(Punto de vista de Ashley)
El lujo del baño, el eco lejano de la música de la fiesta y el frío del mármol eran apenas un telón de fondo; el verdadero escenario era el cuerpo de Alessandro contra el mío, su aliento entrecortado, sus ojos de fiera hambrienta y ese perfume masculino que siempre fue mi perdición.
Su mano ya no preguntaba: exigía. Atravesó mi cintura, apretando hasta dejarme sin aire, pegándome contra la pared con la autoridad de quien no pide permiso, solo toma. La fuerza en su mirada era una orden. Su boca se deslizó a mi oído, rozando el lóbulo, y sentí su voz baja, oscura y rota de deseo.
— ¿Cuántas noches te has tocado pensando en mí, Ashley? —Susurró, sus labios apenas rozándome la piel— ¿Cuántas veces te has abierto las piernas sola en mitad de la noche, deseando que fuera yo quien te destrozara el c0ñ0? Dímelo ¿O solo te conformas con soñar que te c0j0 hasta que te olvidas de tu nombre?
Mi cuerpo respondió antes que mi cerebro. El calor me subió de la vúlv4 a la garganta. Quise decir que no, que ya lo había superado, pero la mentira se me quedó atascada bajo la lengua, porque no era capaz de quitarme la sola idea de que este hombre me volviera a tocar de nuevo. Nada había cambiado en mis sentimientos hacia él.
— Alessandro. . . —Jadeé, temblando, odiando lo mucho que me afectaban sus palabras—. Esto es una locura. . .
Él sonrió, peligroso, como un demonio seguro de su victoria, y yo por dentro estaba drogada por su olor tan masculino que me encantaba.
— Te equivocas. La locura es vivir negando que no me extrañas, que no me deseas —. Su voz ronca golpeó mi c0ñ0 que protestó deseoso de tenerlo de nuevo. Alessandro bajó la mano lentamente por mi costado, explorando la curva de mi cadera y subiendo la tela del vestido—. Pero no te preocupes, preciosa. Esta noche te voy a recordar lo que es rogar de verdad. Quiero verte temblar, sentir cómo se te olvida el mundo cuando te lleno la boca de gemidos, mientras te reviento la v4gin4 con mi v3rg4.
Deslizó la mano por mi muslo, levantando el vestido con rudeza. Me atrapó la pierna, la subió, y con el muslo abierto sobre su cadera me dejó completamente expuesta a su hambre. Sentí su 3r3cción tan dura sonbre la tela de mi tanga, que casi se me escapa un gemido al saber que ese hombre me deseaba.
— Mírate. —Me obligó a sostenerle la mirada—. Tan perfecta, tan fría para el resto del mundo, pero tan mojada para mí ¿Te gusta que te tome así, sin poder escapar? ¿O prefieres que te pida permiso como ese imbécil con el que te casaste?
Gemí, avergonzada y necesitada, sintiendo el pulso latir entre mis piernas.
— ¿Así te lo hace él? —Siguió, presionando la entrepierna con sus dedos— ¿Te folla así, contra la pared, sabiendo que si gritas todos se enteran de lo pvt4 que puedes ser para mí?
— ¡Basta! —Susurré, pero la súplica era pura mentira. Quería que no parara nunca. Hace mucho que no sentía la presencia de un hombre devorar mi cuerpo, que gritaba por él.
— ¿Basta? —Se rió entre dientes, bajando la boca a mi cuello—. Dímelo otra vez. Dímelo mientras te muerdo la piel, mientras te marco, mientras hago que te corras solo con palabras, como antes.
Mordió la base de mi cuello, dejando un rastro de dolor delicioso. Me hizo inclinar la cabeza, exponer la garganta, rendirme.
— Dímelo, Ashley, ¿a quién extrañas de verdad cuando te tocas bajo las sábanas? ¿A ese imbécil de tu marido, o al c4br0n que te hizo rogar por más? —Su boca recorrió el borde de mi escote y mis pezones protestaron bajo el brasier, sus manos firmes en mis muslos, separándome más, jugando al límite de la decencia.
El aire se me iba, los pensamientos también. Solo podía sentir su boca, sus manos, su voz cruel y posesiva llenando todo el espacio.
— No lo amas, Ash. —La voz de Alessandro era una sentencia, sucia y gloriosa—. Solo eres mía. Nadie más va a hacerte temblar así. Mírame, dime la verdad: ¿quieres que pare, o quieres que te c0j4 aquí mismo, sabiendo que cualquiera puede entrar y verte suplicando por mi boca y mi p3n3?
