Capítulo 13: Justicia a Golpes
Después de la inesperada tranquilidad de la mañana, el ambiente comenzó a cambiar tan pronto como Alexander terminó su desayuno. El silencio entre nosotros, que hasta ese momento había sido sorprendentemente cómodo, se vio interrumpido por la llegada de sus subordinados. Aparecieron en la entrada, sus rostros serios y tensos, lo que indicaba que algo grave estaba sucediendo.
—Señor —dijo uno de ellos, con voz firme—. El papel secundario masculino ha enviado a su gente. Están bloqueando la entrada y están listos para atacarlo.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba al escuchar esas palabras. Sabía que Ian no se quedaría tranquilo después de la humillación que Alexander le había infligido en el banquete, pero no esperaba que reaccionara tan rápido y con tanta violencia. Alexander, sin embargo, permanecía calmado, como si lo que acababan de decirle no fuera más que un contratiempo menor en su día.
—Entendido —respondió Alexander con una sonrisa despectiva que me sorprendió—. Veamos qué tiene preparado esta vez.
Se levantó de la mesa con una serenidad inquietante, como si lo que estaba a punto de enfrentar no fuera más que un pequeño obstáculo. A pesar de la gravedad de la situación, no parecía preocupado. Me miró por un momento, y aunque no dijo nada, su mirada me transmitió una seguridad extraña. Sabía que él tenía todo bajo control.
—Quédate aquí —me dijo, con un tono suave pero firme.
Antes de que pudiera responder, ya estaba marchándose, acompañado por sus hombres. Lo seguí con la mirada mientras se dirigía hacia la entrada, y aunque mi instinto me decía que debía preocuparme, había algo en la forma en que se movía que me hizo sentir que, a pesar de todo, estaría bien.
Decidí no quedarme quieta, a pesar de su advertencia, y lo seguí a una distancia prudente, lo suficiente para ver lo que sucedía sin intervenir.
Cuando Alexander llegó a la entrada de la mansión, lo primero que vi fue a Ian, el papel secundario masculino, de pie con una expresión arrogante en el rostro. A su alrededor, un grupo de hombres lo flanqueaba, todos armados con una mezcla de confianza y peligro. Se notaba que estaban listos para atacar, pero Alexander no mostró ninguna señal de inquietud. Caminaba hacia ellos con la misma seguridad que lo había acompañado desde que salió de la casa.
Ian soltó una carcajada burlona al ver a Alexander acercarse.
—¿De verdad pensaste que te saldrías con la tuya después de lo que hiciste anoche? —dijo, con un tono lleno de desprecio—. He venido a vengarme, Alexander. Hoy me encargaré de que te rompan las piernas y te humillen de la misma forma en que me humillaste.
La furia en los ojos de Ian era evidente. Su orgullo herido lo había impulsado a actuar de manera irracional, y ahora, estaba decidido a recuperar lo que creía que había perdido. Pero lo que Ian no entendía, y que pronto descubriría, era que se había metido en un juego mucho más peligroso del que podía manejar.
Alexander se detuvo a unos metros de Ian, una sonrisa burlona asomando en sus labios.
—¿Es eso todo lo que tienes? —dijo en un tono que destilaba desdén—. ¿Traes a un grupo de hombres para intentar hacerme daño? Qué predecible.
Ian, visiblemente enfurecido por la indiferencia de Alexander, levantó la mano como una señal para que sus hombres avanzaran. Pero justo en ese momento, antes de que pudieran dar un paso, algo cambió en el aire. De las sombras aparecieron los hombres de Alexander, su grupo de seguridad personal, flanqueando a los de Ian de manera imponente. La diferencia era abrumadora. Los hombres de Ian, que hasta ese momento parecían confiados, ahora se veían superados en número y poder. Por cada hombre de Ian, había diez de los de Alexander.
La expresión de Ian cambió instantáneamente, pasando de la arrogancia a la sorpresa. Algunos de sus hombres comenzaron a retroceder, nerviosos ante el nuevo escenario.
—¿Qué… qué es esto? —murmuró uno de los subordinados de Ian, claramente asustado.
Uno de los hombres de Ian, aparentemente más conocedor de los bajos mundos, observó detenidamente a los hombres de Alexander y se dio cuenta de quiénes eran.
—Oh, no… —susurró con terror en la voz—. Son de la pandilla más poderosa de la ciudad. No podemos enfrentarlos…
El miedo se apoderó del grupo de Ian, y en ese momento, la situación dio un giro drástico. Lo que antes parecía una venganza inminente se convirtió en una trampa para ellos mismos.
Alexander, quien no había dejado de observar la situación con calma, avanzó un paso hacia Ian. Su mirada estaba fija en él, y la sonrisa en su rostro se desvaneció, siendo reemplazada por una expresión fría y decidida.
—Te lo advertí, Ian —dijo con un tono firme—. Nadie te obligó a venir aquí, pero ahora sufrirás las consecuencias de tus acciones.
Sin más palabras, Alexander se movió con rapidez, y antes de que Ian pudiera reaccionar, le propinó un golpe brutal en el rostro, haciéndolo caer al suelo. El sonido del impacto resonó en el aire, y los hombres de Ian retrocedieron, demasiado asustados como para intervenir.
Ian, tambaleante en el suelo, trató de levantarse, pero Alexander no le dio oportunidad. Lo tomó por el cuello de la camisa y lo levantó con facilidad, lanzándole un segundo golpe que lo dejó sin aliento. Ian intentó defenderse, pero estaba completamente superado.
Los murmullos entre los hombres de Ian se intensificaron, algunos incluso parecían estar considerando huir. Pero antes de que lo hicieran, Alexander soltó a Ian, dejándolo caer al suelo de nuevo. El silencio que siguió fue sofocante.
Ian, ahora completamente humillado, intentó arrastrarse para alejarse, pero Alexander no lo permitió.
—Te daré una oportunidad, Ian —dijo Alexander, su voz tan fría como el hielo—. Si quieres salir de esta con vida, tendrás que hacer algo por mí.
Ian, con el rostro ensangrentado y los ojos llenos de miedo, asintió rápidamente.
—Lo que sea, lo que sea… —murmuró entre jadeos—. Solo dime qué debo hacer.
Alexander lo observó por un momento, evaluando su respuesta. Luego, con una calma inquietante, dio un paso atrás.
—Harás exactamente lo que te diga. Si lo logras, entonces te perdonaré. Pero si fallas… —Se inclinó hacia él, susurrando las últimas palabras con una amenaza clara—. No tendrás tanta suerte la próxima vez.
Ian asintió frenéticamente, completamente sometido a la voluntad de Alexander. Sabía que su única salida era aceptar las condiciones que le impondrían, sin importar cuáles fueran.
Mientras Alexander se alejaba, sus hombres rodearon a los de Ian, dejándolos completamente acorralados. Sabía que, después de esto, Ian no volvería a ser una amenaza. No porque no quisiera, sino porque ya había sido derrotado por completo, tanto física como mentalmente.
Alexander se volvió hacia mí, y aunque la frialdad en su rostro permanecía, en sus ojos había un destello de satisfacción. No dijo nada mientras volvía a mi lado, pero en ese momento supe que, aunque la violencia era parte de su mundo, siempre tendría el control.
A partir de ahora, Ian ya no sería un problema. Pero yo sabía que la vida junto a Alexander nunca sería fácil, y que las amenazas no desaparecerían tan rápidamente como los golpes.