Había pasado casi una semana desde aquella noche. Todavía me despertaba con el recuerdo de ese hombre, aunque también admito que me asomo en la ventana pero es para ver, si aunque sea veo al lobo blanco. Pero nada, hay momentos que escucho a lobos aullar. Y al asomarme no hay nadie. Ahora me encuentro en la cocina, con mi abuela, tratando de distraerme.
—Pareces una perica, hija— dijo ella, riéndose mientras me miraba picar los aliños —Definitivamente la soledad te está afectando. Deberías salir a dar una vuelta. Ni siquiera te atreves a ver tus flores.
Me acerqué a la ventana y suspiré.
—Están bien, abuela. Mira, además el invierno está llegando. Esas sobreviven. No sé ni cómo han vivido tanto si a duras penas mantengo una flor tejida o de tela.
Ella soltó una carcajada.
—¿Estás mejor?— le pregunté, mirándola de reojo.
—No debiste comprarme nada— respondió con calma —Sé que el alfa vendrá en cualquier momento.
Fruncí el ceño y seguí picando los pimientos.
—Ese alfa me tiene harta y aún no lo conozco ¿Pero en serio? ¿Quién se cree? Para mandar… ni que fuera rey, o el presidente.
—No digas esas cosas, no te llenes de odio— me reprendió mi abuela.
—¿Y cómo quieres que me caiga bien un hombre tan arrogante y malviviente? Además le gusta que le digan Alfa— bufé.
—¿Lo conoces, hija?— preguntó ella, arqueando una ceja.
Negué rápido.
—No, pero ese… ¿quién se cree? Además, como te lo digo, debemos salir de este lugar. Esa noche sé que algo pasó, pero lo ocultan. Ah, y qué sabes tú si me querían vender.
Mi abuela me miró y soltó otra risa.
–Graciela podrá ser de todo. Pero mala no.
—No es eso abuela, lo que pasa es fui más pila que ellos, me vine— añadí, levantando el cuchillo como si fuera un trofeo —Además, ese tipo parecía… no sé, como un hombre de mafia o algo extraño. Es más, ¿sabes a quién se parece? A esos de las películas o los cortos en los videos.
Me detuve y la miré.
—No sabes, ¿verdad? Acá no llega ni señal para una tele.
—Sí hay televisores— dijo ella, tranquila —Solo que el mío no lo usaba, y lo regale. El alfa me había obsequiado uno.
Solté una risa incrédula y mordí un pedazo de pimiento.
—Al fin justicia para el santo alfa que hizo algo.
–Aww. Nose como puedes comer esos pimientos así–
De pronto, tocaron la puerta. Mi abuela se levantó despacio.
—Sigue cocinando, Ñonga. Trata de que no te dé un infarto, yo voy a ver quién es.
—Seguro es el alfa que te trae algo— murmuré, rodando los ojos.
—Ya, Hari— dijo ella en tono burlón, mientras se alejaba.
Escuché su risa y un saludo. Me asomé apenas, curiosa. Afuera, una camioneta negra estaba estacionada. Mi corazón se aceleró de repente. Y la espalda se me erizó
—Madam, acá le traje algo para usted– escuché una voz familiar tras de mi, clave el cuchillo en la tabla de picar aliños.
Me giré lento. Y ahí estaba él. El hombre vestido diferente, nada de traje oscuro ni aroma a licor. Ni sangre ahora parecía… normal. Demasiado normal.
—Hija, saluda a Abel. Es el hijo de Graciela, la señora de la panadería— dijo mi abuela con naturalidad
Me acerqué a ella y le susurré bajito, con tono de llanto, la aleje de él.
—Abuela, él es el narco del que te hablaba. No caigas en su trampa, me quieren vender mis órganos ¿Dónde están los cigarrillos que compre?
Ella me dio un golpecito en el hombro.
—No hables, que puede escuchar.
—¿Cómo me va a escuchar si estamos lejos?— repliqué, mirando al hombre.
El nos observaba, con una ceja arqueada. Se dirigió al lavadero y comenzó a lavarse las manos.
–Las ayudaré a preparar algo de comer
—Yo cocino— dije, nerviosa.
—Quiero ayudarte, por favor— respondió él, con voz grave pero tranquila. Sonrió con la mirada mientras me observaba
Esperé a que mi abuela se alejara y le susurré
—Sé que no eres así. Así que vete de aquí.
Él tomó un pedazo de pimiento y lo mordió frente a mí. Luego, con descaro, me tocó la nariz con su dedo.
—No sé de qué hablas, madam. Además, yo solo vengo a visitar a la abuelita. Hace tiempo que no la veía. La vi en el entierro del abuelito, pero a usted no la vi. ¿Qué clase de nieta es usted?
Le quité el cuchillo de las manos.
—No juegues conmigo. Mira que este cuchillo no es de utilería.
Él sonrió ladeado.
—Lo mío tampoco era.
Me quedé helada.
—Abel, ¿y cómo está tu madre?— preguntó mi abuela, entrando de nuevo, me aleje de él rápido
—Bien, le manda saludos. Y acá le traje esto— dijo, sacando varias cosas de una bolsa.
—¿Por qué no se van para donde yo vivo? Allá es mejor— añadió él, mirándome de reojo.
—Acá creció mi amado y mi hijo y construimos todo aquí— respondió mi abuela mientras veía una foto colgada en la pared.
Yo solo lo observaba, con el corazón latiendo fuerte.
—Hari, ofrécele jugo a Abel— ordenó mi abuela.
—Sí, claro…— murmuré
—Te ayudo— dijo él, acercándose.
—No— negué rápido
—Abel, estás hermoso, hijo, y bien presentado. Mejor voy yo a servirte un poco de jugo— dijo mi abuela, sonriendo.
—Si cómo no…— murmuré entre dientes
—¿Dijiste algo?— preguntó Abel, arqueando la ceja.
Sonreí falsa.
—Nada.
–Tu cuerpo es pequeño para tener una boca tan grande– susurro, se inclinó sobre la mesa, demasiado cerca, me aleje rápido.
—¿Siempre eres así de desconfiada?
—¿Siempre eres así de descarado?— le respondí, sin apartar la mirada.
Él rió bajo.
—Me gusta tu forma de ser.
—Pues a mí tu no me agradas— dije sin verlo, me cruce de brazos
—¿Segura?— contestó, con esa sonrisa que me sacaba de quicio. Haciendo que se le marquen esos putos holluelos
Me crucé de brazos.
—No creas que porque ayudas a mi abuela vas a caerme bien.
—No vine por usted, madam. Vine por ella— dijo, señalando a mi abuela –Ni enterado estaba de que vivías aquí
—¿Si? ¿no me digas?
–Pues si te digo– me copio con una risa falsa.
–Pues qué bien..
Él soltó una carcajada y se acomodó en la silla
—Eres más divertida de lo que pensé.
—Y tú más insoportable de lo que imaginé— dije levantándome de la mesa