(Punto de vista de Ashley)
Las luces de la ciudad rebotaban en el cristal polarizado de la limusina mientras avanzábamos entre avenidas y semáforos. Todo olía a cuero, perfume masculino de alta gama y a ese miedo viejo que ya no me dejaba ni cuando dormía. Edward iba a mi lado, impecable en su traje oscuro, revisando su teléfono con la seriedad de quien está a punto de firmar el trato del siglo.
Yo llevaba el vestido de corte griego que él mismo eligió para mí y el collar de diamantes rosas, de una edición que solo era digna de que alguien de la élite llevara. El frío del oro en mi cuello era la única prueba de que todavía estaba viva. Miré mis manos, perfectas sobre el clutch de satén, temblando solo por dentro.
El silencio en el auto era cortante, solo roto por mi respiración y el motor del auto casi imperceptible. De pronto, Edward guardó el teléfono y se giró hacia mí, sus ojos claros tan fríos como siempre.
— Este evento es importante, Ashley. —Dijo sin adornos, como quien dicta una sentencia—. Los anfitriones son dueños de la compañía en la que voy a invertir. No puedes cometer errores esta noche.
Asentí, manteniendo la mirada baja, como había aprendido a hacer. No importaba lo que pensara: aquí sólo contaba lo que él quería.
— Tienes que portarte a la altura de una esposa ejemplar —, continuó, con esa voz suave que siempre precedía a las tormentas—. Limítate a hablar con las mujeres, nada de opiniones sobre negocios. Ya sabes cómo funciona esto. Sé bonita, sé agradable y no me hagas pasar vergüenza. Los negocios son solo de hombres, no intentes nada más.
Alzó la mano, rozó el collar en mi cuello, lo levantó apenas con los dedos como quien evalúa una joya en una subasta. Sentí el aliento helado de la humillación subir por la espalda, y unas ganas tremendas de vomitar. No supe si era por el nerviosismo que me causaba.
— Serás muy estúpida, pero al menos eres muy guapa, Ashley. Haz un esfuerzo hoy y no me decepciones. Si lo haces bien, habrá una recompensa.
La palabra “recompensa” me supo a veneno. No pregunté qué significaba, porque ya sabía que nada bueno venía de su generosidad.
Solo asentí, apretando las piernas bajo el vestido, el corazón martillando despacio, esperando que el viaje terminara. No dije nada. Ni siquiera respiré más fuerte. El miedo tiene el poder de congelar cualquier orgullo, cualquier respuesta. Y yo me había congelado casi desde el primer día, cuando me dio mi primer golpiza.
Edward me miró un segundo más, asegurándose de que la sumisión estaba en su sitio, luego volvió a mirar el teléfono como si ya me hubiera olvidado. Yo seguí sentada, la espalda recta, el vestido perfecto, el collar brillando bajo las luces tenues del auto. Era la esposa ideal: bonita, callada, e invisible.
Las calles de la ciudad desfilaban tras el cristal, y por dentro, solo podía repetirme una cosa: aguanta, Ashley. Sonríe. Finge. Esta noche eres una joya, aunque por dentro solo queden las astillas. La limusina se detuvo ante la entrada del lugar del evento. Las cámaras, los flashes, las miradas. Edward me ofreció la mano, y yo bajé del auto sonriendo, como si de verdad fuera la mujer más afortunada del mundo.
Nadie sabría nunca la verdad.
La limusina frenó con suavidad frente al club más exclusivo de la ciudad. En cuanto el chofer abrió la puerta, el aire se llenó de destellos, gritos de paparazzi y el murmullo insistente de los reporteros.
— ¡Señora Smith, mire aquí! ¡Edward, por favor, una sonrisa!
— ¡Ashley, volteé, luzca el collar!
Los flashes explotaban como fuegos artificiales en mi rostro. Edward me bajó del auto, la mano en mi cintura, apretando con fuerza suficiente para recordarme que ahí, bajo las luces, yo era su propiedad más valiosa. Su sonrisa era perfecta. La mía, bien ensayada.
Las cámaras captaron cada movimiento: mi vestido de diseñador deslizándose sobre la alfombra roja, el brillo de los diamantes rosas en mi cuello, la manera en que Edward se giró hacia mí y, sin aviso, me besó suavemente en los labios. Los flashes enloquecieron, el rumor se volvió un susurro colectivo. Era el beso de la pareja ideal, la imagen perfecta que todos querían vender. Yo correspondí, la boca helada, el corazón ajeno, pero el papel de esposa enamorada me salía casi sin pensarlo.
— Eso es, cariño, sonríe —. Susurró entre dientes, los labios aún sobre los míos, la mano fuerte en mi cintura.
