Dos semanas habían pasado desde mi llegada. El jardín de la abuela, antes cubierto de maleza y flores desordenadas, empezaba a transformarse bajo mis manos. Vestía un overol ancho, una camisa sencilla y una pañoleta que me recogía el cabello. Mis manos estaban llenas de tierra, pero mi corazón se sentía ligero, en paz. Plantaba flores nuevas. Mi abuela se le veía feliz, a pesar de que su medicamento se le está agotando.
Me estiré, alzando los brazos hacia el cielo, aprovechando el momento para practicar un movimiento. El aire fresco rozó mi piel y cerré los ojos, imaginando un escenario invisible entre los árboles.
-Qué hermosa te ves, ñonguita- dijo mi abuela, acercándose con un vaso de jugo en la mano.
Sonreí y corrí hacia ella, dándole un beso en la mejilla.
-Gracias, abuela.
Ella me acarició el rostro con ternura.
-Gracias por venir. Aunque seguro extrañas tu vida... Si quieres ir, ve. Yo ya estoy mejor.
Negué rápido, apretando su mano.
-No, abuela. No me iré. Aquí quiero estar contigo, y abu ¿Como le haremos para tu medicamento?
De pronto, escuchamos un golpe en la rejilla de madera de la entrada. Mi abuela caminó despacio hacia allí.
-Buen día -saludó con voz firme.
Era una señora de rostro afilado, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
-¿Y esa es una criada?- preguntó, mirándome de reojo -¿El Alfa la envío para que te cuidara?
Mi abuela frunció el ceño, molesta.
-Es mi nieta. Se llama Harica.
La mujer arqueó una ceja.
-¿Tan pequeña y la pone a trabajar?
Me adelanté, limpiándome las manos en el averió.
-Lo siento por meterme, pero tengo 19 años.
La abuela soltó una carcajada suave.
-Mi nieta lo hace porque le gusta.
La señora me miró seria, y mi abuela añadió
-Mi nieta es una bailarina profesional de ballet. Es muy conocida... pero aquí no, porque a duras penas tenemos hojas para comunicarnos.
La mujer asintió lentamente.
-El alfa la conoce. Sabe que hay alguien nuevo.
Me giré hacia mi abuela, confundida.
-¿Alfa?
Ella suspiró.
-Así se llama. Es como el encargado de este lugar.
La señora se despidió con una risa fingida y se alejó por el sendero.
Mi abuela me tomó del brazo y me miró con seriedad.
-No les prestes atención a esas viejas. Solo son envidiosas. Más bien desearían poder tener una nieta tan hermosa como tú.
La abracé fuerte, sintiendo su calor.
-Te prometo que no me importa lo que digan. Solo quiero estar aquí contigo.