El sol de la mañana entró por las rendijas de las persianas, dibujando líneas de fuego sobre la alfombra persa de mi habitación. Me desperté con una sensación de opresión en el pecho, como si el aire de la mansión se hubiera vuelto sólido durante la noche. Los ecos de la advertencia de Joti seguían vibrando en mis oídos: «El envase ya no tiene utilidad». Me levanté y caminé hacia el espejo. El camisón de seda que tanto le había molestado a Joti estaba arrugado. Me toqué el vientre; al mes incipiente no se notaba nada, no había curvatura en mi vientre, pero me sentía llena, inflamada, sin embargo, era consciente que dentro de mí aunque pequeñito se albergaba el secreto de mi supervivencia y mi condena. Me vestí con un vestido de punto color arena, ajustado pero recatado, buscando desapar

