El día en que ella se casara debía ser feliz, ella sonriendo y bromeando con su madre para luego entrar en la casa del prometido. Sin embargo, para Laghari esa ocasión era parecida a un funeral. Sí, ella estaba sepultando su amor por Abdar. Laghari no sonrió a pesar de los esfuerzos que hizo su madre para cambiar su expresión amargada. Al menos ella demostró que no quería ese matrimonio. Ya había aceptado ser la concubina del rey y por ese simple hecho ya todos debían dejarla en paz. En poco tiempo las doncellas terminaron de arreglar su vestido nupcial. Cuando pusieron el espejo de cobre frente a ella, Laghari no dudo en pensar que se veía terrible. No era en realidad cosa de apariencia, pues a la vista de las muchachas ella parecía una princesa noble. — ¡Señorita, sonría! —Animó u

