La oscuridad lo cobijó con temerosa conciencia. Era diferente a como todos lo conocían, incluso su madre lo desconocía totalmente. Ese no era el hijo que había engendrado en sus entrañas… No podía ser tan frío y culpar a otros inocentes por el dolor que padecía con tanta frecuencia. La veía en cualquier lado, ya no sabía diferenciar la realidad de la fantasía, por lo que incluso llegó a confundir su propio reflejo con el de la esposa muerta. Pasaba horas soñando despierto, inconsciente y tirado en los amplios salones del palacio a la espera de algo que no podía regresar. Consumiéndose en reservada locura, tal como un candelabro de parafina que agotaba sus recursos con el pasar del tiempo y teniendo sobre sí el fulgor del fuego. ¿Qué pasaba si estaba solo? Nadie entendía su existen

