Caminaron largo rato sin pararse una sola vez. Don Marcelo lo había intentado un par de veces y había reducido la marcha para ver si Pedro acababa por detenerse, pero el acompañante, sabedor de que en esos altos era donde se apostillaban las ideas y se perfilaban las discusiones, se resistió lo que pudo y aguantó la perorata del sacerdote. No paraba de hablar, no dejaba de elogiar las bondades del bautismo y de ensalzar las virtudes que tan simple acto insuflaba en los cuerpos mortales. Se deshacía en halagos y repetía una y mil veces las frases que le parecían importantes. Pedro no hablaba, no intervenía ni siquiera para hacer mención a lo agradable de la tarde. Cuando después de un rato de camino decidieron sentarse en una pequeña pradera que se formaba en un remanso del río, lo único qu

