—Voy a irme si me pides que me vaya —me dijo—, pero si tú quieres, entonces seré tuya… Me había costado tanto tomar mi teléfono para llamar a Gustav y disculparme con él por no poder continuar siendo el profesor de su hija, pero al verla frente a mi puerta, con sus hermosos ojos mirándome con anhelo, lo mandé todo a la mierda. El alivio de saber que no tenía que dejarla ir, fue como si me quitaran un peso de encima. Tampoco tenía que luchar más contra el impulso incontrolable de desearla tanto, o el deber de olvidarla y sacarla de mi cabeza para siempre. Ella deseaba ser mía y yo ya no tenía fuerzas para negarme a cumplir su deseo. La metí a mi apartamento sin perder un segundo. No necesitaba darle una respuesta con palabras porque mis besos se harían cargo de eso. Empujé su cuerpo con