La palabra me sacudió entera. Me apretó más contra la pared, su muslo entre mis piernas, frotando, arrancándome un gemido bajo, perdido entre el mármol y el escándalo.
— Dímelo, Ashley ¿O prefieres que me arrodille y te haga rogar delante del espejo, para que nunca olvides quién te pertenece? —Me dio un azote suave en el muslo, una advertencia traviesa—. Habla, preciosa. Dame una razón para no c0g3rte aquí mismo.
Las malditas palabras me traicionaron porque no salieron. No pude. El deseo me superaba y me rompía en pedazos.
— Alessandro, por favor. . . —Lloriqueé con mucho esfuerzo, deseando, odiando y necesitando todo a la vez—. No. . . No pares. . .
Sabía que era un error letal, uno que no me importaba porque tenía el juicio nublado.
Su sonrisa fue pura maldad, puro placer.
— Eso es lo que quería escuchar, mi diosa caída. —Me besó de nuevo, violento, reclamando, empujando la lengua en mi boca, mientras una mano deslizaba la tela hacia arriba y la otra me sujetaba de la nuca, obligándome a rendirme entera.
— ¿Te acuerdas cuando te viniste solo con mi voz? ¿Cuándo me entregaste tu virginidad porque no querías a nadie más que a mí? —Me susurró al oído y mi piel se enchinó— ¿O cuando te hice rogar que no parara, que te llenara tan fuerte que no pudiste caminar al día siguiente? Vas a rogar otra vez, Ash. Vas a olvidar al imbécil de tu esposo. Esta noche eres solo mía.
Me sentía volar y arder y caer todo al mismo tiempo. El mundo se borraba, solo quedaba Alessandro, su deseo, su furia, su amor torcido y su venganza hecha placer.
Entonces, justo cuando sus manos bajaban para romper el último hilo de decencia buscándo arrancarme la tanga, la puerta vibró con un golpe fuerte.
— ¡Disculpa! ¿¡Está ocupado!? ¿¡Ya vas a salir!? —Era la voz de una mujer que esperaba afuera para entrar al baño. Su insistensia estaba arruinando la fantasía.
Nos congelamos con el deseo ardiendo, la piel encendida, y el peligro latiendo entre los dos. Alessandro me lamió la boca, una última marca antes del abismo.
— Esto no termina aquí. Voy a c0gert3, Ashley. Voy a destruir todas tus mentiras, y vas a amarlo, como antes.
Yo temblé, perdida, sabiendo que esa amenaza era la promesa más deliciosa y más peligrosa de toda mi vida.
Salí del baño como una ladrona que acaba de robar su propio corazón. Alisé el vestido y me aseguré de que el maquillaje ocultara cualquier rastro de la locura que acababa de vivir. Caminé hacia el salón, el pulso aún en la garganta, la mente tratando de ordenarse.
Ni la copa de vino que pedí en la barra logró enfriar el incendio en mi pecho. No había dado ni dos sorbos cuando la voz de Edward me taladró la nuca.
— Ashley.
Di un respingo. Lo encontré a mi lado, su sonrisa tan pulida como siempre, pero con ese filo invisible que solo yo podía sentir.
— ¿Dónde estabas?
— Fui al baño y aproveché para retocarme el maquillaje. —Dije bajando la mirada.
Su mano fue a mi cintura, firme, posesiva. Sentí la amenaza en su agarre, como si cada dedo fuera un grillete de oro.
— Por favor, compórtate. —Susurró—. Esta noche no toleraré ni el más mínimo error.
Me arrastró con él entre los invitados, y tuve que fingir que todo era normal. Pero mi mente estaba en otro lado. En Alessandro. En el baño. En el peligro.
De pronto, lo sentí: la mirada de Alessandro, quemando la distancia entre nosotros. Lo vi, junto a la barra, la copa a medio terminar, los ojos fijos en mi cintura, en la mano de Edward, en mi cuello con el collar de diamantes rosas. Sus labios dibujaban una mueca torcida, y aunque su postura era relajada, había una tensión apenas disimulada en la forma en que apretaba el cristal.
Cuando Edward se inclinó para besarme la mejilla frente a los empresarios, Alessandro entrecerró los ojos, los labios se le endurecieron en una línea afilada, y aunque nadie más lo notó, yo sentí su rabia atravesando la sala. Su copa se vació de un solo trago. Otra apareció en su mano como por arte de magia. Había una sombra de burla en sus gestos, como si no le importara nada, pero sus ojos me decían lo contrario: no era indiferencia, era pura furia contenida.
