El amanecer fue un castigo. Después de lo que sucedió entre Max y yo en mi habitación, el silencio que se instaló en la mansión no era el de una casa en paz, sino el de una tumba recién cavada. No tengo certeza de que Joti nos haya visto o no, pero sí la fuerte impresión de que está celoso, y en extremo. Max se había apartado de mí con una velocidad que me dio náuseas, regresó a los brazos de su marido sin decir una palabra, con una tranquilidad que hiela la sangre, como si no hubiera sucedido nada entre él y yo, y que él mismo lo provocó. Me dejó allí, con los labios hinchados y el pulso desbocado, y peor aún, con una nueva sensación creciente. Pasé el resto de la noche mirando el techo, esperando un grito, una maleta en la puerta o un abogado con un nuevo contrato de expulsión. Pero no

