¿Bailamos?

1928 Palabras
—Feliz Navidad chicas. Me alegro mucho de verlas después de tanto tiempo. Jimena dudó un instante mirando a la nada sin saber bien cómo administrar sus recientes emociones. Era él una vez más. Esa voz que la transportaba en el tiempo no había cambiado en absoluto. Podía hacerla vibrar de emoción como si fuera ayer. Lo siguiente pasaría rápido, se autoconvenció. Una sonrisa rápida de simpatía simulada y el silencio más absoluto para demostrarle su forzada indiferencia. Sería duro, pues su cuerpo reaccionó como en tantas ocasiones en las que le había tenido tan cerca. Era como querer parar una tormenta furiosa con un paraguas. ¿Cómo controlar el temblor de sus manos, la rapidez de su respiración, la emoción de sus ojos, lo dubitativo de sus palabras? Jimena solo podía pensar en salir de allí, alejarse de todo lo que se había negado a sentir durante tanto tiempo. —Hola... —fue lo único que salió de su boca en un intento de no ser imprudente. Berenice conocía tan bien lo que podía estar sintiendo su amiga, que decidió entrar en la escena como la mejor conversadora de la fiesta. Llamando la atención de los recién llegados, quienes no quisieron ser descorteses. — ¡Qué me alegro de verles chicos! Feliz Navidad a ustedes también. Justo le decía a Jimenita que esto estaba de lo más soso, gracias a que llegaron para mejorar el ambiente. ¡Wow Norberto! Tú sí que sabes hacer una buena entrada triunfal. ¡Viste la aglomeración de fans que congregaste? ¿Y tú Ricardo?, estas muy guapo esta noche... Jimena solo miraba a su amiga sonriente como siguiendo su parloteo, tomando de su copa de vez en cuando en su intento de parecer tranquila e imperturbable. Pero su lucha continuaba en su interior, intentando apartar la vista de ese hombre que le hacía temblar hasta las piernas con su sola presencia. Su olor parecía atravesar el espacio que les separaba y el porte de su cuerpo era tan imponente que vibraba de pura embriaguez. ¡Cómo no ser considerado uno de los hombres más sexis del mundo? Ahora veía la lógica en que su destino fuera ese, en un lugar tan lejano. No junto a ella, en aquel pequeño lugar del planeta. — ¿Y tú Jimena? ¿qué te cuentas? —Ricardo interrumpió sus cavilaciones, obligándola a tomar parte de la conversación entre cuatro. Le miró sonriendo mientras buscaba reprimir su consternación lo máximo posible. —Bien, no me quejo. Trabajando mucho... —Siento mucho lo de tus abuelos, ya Ricardo me ha puesto al día. Aunque tarde, te doy mi pésame. Y ahora era Norberto quien llamaba su atención tocando el tema más hiriente para ella, su familia. Esa que ya no estaba. Cogió aire antes de mirarle levemente, sosteniendo la inundación en sus ojos, para contestar con una mueca de agrado y una sola palabra. —Gracias. Su miraba esmeralda era tan intensa que casi llegaba a lo más hondo de su pecho. ¡Solo quería salir de allí y alejarse de él! O sabría que no podría aguantar más la necesidad de su compañía. De ver si aún quedaba algo de lo que una vez conoció. Algo de aquel chico tímido y hermoso que la hacía sentir la única chica del mundo. Su chica. — ¡No es hora de eso chicos! ¡Es hora de bailar! —exclamó Berenice nuevamente salvando a su amiga de aquel doloroso momento. —Tienes razón amiga ¿qué dices Ricardo, te animas? Este se quedó sorprendido un instante, pero no dudó en aceptar la propuesta de Jimena, quien parecía ansiosa por alejarse de su mejor amigo. "Pobre chico" pensó al mirarle contrariado por lo que acababa de pasar. Norberto no podía apartar la mirada de la belleza que tenía ante sus ojos, siempre lo había sido con su aspecto peculiar y su desconocimiento ante ello. Con aquel vestido color borgoña que resaltaba la silueta de su cuerpo y el color de piel, veía a la Jimena que hace muchos años tan solo había podido imaginar. Una joven ya convertida en una hermosa mujer. Le pareció de lo más curioso, ver un pequeño pero significativo tatuaje en su espalda, "Resiliencia", por supuesto. No quería ni imaginar lo que había sido para ella haberse quedado sin esos abuelos que la criaron tras el trágico accidente de coche, donde sus padres perderían la vida, siendo ella tan joven. Esa palabra lo dejaba claro. Había tenido que luchar contra el dolor de la perdida casi toda su vida. Y por supuesto, se culpó. Él formaba parte de ese dolor. Mirando su esfuerzo por ignorarle sabía cuánto rencor podía seguir albergando en su interior. Lo suficiente como para no devolverle ni una fugaz mirada. ¿Es que acaso todavía le odiaba? No podía pensar en que aquella noche fuera peor de lo que ya iba, con tan solo comenzar. Había pensado en algo bien diferente. Una charla donde poder hablarle de cuanto la había extrañado. Un baile, o quizá muchos más. No tenía otro pensamiento que no fuera estar siempre cerca. Pero ahora ni siquiera sabía si eso sería posible. — ¿Y que es de tu vida? ¡A ver, cuenta! ¿Aun vives en Paris? —Sí, bueno, vivía. Ahora he regresado y pensaba hacerlo más o menos permanente. Berenice vio como esa respuesta tenía un propósito y se alegró al ver que, en esos bonitos ojos, que ahora miraban a su mejor amiga, seguía habiendo amor. Norberto, volvió su significativa expresión hacia Berenice quien parecía tener algo que decir. —Aún está herida, aunque lo disimule bien. Pero si yo fuera tú, no me daría por vencido —lo miró