Entramos juntos al vestíbulo principal, tomados de la mano, la comitiva de cámaras siguiéndonos hasta el último segundo permitido. Una vez dentro, el aire cambió: el murmullo era más elegante, la luz más dorada, las risas más suaves. Un centenar de rostros conocidos, copas de champán, y ropa de diseñador.
Sobre una tarima de mármol y bajo un domo de cristal, la nueva colección de joyas Cole. Las vitrinas iluminadas explotaban en destellos rosas, violetas y dorados; diamantes raros, anillos, collares y pendientes únicos. El evento no era solo una fiesta social: era el lanzamiento de la nueva línea de la familia Cole, y todas las miradas importantes del mundo estaban ahí para verlo.
Sentí un pequeño alivio. Si los Cole estaban allí, era cuestión de minutos para encontrar a Melissa. Al menos por un rato, podría escapar del control de Edward, refugiarme en la única amiga que todavía sentía como real.
— No te separes demasiado —. Me dijo Edward en voz baja, sin dejar de saludar a los socios que se le acercaban—. Recuerda por qué estamos aquí.
Asentí, agradecida por las vitrinas, por el murmullo, por la posibilidad de perderme aunque fuera solo unos minutos. En el fondo, el salón vibraba de lujo y secretos. Yo me deslicé entre los invitados, el vestido brillando, el collar reflejando las luces, sintiéndome, por primera vez en toda la noche, casi libre. Al menos hasta que encontrara a Melissa, y por un instante, poder recordar quién era yo fuera de esta vitrina viviente.
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(Punto de vista de Alessandro)
— ¿Es realmente necesario que me presente al lanzamiento de joyas de los Cole? —Pregunté, la voz cargada de fastidio, mientras el auto se deslizaba entre el tráfico de la ciudad.
Mi padre, sentado a mi lado con la elegancia imperturbable de siempre, ni siquiera giró la cabeza.
— Por supuesto que es necesario —. Replicó, ajustando el puño de su camisa con parsimonia—. La familia Cole ha sido muy clara con su invitación. Y tú tienes que empezar a comportarte como el hombre que eres. Melissa estará ahí. Es hora de que la conozcas en persona.
Mi madre, impecable en su vestido n***o, sonrió sin ganas, como si pudiera suavizar la cárcel dorada a la que nos arrastraban.
— Será divertido, Alessandro —. Musitó, aunque ambos sabíamos que no era cierto.
Dominic, que había logrado que le prestaran un esmoquin porque había olvidado el suyo, iba revisando su celular con cara de aburrimiento. Kiara, al menos, parecía emocionada por los diamantes, aunque yo sabía que solo la habían obligado igual que a todos.
El auto frenó ante la alfombra roja. Un enjambre de reporteros se abalanzó sobre nosotros, flashes, gritos, preguntas vacías. Pasé de largo, ignorando a todos, las manos metidas en los bolsillos y la mandíbula apretada. Por dentro, el odio crecía como una bestia: odio al apellido, a los compromisos, a la pantomima que llamaban “deber familiar”. No quería conocer a Melissa Cole, no quería ese matrimonio arreglado. Por primera vez en la vida, odiaba ser un Von Adler con toda mi alma.
Apenas crucé el vestíbulo, me apoderé de la primera copa de vino que pasó frente a mí y la vacié de un trago. El alcohol me quemó la garganta, pero no la rabia.
— Relájate, Alessandro —. Susurró Dominic, pasando a mi lado—. Solo sonríe y no muerdas a nadie.
— Muy gracioso —. Le gruñí, aferrando la copa.
Mis padres desaparecieron entre los anfitriones, Dominic se fue con Kiara a ver las vitrinas, y yo me quedé solo, bordeando la sala, en busca de una puerta trasera por la que escapar. Pero entonces lo noté: varios hombres, trajeados y poderosos, habían dejado de hablar y fijaban la mirada en un mismo punto, fascinados.
Seguí la línea de sus ojos y el corazón se saltó un latido. Entre las vitrinas de diamantes, bajo la luz dorada de las arañas de cristal, una mujer con un vestido en color champán, detalles dorados en los tirantes, la piel iluminada, el cabello recogido como una diosa griega. Ashley Smith. Sonreía, con una copa de champán en la mano, conversando tranquila con un grupo de mujeres de la alta sociedad.
Parecía flotar sobre el suelo, rodeada de admiración y susurros. Ajena a mí, a todos, a la herida abierta que me dejó. Sentí que el corazón protestaba golpeando mis costillas. El aire se volvió pesado, el mundo giró lento. Por un instante, olvidé a Melissa, a mi familia, al motivo por el que estaba ahí. Solo existía Ashley, brillando en un lugar al que nunca pertenecería realmente, pero del que tampoco podía escapar.
Me quedé quieto, con la copa temblando en mi mano, incapaz de apartar la mirada de la única mujer que podía destrozarme y que, maldita sea, ya lo había hecho.
