El trayecto hacia la mansión fue un desfile de paisajes verdes que se sentían como muros cerrándose a mi alrededor. Atrás quedaba el hotel, con su anonimato y el eco de la noche con Sandro; adelante, solo me esperaba la incertidumbre de un contrato que ahora reclamaba mi presencia física las veinticuatro horas del día. Joti no paraba de hablar, señalando quintas y clubes exclusivos mientras subíamos por las colinas de las afueras de Caracas, pero yo solo podía mirar mis manos, que no dejaban de temblar bajo la tela del vestido coral. —Te va a encantar, Xiena. Es un paraíso. Aire puro, nada del smog de la ciudad. Es el lugar perfecto para que nuestro pequeño crezca fuerte —decía Joti, apretándome el brazo con una emoción que me revolvía el estómago. Max conducía en un silencio sepulcral.

