Cuando Esra sintió las manos de Burak rodeando su cintura, un escalofrío le cruzó la espalda entera. Aquel contacto, en otro tiempo habría sido un bálsamo, ahora le sabía a fuego y hielo. El calor de sus manos parecía quemarle la piel y, al mismo tiempo, erizarle el alma. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no apartarlo, para no gritar, para no dejarse llevar por el impulso de correr hacia Ismail, ese niño que, con solo verlo, le había resquebrajado todas las defensas. Ese niño... pensó una y otra vez, intentando convencerse de que lo que veía no era posible, de que el parecido con sus pequeños era solo una cruel coincidencia del destino. Ismail era, sin duda, tan idéntico a sus hijos que resultaba imposible mirar su rostro. Todo les recordaba a los gemelos que había dejado at

