acogedor restaurante, la noche aún era joven, y el aire fresco de la ciudad nos invitaba a caminar. Alexander, sorprendentemente, no sugirió regresar de inmediato a casa, como habría esperado de él. En cambio, me guió hacia las calles más tranquilas, donde las luces suaves de las farolas bañaban las aceras en una luz tenue y dorada. El bullicio del centro estaba lejos ahora, y el silencio que nos rodeaba era casi reconfortante. Caminamos uno al lado del otro, sin hablar mucho. La incomodidad que normalmente llenaba los espacios entre nosotros parecía haberse disipado después de los eventos de esa noche. Sentía que algo había cambiado, aunque no sabía exactamente cómo describirlo. No era solo por lo que había sucedido con Ian, ni por la cena que habíamos compartido. Era algo más profundo, algo que comenzaba a surgir en nuestras interacciones. Mientras avanzábamos, nos encontramos con un pequeño grupo de niños en una esquina. Llevaban en sus manos ramos de flores, sus voces resonando dulcemente mientras ofrecían sus mercancías a los transeúntes. Se acercaron a nosotros con sonrisas tímidas, y uno de ellos, un niño con el rostro sucio pero unos ojos brillantes, nos tendió un pequeño ramo de rosas blancas. —¿Flores, señor? —dijo, su vocecita apenas audible. Antes de que pudiera reaccionar, Alexander se agachó para hablar con el niño. Su gesto me sorprendió; no era la reacción que esperaba de él. Lo observé de cerca, sin poder evitar sentirme intrigada. —¿Cuántas tienes? —preguntó Alexander con suavidad. El niño parpadeó, claramente sorprendido por la atención. —Tengo… tengo estas y algunas más allá —dijo, señalando con la mano hacia una pequeña caja que estaba más atrás, donde otros niños aguardaban. Alexander sonrió, un gesto raro en él, y le entregó un billete que debió ser más de lo que costaban todas las flores juntas. —Dame todas —dijo, sin siquiera dudarlo. El niño, atónito, rápidamente entregó todas las flores que tenía, corriendo hacia sus compañeros para darles la noticia. Cuando regresó con los ramos restantes, Alexander tomó las flores y me las entregó, una tras otra, hasta que mis brazos estuvieron llenos de ellas. —Para ti —dijo simplemente, como si fuera lo más natural del mundo. Lo miré, incapaz de procesar lo que acababa de suceder. Mis brazos estaban llenos de flores, y el gesto, aunque inesperado, me dejó completamente descolocada. No había recibido flores en toda mi vida, ni siquiera en situaciones que lo hubieran ameritado. —¿Por qué…? —murmuré, mi voz apenas audible—. Nunca… nadie me había dado flores antes. Alexander me miró por un momento, y en sus ojos vi una chispa de algo que no había notado antes. No era solo la frialdad habitual, esa distancia que siempre mantenía entre nosotros. Era algo más suave, más humano. Una emoción que él mismo parecía no entender del todo. —Es la primera vez para todo —respondió con una ligera sonrisa, como si él mismo estuviera sorprendido por su gesto. Sostuve las flores con más fuerza de lo necesario, intentando comprender lo que estaba pasando. Este no era el Alexander que conocía, el hombre frío que siempre parecía distante y calculador. Este era alguien diferente, alguien que, por un breve momento, había mostrado una calidez inesperada. Seguimos caminando en silencio, pero esa interacción había cambiado algo entre nosotros. La tensión habitual que siempre parecía acompañarnos ahora se sentía más ligera, como si las paredes que habíamos construido alrededor de nosotros mismos comenzaran a desmoronarse lentamente. Cuando llegamos a casa esa noche, el ambiente era diferente. No podía explicar exactamente cómo, pero sentía que algo había cambiado entre nosotros. Mientras entrábamos en la mansión, el silencio entre nosotros no era incómodo, sino más bien una calma que compartíamos mutuamente. Subimos juntos las escaleras, y justo antes de llegar a mi habitación, sentí la mano de Alexander en mi brazo, deteniéndome. Me giré para mirarlo, y en su rostro vi algo que no había visto antes: una mezcla de duda y deseo, algo que hasta ese momento había creído que nunca vería en él. No dijo nada, pero su mirada lo decía todo. Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, Alexander se inclinó hacia mí y me besó. No fue un beso apresurado ni ansioso, sino lento, suave, casi como si estuviera probando algo nuevo. El mundo pareció detenerse por un momento, y toda la distancia que habíamos mantenido hasta entonces desapareció. No lo rechacé. De hecho, me sorprendió darme cuenta de que no quería rechazarlo. Había algo en esa intimidad que se sentía natural, algo que había estado creciendo entre nosotros sin que lo notáramos. Era como si, finalmente, estuviéramos aceptando lo que había estado presente todo el tiempo, escondido bajo la superficie. Cuando el beso terminó, no dijo nada. Tampoco lo hice yo. Simplemente me miró con esa misma intensidad, y por primera vez, no sentí la necesidad de escapar de esa mirada. Nos separamos, y sin más palabras, cada uno fue a su habitación. Pero el cambio entre nosotros era evidente, y sabía que nada sería igual después de esa noche. A la mañana siguiente, me desperté con el suave olor a café. Abrí los ojos, sorprendida de escuchar los sonidos de alguien moviéndose por la cocina. Me levanté rápidamente, preguntándome quién podría estar allí. Cuando llegué a la cocina, lo vi. Alexander estaba sentado en la mesa, con una taza de café en la mano y un plato de desayuno frente a él. —Buenos días —dijo, su tono casual, como si fuera completamente normal que se quedara a desayunar conmigo. Me detuve en seco, observándolo con incredulidad. No esperaba que Alexander, el hombre que siempre parecía mantener una distancia calculada, decidiera quedarse. Pero ahí estaba, sentado tranquilamente, como si fuera algo que hacía todos los días. —Buenos días… —murmuré, aún tratando de entender la situación. Me senté frente a él, y durante unos minutos desayunamos en silencio. Pero, al igual que la noche anterior, el silencio no era incómodo. Era un silencio compartido, lleno de una comprensión mutua que había surgido inesperadamente entre nosotros. Mientras bebía mi café, no pude evitar preguntarme qué pasaría a partir de ahora. Algo había cambiado entre nosotros, y aunque no sabía exactamente qué significaba, sabía que no podía ignorarlo. Alexander, por su parte, no mostró prisa por irse. Se quedó conmigo, y en ese pequeño gesto, sentí que tal vez, solo tal vez, estábamos empezando a descubrir algo nuevo entre nosotros. Algo que, hasta ahora, había estado oculto, esperando ser revelado.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR