IV EL ENVIADO DIVINO«¡Despierta, vamos, despierta, que ya están aquí!», le dijo una voz suave intentando espabilarle, «¡venga, que casi no queda tiempo!». Al instante abrió Pietro los ojos y tomó conciencia de su nueva realidad. «¡Apresúrate, Pedro!, ¡esto debería llevar preparado varias horas y solo está a medias!», oyó que le reprochaban. «¿“Pedro”? ¿Seré yo ese Pedro a quien espolean con palabras?», se preguntó, y tomándose unos instantes para inspeccionar su entorno certificó que la amable autoridad de aquellas palabras iba dirigida a él. «¡Oh!, disculpad mi flaqueza, enseguida me pongo a la faena», respondió entre tartamudeos mientras se ponía de pie y caminaba hacia la diminuta puerta que se abría en uno de los costados del cuarto. Sintió dolor en las articulaciones y frenó en seco

