El silencio en el despacho era una masa densa que se pegaba a las paredes de madera. Max seguía frente a Joti, con la espalda tensa y los dedos apretando el borde del escritorio con tanta fuerza que sus nudillos perdieron todo rastro de sangre. Joti lo miraba con una fijeza que me erizaba el vello de la nuca. Aquella duda que cruzó sus ojos claros no se desvaneció; se quedó allí, flotando, esperando que alguno de los dos cometiera el error de parpadear primero. —Solo estábamos hablando de los nombres, Joti —repitió Max. Su voz sonó forzada, con una vibración que intentaba emular autoridad pero que solo delataba su pánico—. Xiena está nerviosa. Las hormonas la tienen diciendo tonterías. Joti soltó el brazo de Max con una lentitud que me pareció insultante. Caminó un par de pasos hacia mí,