Nos cruzamos en la barra. Edward me presentó a un par de banqueros y Alessandro aprovechó para acercarse, fingiendo que todo era casual.
— Señora Smith, ¿disfrutando la velada? —Preguntó, la voz grave, calmada, pero sus ojos no me soltaban.
Edward tensó apenas la mandíbula, el odio disfrazado de cortesía.
— Claro, mi esposa siempre disfruta de los mejores eventos. —Dijo él, apretando aún más mi cintura. Yo podía sentir el duelo silencioso entre los dos, una guerra fría envuelta en sonrisas de sociedad.
Alessandro giró su copa, sus dedos jugando con el tallo de cristal.
—Tienes suerte, Edward. No todos pueden presumir de una esposa tan deslumbrante.
Me sentí en medio de una batalla de leones.
— Gracias, Alessandro. —Dije su nombre apenas en un suspiro, sintiendo su roce cuando dejó su copa vacía justo al lado de la mía.
Por un instante, sus dedos rozaron los míos. Chispas, electricidad. Su pulgar acarició mi anillo como un secreto. Edward me apartó en ese momento, como si temiera perderme. Me condujo hacia otro grupo, pero yo no podía evitar mirar de reojo. Vi cómo Alessandro seguía mis pasos, cómo la rabia y el deseo bailaban en sus ojos cada vez que Edward me tocaba o reía cerca de mí.
Cuando otro hombre se me acercó para saludarme, noté la forma en que Alessandro apretó la copa, los nudillos blancos, la mirada tan oscura que era casi peligrosa. Durante la noche, sentí su presencia detrás de cada espejo, cada columna, cada copa que rozaba mi mano. Un par de veces, nuestros caminos se cruzaron por accidente. La última vez, sus dedos tocaron los míos al dejar una copa y, sin apartar la mirada de Edward, Alessandro murmuró apenas.
— Cuidado, Ash. No todos los depredadores llevan corbata.
Sentí el corazón caerseme a los pies. En cada saludo, en cada palabra, el salón entero era un campo de batalla entre las apariencias y los deseos ocultos. Yo, la presa perfecta, acechada por dos hombres, uno que quería poseerme y otro que solo quería destruir todo lo que me ataba.
Y Alessandro. . . El lobo entre corderos, incapaz de ocultar el hambre y las ganas de que lo tuviera presente en todo momento como una maldita tortura que me carcomían desde dentro. Esta noche, la única joya en peligro era yo.
El salón vibraba con el zumbido de la música y el murmullo de cientos de voces, pero todo pareció detenerse cuando la señora Von Adler se acercó a nuestro pequeño círculo. Llevaba el porte elegante de la aristocracia, esa mirada fría y astuta que parecía atravesarlo todo.
— Edward, qué gusto verte. —Dijo, con una sonrisa medida, casi diplomática. Se giró hacia mí y sus ojos recorrieron mi atuendo con un destello de aprobación—. Ashley, estás impecable, querida. Cada vez que te veo eres más hermosa.
— Gracias, señora Von Adler. —Alcancé a decir, sintiendo la presión del escrutinio de mi marido.
— Oh, aquí estás, Ale. Un gusto saludarlos, señores Smith. —Dijo la señora Von Adler. Edward asintió y regresó a la platica con dos de sus conocidos.
Ella le dedicó una sonrisa a Alessandro, que me vio de reojo, que iba pasando justo a su lado, lo tomó suavemente del brazo y, sin pedir permiso, se lo llevó con ese aire de “aquí mando yo”. En el último instante, mientras se alejaban, la escuché murmurar casi para sí.
— Oh, lo que aquí veo es un gran problema. . .
El eco de sus palabras me atravesó, dejando una inquietud punzante en el pecho. No pude preguntarme a qué se refería porque, de repente, una voz cálida y conocida irrumpió en mi burbuja.
— ¡Ashley! —Melissa apareció a mi lado, radiante, su abrazo rompiendo por un segundo la coraza que llevaba puesta.
Edward sonrió, dándole la bienvenida con esa cortesía pulida que solo usaba cuando estaba rodeado de la prensa o de futuros socios.
— Señor Smith, me alegra mucho que hayan venido. —Dijo Melissa con su emoción palpable y sincera.
Me apresuré a explicar antes de que Edward pudiera decir algo incómodo.
— Cariño, Melissa y yo fuimos compañeras en la universidad. —Dije, esforzándome por sonar ligera. Mi voz tembló apenas—. Siempre hemos sido muy unidas.
— Así es. —Rio Melissa, dándome un apretón en la mano—. Ash es mi persona favorita en este mundo y hoy, especialmente, hay una sorpresa que quiero compartir contigo. Prométeme que después del anuncio vienes a buscarme ¡Tenemos que celebrarlo!
No pude responder. Sonreí, pero el corazón empezó a latirme con una fuerza que me dejó casi sin aire.
La señora Cole, imponente, llamó a Melissa desde el otro lado del salón. Mi amiga se despidió de mí con un abrazo apretado y una promesa de fiesta en los ojos. La vi alejarse con la melena castaña brillando bajo las luces.
Edward, atento a la marea social, apretó mi cintura, no con ternura, sino con la autoridad de quien se lleva una estatuilla de trofeo, y me condujo hacia el centro del salón, justo donde la atención de todos se empezaba a concentrar.
Los anfitriones tomaron el micrófono. Todo el aire se tensó, las copas dejaron de tintinear, el rumor se apagó. En la distancia, alcancé a ver a Alessandro junto a su padre. Algo en su postura me hizo entender que había pelea, que su rabia era un animal a punto de desatarse. Al otro extremo del salón, Melissa reía nerviosa con sus padres, probablemente era porque la nueva línea de joyas las habia diseñado ella.
— Buenas noches a todos. —Comenzó a hablar el papá de Melissa. El señor Cole siempre se había destacado por ser un hombre muy elegante y en esta ocasión no era la excepción—. Antes que nada muchas gracias por asistir a la presentación de la colección de joyas diseñadas por mi hija, Melissa Cole.
Todos aplaudieron, y yo me sentí la más feliz por mi amiga, que recibía los aplausos con modestía.
— Y antes de iniciar con la presentación de la colección, me gustaría hacer un anuncio de suma importancia, que sin duda nos dará más alegría a nuestras vidas —. Continuó el señor Cole, y yo sentí que algo nuevo estaba por pasar para mi amiga del alma—. Nos complace anunciar que Alessandro Von Adler y nuestra querida Melissa Cole ¡Están oficialmente comprometidos! —La voz del señor Cole rebotó en los cristales, las luces, los corazones.
La noticia me cayó como un puñetazo repentino a la cara y por un momento se me olvidó respirar. Mientras todo irrumpían en aplausos, yo. . . Solo quería salir de ahí.
Las cámaras explotaron en flashes. Los invitados rompieron en aplausos, vítores, felicitaciones, pero para mí, el mundo se volvió de mármol frío y luz cegadora.
Mi corazón se partió en dos, el eco de las manos aplaudiendo golpeando mi pecho como piedras. Sentí la sangre huir de mi rostro, el vino convertido en veneno en la garganta. El collar de diamantes rosas me pesaba como un grillete. No podía moverme, no podía llorar, no podía mostrar nada. Me aferré a la copa, mis nudillos tan blancos como el miedo.
Sabía que Edward estaba mirando, que cualquier gesto en falso me costaría la vida, pero no podía apartar la mirada de Alessandro.
Él tampoco me la apartó. Nos quedamos atrapados, dos almas destrozadas en el centro de un mar de aplausos.
Sus ojos eran un incendio: rabia, deseo, reproche, culpa, y algo parecido al dolor de quien ha perdido el control. El mismo dolor que me quemaba viva desde dentro.
En ese instante, sentí todo. La traición de mis labios aún manchados por los besos de Alessandro. La culpa de haberle fallado a Melissa, mi amiga, mi hermana de la vida. La certeza de que jamás podría escapar de este círculo de mentiras y deseo. El orgullo herido, la vergüenza, la rabia por no poder gritar, llorar, salir corriendo. Y, sobre todo, sentí el peso de su mirada devorándome el alma.
Yo solo pude quedarme de pie, sonriendo con una máscara de hielo, fingiendo que estaba feliz, fingiendo que todo esto no me dolía. Porque esa noche, aprendí que la traición tiene sabor a champán caro y a lágrimas no derramadas.
El salón estalló en felicitaciones, en promesas vacías, en una felicidad tan artificial que dolía. Y mientras todos festejaban el compromiso del año, Alessandro y yo compartimos una última mirada, larga y desgarradora, en la que nos dijimos todo lo prohibido que jamás podríamos confesar.
Lo nuestro nunca podría ser y yo había sido una estúpida en el baño. Una que creyó por un momento que podía revivir aquel amor que alguna vez la hizo sentir viva.