No podía apartar los ojos de ella.
Me movía por el salón como un espectro, oculto entre vitrinas de diamantes y columnas de mármol, pero mi mirada era un ancla fija en el vestido champán que robaba todas las miradas. Ashley, la reina de la noche, tan elegante y fría que me daban ganas de romperle la pose a mordiscos. Había algo cruel en el modo en que los hombres la miraban, todos babeando con la esperanza de una sonrisa o una palabra suya. Idi**otas. No sabían que esa boca podía incendiarles el mundo y después reducirlo a cenizas.
La seguía con el rabillo del ojo, ocultándome entre grupos de invitados, evitando a mi madre que escaneaba el salón buscándome, seguramente para presentarme a Melissa. No tenía tiempo para herederas perfectas ni para matrimonios arreglados. No esta noche.
Esta noche solo quería una cosa: a ella.
Vi cómo Ash cruzaba unas palabras con un par de jóvenes, herederos de apellidos impronunciables, que reían nerviosos ante su belleza. Me dio náuseas el modo en que la miraban, como si pudieran tocarla. Como si alguno de ellos tuviera el mínimo derecho.
Entonces apareció Edward. El bastardo le puso la mano en la cintura, se la llevó como un trofeo de carne, sonriendo con la suficiencia de los hombres que nunca han tenido que luchar por nada. Ashley lo siguió con la elegancia de una estatua, saludando a un grupo de hombres de negocios, todos ellos fascinados por la pareja de portada que formaban.
Esperé, acechando en las sombras, bebiendo despacio. El vino era ácido en la lengua, pero la rabia era peor. Pasaron los minutos, los saludos, los discursos. Finalmente, vi mi oportunidad: Ashley se excusó con una sonrisa suave y se dirigió sola hacia el pasillo lateral, donde el letrero del baño de mujeres brillaba con una luz dorada y discreta.
El mundo se redujo a ese instante.
Me terminé de un trago lo que quedaba de vino, el cristal de la copa tintineando entre mis dedos. La dejé abandonada en la repisa de una escultura, ni siquiera miré quién me observaba. Caminé decidido, la adrenalina martillando en la sangre.
La seguí por el pasillo alfombrado, esquivando a un par de camareros, la mirada fija en el brillo dorado de su vestido mientras desaparecía tras la puerta del baño. Sin pensarlo más, empujé la puerta y entré tras ella.
El olor a perfume y mármol, la luz suave, el eco de la música de fondo. Ashley estaba de espaldas, mirándose en el espejo, y cuando la puerta se cerró tras de mí, su reflejo se tensó. La vi erguirse, la vi tragar saliva. Nos quedamos los dos, solos, atrapados entre el deseo, el odio y el peligro.
Y esa noche, ninguno iba a salir ileso.
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(Punto de vista de Ashley)
El sonido de la puerta al cerrarse me paralizó. El eco quedó rebotando en las paredes de mármol y espejos, envolviéndome en un instante donde el lujo se volvió prisión. Sentí el corazón retumbar en la garganta antes incluso de voltear. Y cuando lo hice, cuando mis ojos se toparon con los de Alessandro, supe que ya no había marcha atrás.
Estaba apoyada junto al lavabo, la luz cálida sobre mi piel desnuda en el escote del vestido. Alessandro avanzó sin decir una palabra, lento, seguro, como un cazador que sabe que la presa no tiene salida. Sentí la electricidad chispear en el aire antes de que cruzara la distancia, antes de que sus ojos, fríos y devoradores, se clavaran en los míos.
Me arrinconó contra la pared más cercana, su cuerpo apenas rozando el mío, pero bastó para que cada fibra de mi ser se tensara. El silencio era un animal vivo entre los dos, y ese perfume que tan característico de él, los ecos de risas lejanas y el rumor de la fiesta al otro lado de la puerta no eran nada comparado al estruendo de mi respiración agitada.
— ¿Lo amas? —La pregunta cayó como un golpe seco, brutal, sin advertencia.
Lo miré, la sangre corriéndome por las mejillas, el pulso saltando en la garganta.
— ¿Qué clase de pregunta es esa, Alessandro? —Mi voz salió más temblorosa de lo que quise. Ojalá hubiera podido sostenerle la mirada sin sentirme tan desnuda, tan culpable. Pero había algo en la manera en la que me miraba que me hacía recordar todo lo que fui, todo lo que aún deseaba.
Él esbozó una sonrisa torcida, peligrosa, y levantó la mano hasta dejarla apoyada a centímetros de mi cabeza, cercándome. La otra mano, lenta, deliberada, bajó por mi brazo expuesto hasta mi cintura, los dedos firmes pero gentiles, como si quisiera memorizar mi forma solo para sí.
