Emprendieron el camino de vuelta sin poder clasificar exactamente sus sentimientos. A ratos pensaban que aquella conversación nunca tenía que haber surgido, otras que las palabras vertidas eran saludables y beneficiosas para reforzar la fe, pero, en todo momento, sentían que aquella charla había rebasado las barreras existentes hasta ese momento. La fe no se había cuestionado nunca, al igual que el mensaje de las Sagradas Escrituras, y eso, lejos de tranquilizarlos, les ponía un punto de inquietud, ya que no se sabía lo que podría suceder en adelante. «Sube el relente del río», observó Pedro llegando a la ciudad. «Como todos los días», respondió el cura cabizbajo, y se adentraron en las calles que les habrían de llevar a su residencia. Zigzaguearon por un par de callejones que hacían de at

