Esra podría haber dejado salir libremente la sensación de alegría que brotaba desde su alma, una emoción que le recorría el cuerpo como una corriente eléctrica mientras tenía a Ekrem sentado frente a ella. Ese joven alto y elegante, con el que había compartido tantos momentos inolvidables durante su adolescencia —risas en tardes soleadas, confidencias bajo las estrellas y aventuras juveniles que parecían pertenecer a otra vida—, era ahora, de manera irrefutable, su hermano de sangre. Acababa de enterarse de ello a través de los medios de comunicación que, en las últimas horas, habían difundido la noticia con titulares e imágenes del lunar, convirtiendo un secreto familiar en un espectáculo público que sacudía las r************* y los noticieros. En otros tiempos, menos marcados por el

