—Una cada día —le dije, cuando le entregué la cajita de pastillas—. La primera el día que te baje. Si es mañana, entonces mañana —ella asintió, mirando la cajita con interés. Nos habíamos recompuesto la ropa, pero ella se había quedado sin bragas, porque la había limpiado con ellas. —Creo que entiendo, Charles —dijo, tranquilamente. —¿De verdad? Puedo hacerte una cita con un ginecólogo… —le propuse, pensando que era mejor que le explicara un profesional. —No te preocupes, haré lo que me dijiste… —Promete que no se te olvidará. Y si sucede, tienes que decirme… —Lo prometo —respondió. La atraje hacia mí y le di un beso. Me gustaban demasiado sus labios como para no desear besarla a cada instante. Sentía que me estaba haciendo adicto a ellos. —Ahora vamos a la clase —dije. Ya era sufi

