Los días que siguieron a nuestra reconciliación fueron como vivir en una nube. Una de esas nubes que flotan ligeras sobre la ciudad, que te cubren con su suavidad y te hacen olvidar por un momento el peso del mundo. Todo parecía más fácil. Nathaniel llegaba temprano a casa cuando podía, me buscaba con pequeñas sorpresas, se sentaba conmigo a cenar aunque llegara cansado, y por unos instantes la sensación de abandono que había marcado nuestras últimas semanas desaparecía. Pero, como toda nube, nada era sólido. Siempre había un viento invisible que podía romperla. Yo lo sabía. Lo sentía en el aire, un recordatorio constante de que nada de lo que estaba viviendo era completamente seguro. Había estado trabajando en mi nueva novela durante meses. Una historia que había nacido de mis recuerdos