ahora algo más de cerca —. Mientras no vuelvas a hacerle daño. En ese caso, y por tu bien, mejor no te le acerques más. "Vaya con la guardaespaldas" se regocijó el modelo, todo un ejemplo de buena amiga velando por la felicidad de la otra. Por supuesto, no le intimidaba, menos aún porque no dudaba ni un instante de la decisión que había tomado al volver a casa. "Si yo fuera tú, no me daría por vencido" Era lo más importante, a su parecer, de lo que Berenice le había contestado. Y le haría caso. Dejó las dudas a un lado y aguantando una mirada conspiratoria con Ricardo, terminaría accediendo a una de las suaves y delicadas manos del amor de su vida. — ¿Me permites que te la robe un momento amigo? —Por supuesto —cedía Ricardo dándole su puesto, frente a una Jimena repentinamente congelada. — ¿Te apetece que bailemos? —le susurró Norberto esperando una mejor respuesta que la de su expresión. Pero ella seguía sin mediar palabra, tan solo cediendo en volver a moverse agarrada de su mano. Para Jimena, aquella situación se le iba de las manos. Literalmente. Ahora estaba allí, cada vez más cerca de ese hombre que tanto la perturbaba. Envuelta en una encrucijada que no deseaba, arrepentida de estar allí y haber cedido a la presión de su amiga, que ahora parecía pasárselo bomba con Ricardo. "¿Será traidora?" Norberto aprovechaba el cambio de música para demostrar su arte como bailarín y darle media vuelta quedando tras ella, cerca, demasiado cerca para que el corazón de Jimena no quisiera salírsele del pecho. —Te ves preciosa esta noche, más de lo que recordaba. Al ritmo de la balada aquellas palabras podrían haber roto glaciares, del tamaño del muro que tenía Jimena ante el amor. Pero ella había decidido que no sería bastante, ni suficiente. —Quiero que hablemos sobre nosotros. He venido solo con la idea de volver a verte... y recuperarte. Jimena giró bruscamente para enfrentar el enfado reflejado en su rostro contra el de aquel hombre que tan descaradamente, le abría el corazón después de tanto tiempo. Se deshizo de su abrazo y conteniendo las palabras de resentimiento y dolor que peleaban por salir, buscó la salida para huir de allí. ***** —Es una buena canción, ¿no crees? Sí, es la bomba, "te comería con pan y mantequilla" —cantaban los dos antiguos compañeros de clase de lo más compaginados. Berenice y Ricardo bailaban sin pensar en nada más, tan solo habiendo compartido una serie de chupitos de tequila, se habían animado a disfrutar a tope de la fiesta. — ¡Oh mierda! ¿Dónde están los dos tortolitos? —Oh, me temo que se han ido a pasar desapercibidos —sugirió Ricardo alegre por su amigo —. ¿No te alegras por ellos acaso? —Sí, claro. Pero...no creo que haya conseguido que Jimena se fugue con él. Algo ha debido pasar...tengo que encontrarla. ***** — ¡No! Norberto, ¡no! … ya es tarde para hablar de lo que pasó. Estoy bien y no me interesa nada de lo que tengas que decir. Sentía a Norberto pegado a su espalda, y su mano quedaba sujeta en el intento de mirarla a los ojos. —Ya es demasiado tarde para tener nada pendiente conmigo. —Por favor... —susurró él —. Solo dame la oportunidad de disculparme. Llevo mucho tiempo esperando este momento. — ¡Pues habla! ¡Venga, desahógate, limpia tu conciencia! —le espetó —, y luego vete. — ¿Eso es todo? ¿Solo me dejarías hablar con la finalidad de alejarte de mí? Sí, quizá es lo que merezco por haber hecho tan mal las cosas. Pero, ¿tanto has llegado a odiarme? Ella le miró al pensar en esa escasa posibilidad. Odiarle, era una idea tan remota que ni siquiera la contempló. Era absurdo. —No te odio. Pero...no tienes derecho a aparecer y reclamar lo que ya no posees. Solo dejaste ausencia y dolor, no recogerás lo que nunca sembraste. Norberto pensó en opciones, debía haber alguna posibilidad para recibir el perdón y luego, quizá, las cosas podrían volver a empezar. No se rendiría tan fácil, aunque ahora, solo viera rencor en esos ojos castaños que le volvían loco. —Lo siento, de verdad. Sé que no merezco nada, jamás me lo he perdonado, ¿cómo ibas a hacerlo tu? Fue de cobarde no contarte mis planes, decirte que me iba, pero era joven e influenciable, no pensé en nada más que en mí. —No podía creerlo, ¿sabes? Te busqué por todos lados. Jimena se dio la vuelta rememorando aquel duro momento. —Fui a tu casa finalmente donde tus padres me lo confirmaron, también sorprendidos por mi desconocimiento. No me creía que hubieras podido hacerme eso... había promesas, planes de futuro, pero tú igualmente desapareciste. —Aun podríamos Jimena... —susurró Norberto notando que su furia menguaba. Lloraba, se sentía miserable cuando la hacía llorar —. Mírame y dime al menos, si aun sientes algo por mi... —sujetó a una frágil Jimena de los brazos, para acercarla y mirarla bajando la mirada y tomando su barbilla para que ella se la devolviera —. Dime que ya no me quieres y entonces, me iré. Mirando a los ojos al único amor de su vida, Jimena luchaba en una guerra interna ¿Qué le diría? ¿Qué podría concluir de aquel alboroto de recuerdos, miedos y sentimientos que nublaba su mente? ¿Le quería? ¡Sí, claro que sí! pero, ¿acaso eso sería suficiente? Pues sabía que no le había perdonado, ¿podría dejar atrás ese rencor alguna vez? Ahora no podría decidir nada. Y él no podía obligarla.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR