Alexander manejaba su auto sin rumbo fijo por las calles de la ciudad con la mente llena de pensamientos turbios y preocupaciones que amenazaban con consumirlo por completo. El embarazo de Nataly vino a cambiar todo su panorama por completo. El hecho de que su prestigio y buen nombre se viera afectado por un escándalo de esa magnitud era inaceptable para él y tendría que encontrar una solución rápidamente. Finalmente, llegó al edificio donde se encontraba el departamento de Damien. Con paso decidido, subió en el ascensor hasta el piso correspondiente y tocó el timbre del departamento varias veces, ya que eran altas horas de la madrugada, hasta que finalmente abrieron la puerta.
—¿Alexander? ¿Qué haces por aquí a esta hora?— Exclamó Damien con voz entrecortada.
—Hola, Damien. Veo que te desperté. Ay, pobrecito—. Dijo el CEO mientras le daba una leve palmada a su espalda.
—Sí, estaba dormido. Pero dime
¿Qué se te ofrece?
—¿Acaso no puedo venir a visitar a mi buen amigo de muchos años?—
Dijo cínicamente con una leve risa burlona.
—Si es por el asunto de las facturas, ese asunto ya quedó arreglado—.
Argumentó Damien, pensando que otra vez su jefe vendría a reprenderlo nuevamente.
—Sí, ya lo sé. Acuérdate que yo siempre estoy pendiente de todo, pero no vengo a hablar de trabajo.
¿Por qué no me sirves una copa? Anda, y sirve que bebes una conmigo.
Damien asintió y sirvió dos copas de whisky. Estaba bastante extrañado, después del embarazoso momento que había sucedido por la mañana, pero ya conocía lo temperamental y volátil que podía ser Alexander.
El CEO se sentó en el sofá alzando su copa hacia Damien, en señal de complicidad y amistad.
El ambiente en el departamento estaba tenso y cargado de una energía incómoda. Damien se sentó frente a Alexander, esperando a que este último explicara la razón de su inesperada visita a altas horas de la madrugada.
—Así que, ¿A qué debo el honor de tu visita esta noche, Alexander?—
Preguntó Damien, intentando mantener la compostura a pesar de la intranquilidad que sentía.
Alexander tomó un sorbo de su whisky antes de responder, sopesando cuidadosamente sus palabras.
—Verás, Damien, quiero platicar contigo sobre un par de asuntos personales. Asuntos que, como mi buen amigo que eres, sé que podré confiarte— dijo Alexander, mirando fijamente a su mano derecha.
Damien asintió, intrigado por lo que estaba por venir.
—¿Recuerdas a Isabella Vancouver? —comentó Alexander, con una sonrisa maliciosa jugando en sus labios.
La expresión en el rostro de Damien cambió repentinamente, revelando una mezcla de sorpresa y preocupación.
—¿Isabella Vancouver? Claro. Es la directora del corporativo de la competencia. Recuerdo que tuviste algunos roces con ella hace un par de años. Es una mujer de armas tomar. Recuerdo que se quedó con un jugoso contrato que tú ya estabas a punto de firmar en el extranjero. Y bueno ¿Qué sucede con ella?—
—Pues está noche tuve un encuentro con ella. Las cosas se pusieron… bastante interesantes—.
Damien abrió los ojos en señal de sorpresa. A pesar de todo, a él le gustaba escuchar las historias de conquistas del CEO. Algo a lo que un día Damien podría aspirar.
—Pero a ver, Alexander. ¿Cómo estuvo? Platicarme los detalles—.
—Mira nomás, Damien. Tan serio que te ves, quien dijera que eres bastante morboso.—
Contestó Alexander en forma burlona. En el fondo lo hacía para burlarse de Damien. Ya que lo consideraba bastante insignificante y jamás se podría comparar con él.
—Vamos, Alexander. Anda, cuéntame. Sirve que de una vez me das unos buenos consejos para aprender a conquistar chicas—.
Suplicaba Damien bastante curioso
Alexander disfrutaba causarle desconcierto. En sus adentros pensaba que era algo que nunca podría lograr. Para él, Damien no era nada ni nadie, solo alguien a quien podía manejar a su conveniencia.
—Oh, Damien, no sabes lo interesante que fue. Esa mujer es una verdadera hembra que sabe como atender y complacer a un hombre. Pero esa es una historia para otro momento. Lo que realmente me preocupa en este momento es un asunto con Nataly—.
Susurró Alexander, con un gesto de preocupación en su rostro.
Damien frunció el ceño, intrigado por el cambio abrupto de tema.
—¿Nataly? ¿Qué pasa con ella?— preguntó Damien.
Alexander tomó otro trago de su whisky antes de responder.
—Resulta que la muy estúpida no se cuidó y ahora resulta que está embarazada y asegura que es mío—.
Damien dejó escapar un suspiro, asimilando la noticia con incredulidad.
—Vaya, eso es... complicado, Alexander. Si eso se llega a saber, podría ser todo un escándalo. ¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó Damien, con tono cauteloso.
—Esa es precisamente la pregunta que me hago. Tengo que pensar muy bien lo que voy a hacer. No puedo permitir que este escándalo arruine mi reputación y mi buen nombre. Necesito encontrar una solución, y rápido —declaró Alexander, con determinación en su voz.
—Alexander, Primero que nada, debes considerar la posibilidad de realizar una prueba de paternidad. Podría ser la manera más efectiva de confirmar si el hijo realmente es tuyo. Y si es así, ofrecerle un acuerdo que les convenga a ambos. Quizás podrías ofrecerle una compensación económica a cambio de su silencio y su renuncia a cualquier reclamo sobre la paternidad del bebé. Sería una forma de proteger tu reputación y evitar un escándalo público —sugirió Damien, con un tono sereno pero decidido.
—Ay, Damien. Que ingenuo eres. Se ve que no conoces a las mujeres. El asunto no pararía ahí. Además, Nataly siempre ha pretendido que deje a Emily y me case con ella, algo que, por su puesto, jamás haré. Créeme, conozco bien a Nataly. Con este embarazo, va a creer que tiene poder sobre mí y pretenderá usarlo a su favor. Pero una cosa si te digo, esa mujer no se va a salir con la suya. No va a quitarme todo por lo que he trabajado y el buen nombre que por años he mantenido en alto—. Contestó el CEO con determinación.
Damien lo miró fijamente con cierto temor. Alexander era capaz de todo y no permitiría que nada ni nadie le arrebate su prestigio y buena reputación en el mundo de los negocios.