— No te hagas la inocente, Ash. No aquí. No conmigo —. Susurró cerca de mi oído, su aliento cálido erizándome la piel—. Respóndeme ¿Amas a tu marido, o solo te gusta jugar a la esposa perfecta?
— Esto no tiene sentido. Déjame pasar, Alessandro. —Traté de sonar firme, pero su cercanía me robaba el aire. Me sentía envuelta, acorralada, el cuerpo traicionándome en cada respiración.
Alessandro se acercó aún más, su pecho casi rozando el mío, la mirada oscura, dilatada, recorriéndome sin pudor.
— No te creo, Ashley. No después de ver como lo mirás a él, sin pasión, aunque todos crean lo contrario. No después de todo lo que fuiste para mí.
Mis rodillas temblaron. Quise apartarme, pero mi espalda chocó contra el frío del mármol y su mano apretó un poco más mi cintura, firme, demandante, reclamando un territorio perdido. Y yo una tonta por no quererlo apartar de mí. Habían sido ocho años de no sentirlo tan cerca, que era una tragedia saber que aquello que sentía por él seguía intacto.
— ¿Qué quieres de mí? —Susurré, y la voz casi se rompió.
Él se rió, bajo, ronco, una carcajada que me hizo sentir desnuda.
— ¿Qué quiero? Quiero verte temblar como aquella vez, Ash. —Su mano subió por mi costado, despacio, recorriendo el contorno de mi cintura, el costado del pecho, el hueco de mi clavícula—. Quiero que recuerdes lo que es que alguien te mire y te desee de verdad, no como ese imbécil que tienes de esposo.
Sus dedos buscaron mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. Su tono bajó, tan suave que dolía.
— Dímelo, Ashley ¿Alguna vez te ha hecho sentir como yo? ¿Alguna vez has perdido el control con él? Porque yo sí me acuerdo de cada gemido tuyo, de cómo decías mi nombre. . .
Su otra mano bajó por la curva de mi cadera, apretando apenas, reclamando, despertando recuerdos que me quemaban por dentro.
— Alessandro, por favor. . . —No sé si estaba pidiendo que parara o que siguiera. El orgullo y el deseo chocaban dentro de mí, una guerra sin vencedores.
Él bajó la cabeza, tan cerca que sentí el roce de su nariz en mi mejilla, la textura de su barba en la piel.
— No mientas. —Susurró contra mi oído—. No tienes idea de cuánto he pensado en ti, en lo bien que te sentías bajo mi cuerpo.
—¿Por qué haces esto? —musité, con la voz hecha un nudo.
Alessandro apretó más su mano en mi cintura, acercándome con fuerza, y me robó el aliento.
— ¿Por qué? Porque aquella vez hicimos el amor, Ashley. No fue solo s3x0, y lo sabes. Te metiste en mi vida para quedarte, para romperme, y yo te voy a romper a ti. Quiero ver si aún eres capaz de perderte conmigo, de olvidarte del mundo solo por un segundo ¿Te atreves?
Sentí cómo sus palabras se metían bajo mi piel, cómo el orgullo se derretía bajo la presión de sus manos. Mi respiración se volvió errática, mi cuerpo ardiendo en cada sitio donde él tocaba, cada célula recordando el pasado como si el tiempo nunca hubiera pasado.
— Basta, Alessandro. —Dije, pero ni siquiera yo me creí.
— ¿Segura que quieres que pare? Porque tu cuerpo dice otra cosa. —Sus dedos subieron, lentos, por el cuello, hundiéndose en mi cabello, halando apenas hasta obligarme a mirarlo a los ojos.
Vi el hambre en su mirada, la furia y la ternura confundidas en el mismo gesto. No era solo deseo: era venganza, era amor dolido, era necesidad de ganar una batalla imposible.
— Dímelo —. Susurró, los labios apenas rozando los míos—. Dímelo y me detengo ¿No lo quieres, Ashley? ¿No quieres recordar cómo era, antes de que te volvieras hielo?
El temblor en mis piernas era puro vértigo, la boca se me secó. No contesté, solo lo miré, y en ese segundo de silencio, Alessandro soltó una carcajada rota.
— Eso pensé.
Sus labios cayeron sobre los míos como una sentencia, hambrientos, furiosos, devastadores. El beso fue una explosión; no había espacio para la duda ni para el miedo. Solo el roce de su boca reclamando lo que había sido suyo, sus manos deslizándose por mi espalda, mi cadera, la tela fina del vestido cediendo bajo sus dedos.
Gemí sin querer, apretando sus hombros, sintiendo el calor de su cuerpo derretirme por dentro. Alessandro me levantó apenas, pegándome más a la pared, devorándome con un hambre tan antigua como el rencor.
La pasión era rabia, era venganza, era un grito ahogado en el mármol frío del baño.