La primera luz del alba se filtró por el ventanal blindado como una intrusa. No traía calor, solo una claridad blanca y aséptica que me recordó dónde estaba. Me quedé inmóvil bajo las sábanas de seda, contando los latidos de mi propio corazón, hasta que una oleada de calor subió desde mi estómago hasta la garganta. No fue un aviso; fue un asalto. Salté de la cama con las manos en la boca. El suelo de mármol estaba helado bajo mis pies descalzos, pero no me importó. Llegué al baño y me desplomé de rodillas frente al inodoro de porcelana. Fue entonces cuando mi cuerpo decidió que ya no podía sostener la farsa de la noche anterior. El líquido verde que Elba me había dado, el miedo acumulado y la presencia del hijo de Sandro en mis entrañas salieron de forma violenta. Sentía que el esófago m

