Liam entró al edificio con aquel enorme oso que Milo le había encargado, subió al ascensor con dificultad y divertido por aquella imagen de él y un peluche gigante, pensó en Cloe. En verdad le encantaría tener hijos con ella, comprar ridículos juguetes, viajar con demasiados bolsos y correr en busca de mapas que habían olvidado llevar a la escuela. Siempre había querido tener una enorme familia, sobre todo desde que sus días en Buenos Aires lo habían vuelto solitario. Pero también quería que Cloe fuera feliz, lamentaba que se culpara por no lograr el ansiado embarazo, no era justo. No estaba seguro de como convencerla de que aquello no era necesario, estaba planeando la mejor boda que podía imaginar y había escrito sus votos miles de veces. Cloe era su amor. Ese amor de la vida que uno s

