El silencio que siguió a la pregunta de Joti fue un peso físico sobre mis hombros. Miré a Max, buscando una salida, pero solo encontré una mirada turbia, cargada de una sospecha que empezaba a devorarlo. El teléfono en mi mano todavía se sentía caliente, como si la voz de Sandro hubiera dejado una marca de fuego en el plástico. Tenía que decir algo. Tenía que inventar una verdad que ellos pudieran tragar sin asfixiarse, o todo el esfuerzo por salvar a mi padre se iría al foso junto conmigo. —Es un ex, un novio, vive en el pueblo —solté, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Un error de juventud que no entiende que ya no soy la chica que recogía flores en el camino. Se llama Sandro. Es un tipo persistente, un poco imbécil, que cree que todavía tiene algún derecho sobre mí porque una

