LINNE Y ALBERT SE VEN

1220 Palabras
Linne- Punto de Vista Tratando de ignorar lo devastada que me siento por no poder ver nuevamente a Albert, me dirijo al Fain Café para almorzar, comprar una ensalada de pollo y comerla mirando el mar, luego me doy el gusto de un muffin de chocolate para animarme. No sé qué me hace caminar de regreso por el paseo marítimo mientras arranco pedazos y los mordisqueo, pero solo cuando me acerco al monumento lo veo sentado en el muro que da al puerto. Todavía lleva puesto su traje n***o, aunque al acercarme veo que se ha quitado la corbata, que sobresale de su bolsillo. Tiene los codos apoyados en las rodillas y las manos hundidas en el pelo. Puedo ver la tinta negra de un tatuaje que asoma por encima de su cuello a ambos lados: un par de alas, tal vez, como las que tiene David Beckham. Obviamente no quiere hablar con nadie, o habría regresado al museo. Pero reconozco a una persona que sufre cuando lo veo y no puedo simplemente alejarme. Significa más para mí que eso. Entonces sonríe y sus ojos se iluminan con tanta alegría y alivio que a mí también me salen lágrimas. —Liber sum”, dice. En latín significa —soy libre”. —Necesito tatuármelo en la frente”, bromea. Sus ojos se encuentran con los míos y un escalofrío recorre mi columna vertebral. Oh, he soñado durante diez años con la forma en que solía mirarme. Me dije a mí misma repetidamente que no sería lo mismo ahora, pero aquí está, mirándome a los ojos con la misma intensidad que me ha perseguido todos estos años. Trago saliva con fuerza. —Vi el tatuaje que tienes en el cuello. ¿Tienes otros? Sus ojos se arrugan en las comisuras mientras sonríe. —Sí. Bastantes. —Se levanta la manga de la chaqueta y levanta la manga de la camisa hasta el tope con el gemelo puesto. Revela tinta negra en su antebrazo. Lo toco ligeramente, fascinado. — Son runas de un antiguo alfabeto germánico, utilizado por los vikingos después del siglo IX aproximadamente. Cuando éramos niños, Joel, Herson y yo nos escribíamos mensajes usando muchos métodos diferentes, incluida tinta invisible y códigos secretos, uno de los cuales utilizaba estas runas vikingas. —Sí”, dice, —tal como solíamos escribir”. Sorprendida, añado: —¿Puedo ver el resto?” "Seguro." Se quita la chaqueta, pasa el gemelo por el ojal y dobla la manga de la camisa, que revela una hilera de runas rodeada de otros motivos vikingos. Tengo una memoria parecida a la fotográfica, así que me resulta fácil recordar el alfabeto. Trazo las runas y las digo en voz alta. —¿Es una palabra alemana?”, concluyo. Él asiente con la cabeza y me bailan los ojos. Hago todo lo que puedo para pronunciarla. —Unsterblichkeit. Um… ¿Inmortalidad? ¡Oh! ¡Inmortalidad!”. Se ríe de nuevo y se baja la manga de la camisa. —Sí. Lo conseguí en 2018. Ayudé en la excavación de Gjellestad”. —¿La excavación del barco vikingo? ¿En Noruega?” —Es ese. Me hago un tatuaje cada vez que voy a una excavación. Lo llamo mi pasaporte”. Sin la chaqueta, la camisa empapada se le ha pegado al torso y puedo ver tinta en sus brazos, pecho y espalda. El algodón húmedo también delinea una impresionante variedad de músculos. —Deberías quitarte esa ropa mojada —le señalo. Se mira a sí mismo. "Sí. Probablemente me voy a poner muy irritado después de esa caminata". Me río mientras nos ponemos de pie. Saca su teléfono y revisa algo. Luego dice: —Ah, sí, estoy en el Pabellón. No está lejos, ¿verdad? He venido caminando desde allí esta mañana”. —Está a la vuelta de la esquina.” —Parece que ha llegado el momento de utilizar Google Maps”, afirma. Sonrío. —Vamos, te llevaré allí”. Él no discute y nos ponemos en camino hacia Lambton Quay. —¿Ha cambiado mucho Wellington?”, pregunto mientras pasamos por las tiendas, llenas de gente en este cálido día de enero. —Me da un poco de vergüenza admitir que nunca he estado aquí”. Levanto las cejas. —¿En serio?” "Había leído que Wellington era todo colinas", se queja cuando finalmente llegamos a la puerta de su hotel. —Sí, me mantiene en forma. —Me detengo afuera y sonrío—. Bueno, aquí tienes. Mira hacia el hotel, vacilante. Luego hace un gesto con la cabeza para indicar que hay que entrar. —¿Quieres entrar conmigo? Me cambiaré y podemos ponernos al día tomando un café”. "Estoy en mi hora de almuerzo. Debería volver a trabajar". Eso le hace reír. —" Hay que hacer lo correcto”. Sus ojos brillan, burlándose de mí. —Tengo responsabilidades”, digo con vehemencia, —y no me gusta aprovecharme de mis compañeros de trabajo”. —Muy loable.” Pongo los ojos en blanco, murmuro que él tampoco ha cambiado y saco mi teléfono para enviarle un mensaje de texto a Zoyla avisándole que llegaré tarde. Sonriendo, nos guía hacia el interior del hotel y cruzamos el suelo de baldosas hasta los ascensores. Cuando se abren las puertas, entramos y él toca el teclado con la tarjeta de acceso. Luego pulsa el botón veintiséis. —¿El piso superior?”, digo. —Sólo lo mejor”, responde. Mis ojos se abren de par en par. —¿Estás en el ático?” Me paro contra la pared del fondo y nos observamos por un momento. —Lo has hecho bien —digo finalmente. "Y tú también." —No soy millonario” —"La bendición del Señor es la que enriquece al hombre, y no añade tristeza con ella”. —Oh, por el amor de Dios, no me cites la Biblia —digo enfadado. Se ríe brevemente y mete las manos en los bolsillos de los pantalones. —Lo siento. —Sé que en aquel entonces era remilgada y moralista, pero ahora ya no soy así. Al menos no tanto”. —Me gustó la moralista Linne”, dice, inclinando la cabeza hacia un lado. —La inocencia es una cualidad atractiva”. —Tal vez cuando tengas diez años. No cuando tengas veinticuatro”. Él solo sonríe. Su mirada es una suave caricia. —Fuiste la primera persona que me demostró amabilidad. Nunca lo olvidé. Tenías diez años cuando llegué a Greenfield. Estaba sentado afuera de la oficina de tu papá, aterrorizado, y tú viniste, te sentaste a mi lado y me diste la mitad de tu sandwich”. —Lo recuerdo. Tenías cicatrices por toda la cara. Lo único que había visto era a un niño asustado que necesitaba una amiga. Su mirada me recorre de arriba abajo, hasta llegar a mis zapatos, antes de volver a posarse en mi rostro. Ahora, sus ojos tienen un dejo de calor. "Has crecido", comenta. —Hasta una copa C”, digo con algo de sarcasmo, suponiendo que está comentando sobre mi figura.
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