Ya en el coche, el aire era espeso, saturado de silencios. Esra permanecía con la mirada fija en Ismail, quien iba en el asiento trasero, entretenido en su tableta que giraba entre sus dedos. Lo observaba con una apreciación absoluta, casi reverencial, como si cada movimiento, cada respiración del niño, encerrara una parte de su propia alma. Era imposible no sonreír cuando el pequeño levantaba la vista para mirar el paisaje por la ventana, con esa curiosidad viva que solo los niños poseen, esa ansia de descubrir el mundo sin miedo ni heridas. Por momentos sintió una pulsión profunda, casi incontrolable, de sacar el teléfono y llamar a sus hijos. El impulso la quemaba por dentro, la necesidad de escuchar las voces de sus pequeños, de saber que estaban bien, riendo o reclamando su atenció

